Capítulo 2

3602 Words
—Que se joda Daniel... —espetó Lisa, dando la última pasada del labial—. Nos divertiremos mucho. Acomodé mi cabello hacía el costado. Daniel no estaba en la casa, estaban ya todos en la fiesta aclamada. Lisa llevaba un jean ajustado y una camiseta simple. Mientras que a mí, me había obligado a usar un mini vestido. Qué me recordaba al uniforme del instituto. Estaba algo nerviosa. Más que nada porque Daniel supiera que estaba allí. Y entre otras cosas, Lisa me hablaba todo el tiempo de Aaron: Un chico con el cuál a veces veíamos. Era muy simpático e inteligente. Obviamente, metido en los líos igual que Daniel. Pero sobre todas las cosas: Muy enigmático y encantador. —Bueno, ya, es mucho —me quejé alejándome un poco de ella—. Tampoco quiero estar en boca de todos. Lisa me sugirió no ir con tacones, ya que apenas era más alta que ella. Tomamos nuestros bolsos, Lisa me había avisado que una amistad de ella nos vendría a buscar. En cuanto bajamos, sentí que no debía ir a esa fiesta. Que algo malo iba a ocurrir y me vería involucrada en ello. Pero cómo conocía a Lisa, debía hacerlo por ella. Antes de quedarme en la cama leyendo las estúpidas frases del libro que apenas empezaba. En cuanto salimos, una chica nos esperaba afuera con un coche plateado. Era castaña, y adentro del coche esperaba un chico. Lisa la saludó desde lejos, con sus tacones corrió a abrazarla. Parecían ser mejores amigas de toda la vida, no me molestaba para nada. Me intrigaba todo el tema de la fiesta, me intrigaba Daniel. Y quizás en el rollo que estuviera metido, mi padre lo mataría. —No pensé que llegarías tan rápido, Louisa —resopló Lisa, me acerqué con ellos y pude reconocer al chico que iba con ella. Era un viejo amigo de Daniel. Aquella chica era amiga de Lisa hace tiempo. Pero no vivía en Sicilia como nosotros, solamente estaba de vacaciones. Al parecer él y ella eran novios. —Bueno, me gusta sorprenderte —contestó la chica—. Vayamos, que Daniel me avisó que ya comenzó. —Agregó. Ambas nos subimos mientras que el chico nos saludaba con una sonrisa. Me había reconocido, pero no dijo nada más. Quizás él sabía que Daniel estaría en la fiesta, de todas formas me gustaba hacerle la contra de una vez por todas. Me senté en el asiento trasero Aquellos chicos eran verdaderos universitarios. No obstante, como nosotras y cualquier adolescente. Le di una última mirada a mi casa, rezando por volver pronto. Mientras que íbamos rumbo a la fiesta, Lisa y su amiga hablaban de chicos. Entonces entendí que Lou y aquel chico no eran novios. Si no que amigos. O algo más que amigos. —No tomen muchos, y eso va para ti Lisa... —farfulló el chico desde el volante, las tres reímos sobre aquella ocurrencia. —Ni que estuviera borracha, me tomé un chupito antes de venir —contestó ella. —Con razón ese olor a alcohol puro, pensé que era sonámbulo y le había robado el whiskey a mi padre —soltó. Ella le dio un puñetazo en el hombro, haciendo reír a Lisa como a mí. En cuanto llegamos a la fiesta, no pude quedarme asombrada ante la hermosa casa que había ante mis ojos. De casi tres plantas; un gran edificio verde y de luces de colores por doquier. Todo moderado, no había locura absoluta. Me bajé junto a Lisa y su amiga. El chico tardó un poco en bajar. Ambas entramos en la gran casa, con una bebida cada una: Aquella era la condición de entrada. Sin dudas todos saludaban a Lisa y su amiga, también su amigo. Mientras que a mí, me miraban como la ñoña y novata que iba por primera vez a una fiesta de universitarios. Desde lejos vi a Daniel, que tomaba cerveza de una nevera cerca de la cocina. Esquivé algunos bailarines de la pista, y de repente apareció Aaron. El mismo chico que conté anteriormente. Vestía de chaqueta negra, jeans oscuros. Zapatillas de un color rojizo y una camiseta de la banda Queen. Lisa lo abrazó, le esbozó una sonrisa mientras que su amiga coqueteaba con él tras sus miradas hechas de azúcar. Aaron se acercó a mí, dándome un beso en la mejilla. —Hola, Mae. Hace tanto tiempo, ¿qué tal va el instituto? —Hola... Oh, ya sabes, las mejores notas, y todo eso... —contesté tímida. —¿Quieres algo de tomar? Puedo traerte una cerveza, si quieres —preguntó de repente, pero la amiga de Lisa se adelantó. Delante de mí. Rodeó a Aaron con sus brazos y me sentí ignorada por ellos por un momento. —Sí, claro, yo quiero una... También —dijo la castaña, con una sonrisa como si fuese a comer a Aaron. Él apenas le sonrió y prometió volver pronto. Lo vi desaparecer entre las personas y volver con dos cervezas. Y que para mi gracia, lo que pasó después puso en dolor y tristeza a la castaña. —No habían más —le dijo en el oído a Lou, y ella le hizo un puchero de capricho—. Pregúntale a Drew, está en la cocina. Y con eso acabó su fiesta. La castaña se alejó de nosotros en cuanto tomé la cerveza de la mano de Aaron. Lisa había estado buscando whiskey, aunque me había prometido no tomar. Aaron me había avisado que cuando quiera volverme, podía contar con él. —Volveré luego, no tomes mucho... —dijo lentamente mientras que pasaba por al lado de mí. Tomé de su camiseta y él se volvió sorprendido. —¿Sigues en eso del póker? —pregunté bajito. —Ya sabes como es esto, Mae —respondió, le solté la camiseta y él siguió el camino. Y por el resto de la noche me sentí algo sola. Demasiado solitaria de lo que ya era. Lisa había retado a sus amigos una ronda de chupitos. Dónde por desgracia terminé involucrándome. Luego fuimos por rondas de cervezas, aquel juego del Beer Pong. En cuanto llegamos al tercer round, que era el reto del whiskey, sentí mi garganta explotar. Era lo más amargo que había probado sin dudas. Con mis piernas temblando debido al alcohol, busqué el baño en todas partes. Subiendo las escaleras, llegando al segundo piso. Encontrándome con adolescentes y universitarios haciendo sus cochinadas en las habitaciones. Y por último, subí al tercer piso. Apresurada por las ganas de ir al baño, entré en la primera habitación que encontré. En cuanto entré, algo aturdida por la fuerte música del momento, me tambaleé al cerrar la puerta. Me giré cuidadosamente, ya que me parecía demasiado extraño el silencio que se había producido y las risas constantes quejándose ante mi vestido. Y desde una mesa redonda pequeña, vi a un montón de chicos universitarios jugar al póker. Entre ellos, Aaron. Tragué saliva al ver que todos miraban en mi dirección, se decían cosas por lo bajo entre ellos. Traté de caminar, pero mi equilibrio se perdió al intentar dar un paso. Uno de ellos, de una melena oscura y de ojos muy grandes, se acercó hacía a mí con una sonrisa. Entonces, fue cuando Aaron se levantó de inmediato y dio un par de pasos alrededor de la mesa. El de la melena, le hizo una seña. Aaron se detuvo. —¿Qué haces aquí, pequeña? —dijo, con una voz ronca como terrorífica. Sentí tanto miedo como valentía. Aunque esa valentía disminuyo cuando mis ojos vieron el arma que descansaba en su cintura. Las armas arriba de la mesa, las líneas blancas y fragmentadas cerca de la baraja de naipes. La luz roja habitando en las paredes y el espeso humo que salía de la boca de algunos. Sólo fui sincera. —Yo... sólo quería el baño. Estoy un poco ebria, y me quiero ir a casa. Aaron se acercó a su amigo, que por desgracia no dejaba de mirarme. Pero se detuvo con otra seña de él, sentí que el mundo se me caía a los pies. No tenía escapatoria. Y entrar a aquella habitación sin golpear, había sido una mala elección ir a aquella fiesta. —No te irás de aquí —objetó, acercándose un poco más. Retrocedí al sentir el olor del tabaco salir de su nariz. Aquella brisa que congeló mi corazón en un instante—. Por cierto, estábamos jugando al póker. Y no teníamos nada que apostar... —Mike... —dijo Aaron desde su lugar, pero su amigo lo fulminó con la mirada en un segundo. Miré la mesa y los billetes por todos lados. Volví a mirarle a los ojos, y pensé en el reloj que traía en mi mano izquierda. Mi mano derecha la tomó lentamente. —Yo tengo un reloj, puedes apostar eso si quieres —me saqué el reloj más nerviosa aún, Mike me miraba de pies a cabeza. Una y otra vez. —No quiero ese reloj. —¿Cómo no? Es un Swatch, todos aman estos relojes. Puedes quedarte con eso y... —pero en cuanto quise decirle que el reloj era completamente mío, Mike me colocó un dedo en la boca. Callándome. —Te quiero a ti. Miles de risas, y Aaron se acercó rápidamente. —¡Ni te atrevas! Aaron se acercó de inmediato, y entonces el arma que Mike tenía en su cintura, fue sacada de golpe y posicionada sobre la frente de Aaron. —¿Qué sucede, Russo? —Aaron retrocedió un poco—. ¿Hai paura che possa ferire la tua ragazza? Sentí el error cometido. Quise moverme más de lo debido y no pude. —No es eso... —Mike me miró de nuevo—, es más bien por otro asunto. Un asunto familiar. Mike estaba con el dedo justo en el gatillo, los demás se reían de él y la situación. —¡No me jodas, niño! ¿Ella es la hija de...? ¿De verdad me dices? Mike sorprendido me miró, Aaron nuevamente se acercó. —Déjame que la lleve y a casa y regreso. —Ya cállate, niño —espetó, se acercó a Aaron mientras que su mano tomaba mi brazo con fuerza. —Debo llevarla a casa, ¡está ebria! —exclamó Aaron. Pero Mike insistió—. ¡Prometí llevarla! Nunca lo había prometido, pero era para salvarme, —Te la llevarás si ganas, así que siéntate y deja de parlotear tanto —contestó Mike, volviéndose hacía a mí—. Y tú, te sentarás en aquella mesa sin chistar. Luego de que le gane a tu amigo, el muy imbécil, te llevaré a casa. Colocó el arma en mi cintura, cerré los ojos con fuerza y derramé una lágrima. No pude objetar nada más. Aaron retrocedió mientras que pasaba por delante de él. —No tengas miedo, ganaré la partida. Lo prometo... —susurró. —Aaron, ¿qué es esto? ¿En qué rollo me metiste? En ese momento me sentí más que humillada. Aquel juego sería sólo de Aaron y Mike. Nadie más. Y aunque los otros estuvieran, comenzaban a decirme cosas en voz baja para humillarme aún más. No pude tragar el nudo de mi garganta. Tuve que callarme y sentarme junto a ellos. Qué fue lo peor, ya que Mike no me dejaba en paz y me tenía cerca de él todo el tiempo. Aaron sabía jugar a la perfección, ¿y si Mike hacía trampa? No volvería a casa nunca. Mi mayor miedo. Perder a mi familia, Aaron buscándome por doquier. —Ya que estamos todos, ¿podríamos comenzar, no? ¿Qué me dices, Aaron? —preguntó con sarcasmo, pero Aaron no contestó. Solamente un asentimiento leve, su mirada en Mike y en mí. —Acabemos con esta mierda de una vez por todas. Pedí a todos los dioses que Aaron ganara. Eso me haría feliz como profundamente salvada. Entonces, me tocaba repartir las cartas para comenzar la partida. No entendía nada del póker, excepto de conocer cada carta. Mike como Aaron estaban enfrentados. Yo en el medio, con una incómoda silla y rodeada de idiotas sin cerebro. El ambiente comenzaba a ponerse pesado y húmedo. Al parecer, las cosas desde el punto dónde estaba nada iba bien. —Cuéntame, pequeña, ¿cómo es tu nombre? —preguntó Mike. Quitando su arma de la cintura y apoyándola en la mesa. Cerca de mí mano. —Mae —respondí nerviosa—, solamente Mae. —Lindo nombre, ¿qué edad tienes? —volvió a preguntar. Aaron negó un poco, pero no podía quedarme callada. No podía dejar que le hiciera más daño a él. No podía dejar todo como estaba y menos dejar que Mike lastimará a Aaron. Él debía llevarme a casa, lo había prometido. —Dieciocho —respondí. Mike sonrió. Pareciera que se hubiera sacado la lotería conmigo. Aaron resopló al ver sus cartas, parecía irle demasiado mal en todo. Entonces, en cuanto ambos mostraron las suyas, Mike destrozó a Aaron con un Full bastante formado. —¿Irás a la universidad? —dijo de repente, haciéndome repartir nuevamente. —No lo sé —contesté. Y nuevamente el rostro de Aaron enfureció. Sus cartas no le favorecían, y con una seña me dijo que apenas tenía una jugada de tres. No le alcanzaba. Y aunque las cartas de Mike me fueran mostradas todo el tiempo, él tenía las mejores jugadas. Y ahora, el verdadero póker destronaría a Aaron. Acabaría perdiendo, no volviendo a casa. Con un desconocido llamado Mike y un arma en mano. —¿Nervioso? —dijo un chico a mí costado. Se dirigía hacía a Aaron. Pero él no contestó y se concentró en las cartas. Nuevamente mostraron las cartas, ahora era Aaron quién ganaba. Eso me sorprendió bastante, y ahora faltaba una sola partida para completar todo. Sacudí mi pierna de arriba hacía abajo. Estaba nerviosa, y lo único que quería era volver a casa. El efecto del alcohol había desaparecido, solo estaba yo y mis nervios. Mis ganas de festejar la victoria de Aaron e irme con él a dónde fuese. Lejos de Mike. Y ahí iba de nuevo. Repartiendo las cartas por tercera y última vez. Nuevamente me quedé estupefacta ante Mike y la mirada de Aaron. Era todo o nada, dos hombres compitiendo por mí. Y yo era la apuesta principal, el gran premio y su mejor lotería. —No necesitarás ir a la universidad si te quedas conmigo, puedo darte lo que quieras... —soltó, tocando mi mejilla. Y dentro de mi alma, formando un puño de dolor como la mano de Aaron apretando las cartas. —Gracias, pero no —contesté. Partida finalizada. Aaron mostró sus cartas, y no tenía nada. En cambio Mike, que tenía un completo Póker, sonrió de la alegría y me tomó el mentón para besarme. Cosa que jamás sucedió, ya que Aaron se abalanzó sobre él. Y el desmadre comenzó a ser un caos. Mike comenzó a dar tiros en el aire, los demás chicos comenzaron a correr por doquier y las cartas volaron de la mesa. Quise correr, pero alguien me sujetó de repente. Era Aaron, quién ahora separado de Mike, dándole una golpiza y dejarlo casi muerto sobre la mesa, me tomó de las piernas y me posicionó en su hombro. Dejando caer la mitad de mi cuerpo sobre su espalda. —¡Aaron! ¡Dame a mi chica! —gritó Mike desde la habitación, pero para entonces ya había bajado las escaleras. Trotando, sólo Aaron, escapando de la realidad. La fiesta se había acabado, los disparos asustaron a los demás. Me bajé de Aaron con tal de buscar a Lisa, sentada en un rincón sin entender nada. La tomé del brazo, Aaron me siguió. —¿Qué te sucedió? ¡Te busqué por doquier! Debemos irnos, Mae —farfulló nerviosa. Pero Aaron se interpuso en mi camino antes de que yo hablara. —Yo te diré que sucedió —dijo. Y le explico de pe a pa, todo lo sucedido y el peligro que corría en ese momento. Le explicó la partida, lo de Mike. Lisa me miró y luego no pudo quedarse quieta. —Mae, debemos irnos ya. No tienes opción ahora, no puedes elegir. —Lisa le pidió explicaciones y Aaron le dijo que no podía volver a casa, algo que comenzaba a darme en el pecho como una daga. Lisa le dijo que era mejor que me llevase él. —Debo ir a casa, por favor —dije tironeando la chaqueta de Aaron. —No, no puedes, Mae. Mike es peligroso, tienes que ir conmigo. Te llevaré a casa, pero es lejos de aquí —contestó. Nuevamente tomándome como antes, llevándome en su espalda—. Solamente no grites ni llores,¿. Comencé a marearme, le pedí en un simple por favor que me bajase. Pero no me hizo caso. Y al parecer, Aaron no tenía coche en ese momento. Por lo cuál, caminó largas cuadras de simples luces siendo rendidas por la oscuridad. A unos quince minutos, me bajó de su espalda. Me tambaleé debido al mareo, y me di cuenta que estábamos demasiado lejos. Una zona que no conocía. Era un bosque extenso, a la luz de la luna. —Ya puedes caminar, Mae —dijo suavemente sobre mi oído—. Ya no hay peligro, vayamos. Comenzamos a caminar ambos, uno al lado del otro. Sobre la pequeña calle angosta, iba al lado de Aaron en pasos cortos y lentos. En ese momento, pude ver que era lindo y no como espetaba Lisa sobre su ligera barba que apenas se notaba. Un auto se detuvo al lado de nosotros y Aaron me hizo señas de entrar. Era un chófer, de lujo, y el auto deportivo antes de arrancar de nuevo, aquel chófer se bajó y tomó otro auto que apareció de la nada. Eso quería decir que Aaron había pedido un coche para no irnos tan lejos a pie. Me preguntaba donde vivía, si era lejos o cerca. Me daba timidez preguntarle sobre su casa. O si vivía solo. O sí tenía novia. Al fin me animé, y le dije: —¿En dónde vives, Aaron? Aaron me miró con una sonrisa, eso me ponía realmente nerviosa. —En la antigua casa de mis padres, es algo lejos porque luego de separarse de la mafia esa casa la pudieron comprar... —contestó. No obstante, nos metimos por un camino a un pequeño bosque. Y de lejos, una casa con varias luces siendo iluminada. En cuanto llegamos, me di cuenta que su casa era enorme. Y no tan pequeña como se veía de lejos. O lo que yo objetaba en mi mente. De inmediato sacó sus llaves, entrando en la casa. Que por mi sorpresa, un chico de gafas, sentado al frente de una computadora, tecleaba rápidamente. —Ya bloqueé la señal de su teléfono, así que Mike perdió de nuevo... —dijo de repente, mirándome con una gran sonrisa. —Gracias, Jay. Aunque me ganó en el póker... Ya sabes —contestó Aaron, dándole un saludo con el puño. El chico se me acercó y me pidió el teléfono. Pero negué—. Es de confianza; si bloquea tu señal... Mike no te encontrará —agregó Aaron al verme nerviosa. El chico se rió, mostrando una sonrisa de dientes perfectos ocultos en labios carnosos y mejillas grandes. —No te preocupes, no veré tus intentos fallidos de selfies —objetó, haciéndome reír debido a que tenía mucha de esas fotos. Le entregué el teléfono mientras que al tanto, él se volvía a la computadora. Vi a Aaron caminar de aquí a allá. Me senté en un sofá próximo, observando las paredes llenas de cuadros e ilustraciones. Me imaginaba que eran del chico o de Aaron. Un piano de cola descansaba cerca del gran ventanal, y su cola apuntaba hacía el bosque. Me levanté lentamente, dirigiéndome hacía el piano. Pero la voz de Aaron me detuvo: —¿Quieres algo de tomar, Mae? —preguntó a mi lado. —No, gracias. —Entonces, ven conmigo. Te diré dónde dormir por esta noche —dijo extendiendo su mano. Y yo tomándola con el mismo miedo en cuanto estaba en la habitación. Recorrimos unas escaleras que nos llevaba al segundo piso. Entonces Aaron me llevó a una habitación, y pensé lo peor en ese momento. Me preocupaba mi padre o Daniel. Aunque estaba segura que Aaron se encargaría de eso. No obstante, antes de entrar, él me detuvo. Apoyé mi espalda contra la pared y esbocé una sonrisa. Aaron parecía nervioso. —Mañana te llevaré a casa, ¿de acuerdo? —dijo nervioso, le di mi mejor sonrisa en agradecimiento. Mucho antes de entrar, me detuvo nuevamente—. Por cierto, Jay dice que soy un gato de siete vidas. —¿Por qué? ¿Cuántas veces has muerto? —contesté divertida, Aaron rió. —Seis... Y hoy estuve a punto de morir siete veces —objetó—. Aunque..., bueno. Tú me diste una vida más. Sentí mis mejillas arder, bajé mi mirada de vergüenza. —Me iré a dormir —dije por lo bajo—. Gracias por esto, Aaron. Y antes de que él pudiera decirme algo más, por miedo a que todo terminara peor, cerré la puerta en su cara. Apoyándome sobre la misma, diciéndome por dentro que era una idiota. A esa fiesta jamás debería haber ido.
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