El zumbido constante del avión apenas se escuchaba en primera clase. Todo era tan silencioso y sereno que, por un momento, me sentí desconectada del mundo. Afuera, el cielo estaba teñido de un gris celeste, como si la ciudad de Chicago se estuviera despidiendo de mí con una última capa de nubes. Me acomodé mejor en el asiento, con una manta liviana sobre las piernas y la cabeza recostada hacia la ventana, aunque no miraba realmente. Mi vuelo de regreso a Nueva York no solo era físico. Me estaba obligando a regresar a todo lo que había dejado atrás. A las decisiones. A los errores. A Dastan. A mi lado, una mujer embarazada sostenía un libro sobre el regazo y acariciaba de forma distraída su vientre redondo. Tenía una expresión serena, de esas que solo se consiguen cuando todo en la vida p

