El ascensor subía lento, como si supiera que cada segundo de soledad era necesario. Me quité los zapatos incluso antes de cerrar la puerta del piso. La madera crujió bajo mis pies descalzos mientras caminaba hasta la cocina en automático, sin pensar, como si el cuerpo supiera lo que el alma aún no se atrevía a decir. Abrí el armario, saqué una copa y después fui a por la botella de vino. No cualquier vino. Uno de los buenos. De los que guardaba para una ocasión especial. No sabía si lo de hoy podía llamarse “ocasión”, pero sí sabía que necesitaba algo que me anclara, que me devolviera la sensación de estar entera. El corcho salió con un leve pop, casi tímido, como si incluso él supiera que esa noche no había mucho que celebrar. Serví la copa hasta la mitad, me senté en el sofá con las pi

