Al principio no dijo nada. Estaba sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, las manos en la cabeza y los codos apoyados en las rodillas. Parecía más pequeño, como si su cuerpo se hubiera encogido por el peso de algo que no podía sostener. No se movía. Ni siquiera lloraba. Solo respiraba con dificultad, como si el aire le doliera. Me acerqué con cuidado. Me senté junto a él, sin tocarlo. Quería hacerlo, pero algo en su postura me detuvo. Había una línea invisible que separaba su dolor del mío, y cruzarla sería invadirlo. —Estoy aquí —susurré, apenas—. No estás solo. No reaccionó. Pasaron varios segundos antes de que su voz, ronca y quebrada, rompiera el silencio. —Yo sí estoy solo. Me giré para mirarlo, pero él no levantó la cabeza. Sentí un nudo en la garganta. —No digas e

