Llegué a la oficina más temprano de lo habitual. No por ansiedad, ni por deber. Era algo distinto. Era esa necesidad de estar en el lugar exacto donde las cosas ocurren, donde se respira el cambio. La ciudad aún despertaba y yo ya estaba lista. Sobre mi escritorio encontré un sobre sin remitente. Reconocí la letra enseguida: Clara. Dentro había una tarjeta simple, sin adornos, con una sola frase escrita a mano: “Las ideas valientes cambian el rumbo.” Sonreí. No por vanidad, sino por complicidad. A veces, basta una frase bien dicha para saber que no estás sola. El ambiente en el equipo era distinto. Se respiraba esa mezcla de expectativa y energía que sólo aparece cuando algo genuino se ha movido. Incluso la ausencia de Dastan se sentía menos densa. Había dejado un par de comentarios técn

