Las luces comenzaron a apagarse lentamente, una a una, como si la fiesta supiera que debía rendirse ante el cansancio. Elliot y Alex ya se habían despedido entre risas, besos y un “váyanse todos, que queremos nuestra luna de miel”. La pista quedaba vacía, las copas medio llenas, y las flores... bueno, seguían en mis manos. Las mismas que Dastan había tocado como si le importara más lo que escondían que lo que mostraban. Y había insistido en que me quedara. Suspiré. Lo busqué con la mirada. Y ahí estaba él. Apoyado contra una columna, con la pajarita floja y las manos en los bolsillos. Observándome como si yo fuera el único final de fiesta que le interesaba. Me acerqué despacio, como si la noche todavía nos debiera algo. —¿Y bien? —preguntó cuando estuve cerca. —¿Y bien qué? —¿Te gus

