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3714 Words
Los días empezaron a pasar, y los Alcázar y Daniel entraron a la escuela. Una mañana, él simplemente encontró su nuevo uniforme y útiles escolares en su habitación, y se dio cuenta de que no era cualquier tela, ni cualquier par de zapatos. No estaba acostumbrado a ir uniformado a ninguna parte, pero al parecer en las escuelas privadas era ley. Y Diana se veía preciosa en su falda escocesa gris y roja, y su camisa blanca con lazo rojo. Al parecer, estaba en el mismo grupo con Esteban, y recordó que Jorge le había pedido, o más bien ordenado, que lo ayudara a entrar a Harvard, pero conforme fueron pasando los días y fue analizando el comportamiento de Esteban, decidió que si él fuera un jurado calificador de tal universidad lo habría descartado de inmediato. La mitad del día Esteban dormía, y la otra mitad escuchaba música mientras hacía bolas de papel y se balanceaba en su silla. También se dio cuenta de que el chico era una especie de matón al que los demás le tenían cierto temor, y huían o se escabullían cuando él estaba cerca. Jorge lo mandó llamar a su oficina, y Daniel entró aún con su uniforme al enorme edificio del Grupo Empresarial Alcázar sospechando que le pedirían una especie de informe. Cuando estuvo en el despacho del presidente, éste le puso delante un juego de tarjetas bancarias, y él se preguntó qué pretendía mostrándole eso. —Son tuyas –dijo Jorge, y acto seguido le dijo el monto del que disponía en cada una. Daniel no pudo evitar abrir la boca asombrado, aquello era demasiado. Entre su madre y él, en el pasado, nunca habían logrado reunir siquiera una tercera parte de lo que ahora disfrutaría él solo. —Pero… no lo necesito. Quiero decir, tengo techo, y como en tu mesa. Me llevas y me traes en los carros de la casa… —Pronto aprenderás que este estilo de vida tiene un precio –dijo Jorge, interrumpiéndolo—. Harás amigos que no te llevarán a sitios donde se come con diez dólares, ni podrás presentarte ante ellos con zapatos de veinte. Tal vez no te consideres a ti mismo igual a ellos, pero entonces deberás fingir, de lo contrario, ellos nunca te aceptarán. Daniel miró las tarjetas pensativo. No entendía mucho, pero tenía lógica, así que extendió la mano y las tomó. —Parece que quiere que estas personas me incluyan en su círculo. Pero yo creo que nunca me aceptarán del todo. Soy el hijo de una mucama, de una sirvienta. Y de padre desconocido, además. —Sí, pero estás en América, hijo. Aquí no hay sangre azul, ni nobleza. Si bien la alta sociedad es como una pequeña burguesía, lo que dicta las normas es el dinero; si lo tienes, o si parece que lo tienes, entrarás. Deberás, además, comportarte como si no lo necesitaras, o no te preocupara. Si cuentas las monedas delante de otros, te marginarán—. Daniel sonrió de medio lado. —¿Por qué me ayuda de esta manera? –Jorge le devolvió la sonrisa mirándolo fijamente. —¿De veras quieres quedarte donde quedó Sandra? —Ella no pudo surgir por mi culpa –dijo Daniel borrando su sonrisa y odiando el comentario—. Yo fui el peso que la hundió. —Puede que tengas razón con eso. No conozco las circunstancias bajo las cuales Sandra se quedó embarazada de ti, pero está visto que ella renunció a su vida por la tuya. Tal vez no deba decirte esto, pero tendrás que valorar su sacrificio surgiendo tú. Ella te dejó sus últimos recursos, que no fueron dinero, ni bienes; su más grande recurso fue una promesa que le hice hace tiempo, y por eso vino a mi casa. No acabó con veinte años de distanciamiento por mí, no. Lo hizo por ti. Ahora tú lo tomarás donde ella lo dejó, o rechazarás sus esfuerzos y decidirás vivir a tu manera. Si te precias de ser inteligente, tomarás la mejor decisión. Daniel lo miró apretando los dientes. No muy a menudo alguien le hablaba con la verdad tan crudamente, pero tuvo que aceptar que lo que Jorge decía era razonable, y por su bien. Se quedó en silencio por unos segundos, y Jorge sonrió. —Es increíble poder hablar con un adolescente sin que este se altere y empiece a gritar –Daniel lo miró un poco torvamente. —Mi madre me enseñó a respetar a los mayores. —Y la adoro por eso. ¿Cómo le va a Esteban? —Fatal. Ni siquiera permite que me le acerque en el colegio. Está en su lista de prohibiciones. —Vaya, es una lástima. Pensaba que tú podrías haber aprovechado como nadie el paso por Harvard—. Daniel entrecerró los ojos mirándolo fijamente, y Jorge mantuvo su sonrisa displicente—. Además de las tarjetas, tenía otra cosa que decirte –siguió—. La otra semana empezarás un trabajo por horas aquí. —¿Aquí? –preguntó Daniel, mirando en derredor—. ¿Haciendo qué? —Necesitamos otro recadero. —Ah. —Así que vendrás a este lugar cuando salgas de la escuela. Y también los sábados. —Bien. —¿No te quejas? —¿Debería? —Sí, bueno. Es sólo que no estoy acostumbrado a esto. —¿Usted no está acostumbrado a dar órdenes y que se le obedezca? –Jorge elevó una ceja. —Hablo de los adolescentes. Esteban estaría rompiendo cosas. —Me imagino. —Ya puedes irte –dijo Jorge tomando un papel y concentrándose en él. Daniel lo miró y asintió. Cuando iba hacia la puerta, tropezó con Hugh Hamilton, que al verlo frunció el ceño y se dirigió a Jorge con una pregunta en el rostro. —Disculpe, señor –dijo Daniel, pero entonces Jorge lo llamó. —Él es mi buen amigo, Hugh. —Un placer, señor –saludó Daniel. Hugh parecía confundido, tal vez no se esperaba un chico en edad escolar aquí. —¿Quién eres? —Daniel Santos. —Santos, Santos… Santos… —la última vez lo dijo mirando a Jorge. Éste asintió. —Sí, es el hijo de Sandra. —¿Conoció a mi madre? –le preguntó Daniel a Hugh. —La vi un par de veces. Trabajaba para Jorge. —Ah. Permiso –dijo, y salió. Hugh hizo una mueca de asombro. —¿Estás loco? ¿Qué hace este chico aquí? ¿Y por qué llevaba ese uniforme? —Digamos que lo adopté. —¿Por qué? ¿Por amor a su madre? —En parte. —¿Y la otra parte? —Una corazonada –Hugh quedó mudo ante esto. Se echó a reír y se sentó frente a él. —Quiero escucharlo. —Puede que sea una tontería, y tal vez te rías, pero creo que ese chico debe hacer parte de mi familia. —Ajá—. Hugh se quedó en silencio, mirando a Jorge y esperando a que éste se explicara. Cuando no lo hizo, se cruzó de brazos y se recostó al espaldar de su silla—. Asombroso. ¡Asombroso! –Jorge hizo una mueca. —Cuando lo conozcas un poco mejor, te gustará. —¿Qué me importa a mí a quién metas en tu casa? Tienes una hija adolescente, ¿recuerdas? ¿Has pensado en eso? —Por eso lo hice. —Ah. Ya entiendo. Parte de la familia, ¿eh? ¡Vaya! —Todavía tengo tiempo –suspiró Jorge—. No es más que un niño, y aún es muy moldeable. Puedo hacer de él un hombre digno, respetable. A pesar de sus orígenes y su historia, puedo hacer de él alguien grande. Tal vez necesite tu ayuda. —La necesitarás, amigo. La mía y la de todo el mundo. —¿Cuento contigo? —¿Es un buen chico? —¿Crees que lo habría metido en mi casa con una hija adolescente si no lo pensara? —Cosas peores se han visto. —Es un buen chico. Lo es. —Ya, ya. Te creo. Espero que las cosas salgan como planeas. —Tal vez, como también, tal vez deba ayudar esta ocasión el destino—. Aún más confundido, Hugh lo miró y luego se echó a reír. Tal vez Jorge se estaba haciendo viejo. Daniel se adaptó bastante rápido a su nueva escuela. Por la mañana un auto los llevaba a él y a Diana hasta ella, pues Esteban había insistido en irse aparte, y por la tarde él se iba a la empresa. Llegaba por la noche, a veces con Jorge, a veces en transporte público, y entonces hacía sus deberes. Cuando Diana se dio cuenta de que era bueno en matemáticas, muy a menudo fue a su habitación con sus apuntes para que le explicara o le ayudara a resolver ecuaciones. En cambio, nunca vio a Esteban con un libro en la mano. Luego de algunas semanas de clase, y decidiéndose por fin a poner en marcha el plan de Jorge, lo buscó por todo el colegio encontrándolo dormido a la hora de un descanso en uno de los jardines. Lo movió por el hombro, y cuando Esteban se dio cuenta de que era él, lo miró asesino. —No te atrevas a interrumpir mi siesta. —Tenemos que hablar –Esteban sólo apoyó su antebrazo sobre sus ojos y siguió durmiendo—. Es importante. —No tengo nada importante que hablar con insectos como tú. —Los insectos no hablan, a menos que entiendas su lenguaje –Esteban volvió a mirarlo severo. —Que no me haya metido contigo hasta ahora, no quiere decir que no lo haga en el futuro. Aléjate de mí o diré a todos aquí que eres algo así como un caso de asistencia social. ¿Sabes lo que te harán los demás si se enteran de que eres un pobretón? –Daniel se encogió de hombros. —Sé defenderme—. Esteban se echó a reír. —No entiendes. Déjame en paz. —Puedes hacerme bullying si quieres –siguió Daniel, terco—, pero tú definitivamente perderás más si sigues como vas—. Esto le llamó la atención, no por lo que decía en sí, sino porque Daniel osara seguir molestándolo. Se sentó en la banqueta y lo miró con furia. —¡Estás colmando mi paciencia! —He leído y preguntado por allí, y sé que serás el próximo presidente del Grupo Empresarial Alcázar. El puesto te corresponde por sangre, pero estoy seguro de que sé más acerca de los movimientos de la bolsa de valores que tú; no te estás preparando para ser el próximo jefe. —¿De qué estás hablando? —Estás creído que por sólo ser el hijo te elegirán, pero si no cumples con los requisitos, la mesa de accionistas podrá libremente elegir a otro CEO, tú perderás muchos privilegios y tendrás que depender de lo que otros decidan con tu empresa. —¿Ahora eres un experto en negocios? —Me gusta leer. —Qué maravilla. ¿Te vas a volver mi conciencia o algo así? ¿No basta con tenerte alrededor en mi casa, sino que también en la escuela he de soportarte? —Tengo algo que se llama memoria eidética, a un cierto nivel. Soy muy inteligente. Puedo ayudarte a entrar a una universidad como… Harvard, por ejemplo. Y luego de que te hayas graduado allí, nadie pondrá en duda que eres apto para la presidencia. Imagino que quieres tal poder: ser el presidente, ser el jefe; manejar dinero, mucho dinero… Esteban lo miró interesado por primera vez. —Por supuesto que quiero. —Durmiendo en las clases no lo conseguirás. —¿Serás mi abuelita sermoneadora? —Hagamos un trato –siguió Daniel, como si no lo hubiese escuchado—: te ayudaré a entrar a Harvard, e incluso a graduarte, pero a cambio tendrás que hacer algo. —Ni siquiera sé si de verdad eres buen estudiante. —Lo soy, y para demostrártelo, entraré a los primeros cinco de esta escuela en el primer trimestre. —¡Woah! ¿Eres estúpido? ¡Eso es imposible! Por muy bueno que seas, las escuelas privadas tienen un nivel, ¿sabes? No creo que puedas… —Si entro a los primeros cinco –lo interrumpió Daniel—, cambiarás tu actitud en clase, y yo te ayudaré en lo académico. —Ya. ¿Gratis? No te creo. —Claro que no será gratis. Quiero algo a cambio. Quiero que cuando seas el presidente me tengas en cuenta, me contrates. Seré tu empleado aun cuando tu padre haya muerto—. Esteban ladeó su cabeza observándolo con cierta admiración. —Es decir, ¿te estás asegurando desde ya un empleo para toda la vida? —Bueno, muchas cosas pueden suceder. Puede que yo monte mi propia compañía en el camino –Esteban se echó a reír. —Quisiera verlo. Pero me parece interesante tu propuesta. Tal vez, si mejoro mis notas, papá deje de darme la lata y me suba la asignación. Y ser un universitario en Harvard suena bien. Las chicas allí han de estar muy sexys. Daniel elevó su mirada al cielo, un poco sorprendido por la manera de pensar de este chico. —Entonces, ¿aceptarás que te ayude? —Me estás usando de trampolín, ¿verdad? —Un poco—. Esteban se echó a reír. —Está bien. Entra a los primeros cinco y hablaremos. Si no, no volverás a jorobarme con este tema. ¿Entendido? —Si entro a los primeros cinco, atenderás en las clases, harás los deberes, estudiarás para los exámenes y mejorarás tu comportamiento. —¿Qué? —¿Quieres ser el presidente o no? —¿Es necesario todo eso? —Tú hazme caso—. Y con esas palabras, Daniel lo dejó. Esteban lo miró con el ceño fruncido, esperando a que el idiota fallara en su ambición de ocupar los primeros puestos. Pero Daniel ocupó el tercer lugar en el primer trimestre. No del salón, sino de todo el colegio, los profesores tuvieron que empezar a tenerlo en cuenta, y a contar con él. Diana, asombrada de que alguien que ella conociera ocupara tan alto lugar, lo celebró improvisando una fiesta en casa, a la que sólo asistieron los dos. Había puesto un mantel en el prado frente al lago, y había unas piedras con madera dispuestas para encender un fuego, como en una acampada. Los sirvientes, observó Daniel, habían llevado mucha comida y estaba servida en cestas y bandejas. El paisaje estaba precioso. El sol se estaba poniendo y el cielo estaba bastante despejado a pesar de ser otoño. Tal vez pronto llegaría la niebla y lo oscureciera todo. —¡¿Cómo lo hiciste?! –preguntó Diana, admirada—. Yo jamás podría hacer algo así, odiooooo las matemáticas. Me da dolor de cabeza sólo pensar en números. —No a todos se les da, no te preocupes –sonrió Daniel, observando cómo Joe, el nuevo jardinero, encendía el fuego para ellos. —Afortunadamente, sólo lo necesito para sobrevivir en la escuela –siguió ella—. Pienso irme a Europa y estudiar en una buena escuela de arte. Quiero pintar. —¿De verdad? ¿De manera profesional? —Sí. Cuando sea una adulta y me independice, abriré mi propia galería de arte, y tendré mi propio estudio de pintura. Necesitaré aprender todas las técnicas posibles. Ah, será genial. Daniel sonrió y la miró soñar. Ella ignoraba que aun para abrir una galería de arte y dedicarse a pintar, había que tener cierto conocimiento acerca de los negocios. Se preguntó si acaso ella lo dejaría ayudarla en eso. Había visto los dibujos de Diana, y eran realmente buenos. Ella tenía sentido de la proporción, amaba los colores vivos, y usaba diferentes técnicas. Podía enzarzarse por horas en disertaciones acerca de Dalí, Picasso, o Monet; se enorgullecía de reconocer sus obras y su técnica, y aspiraba a algún día ser muy reconocida. Él no dudaba que lo conseguiría. —¿Te sabes alguna historia acerca de las constelaciones? –Preguntó ella acostándose en el mantel y mirando al cielo, que empezaba a dejar ver sus estrellas. Daniel miró también hacia arriba. —No, realmente. Tal vez deba estudiar un poco de mitología griega para contarte alguna. —¿De veras no te sabes ninguna? –él la miró lamentando de veras no conocer la historia de Orión, Tauro, Leo o Escorpio. Se acostó también y suspiró. —Me sé una historia –dijo—, pero no es de una constelación, sino de una estrella. —Sirve. —En realidad –sonrió Daniel—, la historia trata más bien de un búho. —Mmm, bajaste de una constelación a una estrella, y ahora hablas de un búho—. Él sonreía. —Era un búho que estaba enamorado de una estrella –empezó Daniel, y Diana lo miró atenta—. Era muy solitario, y todas las noches miraba al cielo y la veía allí, tan radiante, tan hermosa. Le cantaba canciones, aunque siempre se parecían la una a la otra; y le contaba sus sueños. Pero la estrella estaba demasiado lejos, era demasiado inalcanzable, y a pesar de que a veces parecía que ella lo escuchaba y lo entendía, pues a veces su luz titilaba un poco, él tuvo que aceptar que titilar era lo que hacían las estrellas. El búho empezó a pensar que jamás la tendría, que era un amor imposible, que nunca podrían estar juntos. Sus amigos se le burlaban. “¡Deja de soñar tonterías!”, le decían, pero él no podía evitarlo; la estrella era el amor de su vida. —Pobre. Espero que tenga un final feliz, o te mataré –Daniel la miró severo por interrumpirlo, y ella sonrió como una niña inocente. —El tiempo fue pasando –siguió él—, y el búho se hizo viejo y murió. Pero cuando moría, su cuerpo se empezó a transformar. “¿Qué le pasa a mis alas?”, se preguntó. Una luz fuerte lo rodeó, y se vio transformado en una nebulosa. Subió al cielo, esperó muchos años hasta que él mismo se convirtió en una estrella, y pudo estar por fin al lado de su eterno amor, que también había esperado por él. Fin. Diana lo miró por largo rato, pensativa. —Qué historia tan bonita –suspiró, satisfecha. —En realidad –dijo Daniel—, es demasiado fantasiosa. Si él se convirtió en verdad en una nebulosa, habría tenido que pasar millones de años para ser una estrella, y para ese entonces, la estrella que él amaba ya sería una gigante roja y estallaría. —¿Tenías que dañarla de esa manera? —Además –siguió él, riendo—, dos estrellas en el cielo jamás podrían estar cerca, la fuerza de atracción las haría colisionar. Habría una inmensa explosión en el cielo y todo acabaría—. Diana se sentó en el mantel, y sin pensarlo mucho, le pegó—. Eso sin tener en cuenta –persistió Daniel, aguantando los golpes y muerto de risa—, que la mayoría de las estrellas que vemos y nos llega su luz, hace miles de años que ya dejaron de existir. A lo mejor él estaba enamorado de un c*****r. —¡Eres horrible! –gritó ella, pegándole con fuerza por haberle destruido la historia. Daniel reía a mandíbula batiente, y resistía los golpes como si sólo fueran toques de una niña, aunque no dudaba en quejarse como si en verdad le doliera. —Qué hermosura –dijo Esteban desde cierta distancia, y Daniel giró su cabeza y se levantó como si hubiese sido hallado en falta. Su corazón latió rápido, y luego tuvo que reprocharse a sí mismo por tener aún estas reacciones. Él era un m*****o de esta familia, podía estar en cualquier lugar de la casa y divertirse si tenía tiempo para ello. Esteban era casi igual a él. Entonces, ¿por qué él soltó ese sarcasmo? —Necesito hablar contigo –dijo Esteban—. Sígueme. Daniel miró a Diana, y ésta elevó sus cejas, interrogante. Sacudiendo levemente su cabeza, él lo siguió. —¿Qué estás intentando con mi hermana? –preguntó Esteban con voz ominosa cuando estuvieron dentro de la mansión. —¿Qué estoy intentando? ¿De qué hablas? —¿Eres idiota, o qué? ¿Te gusta esa boba? –Daniel lo miró sorprendido. —¿Qué? –Esteban chasqueó la lengua. —¡Realmente! No sé si eres estúpido, retardado, o sólo imbécil. ¡Ni mires a mi hermana! ¡Está prohibida para ti! Yo te prohíbo enamorarte de ella. ¿Enamorarse?, se repitió Daniel, y le dolió el pecho. Tuvo que ponerse una mano sobre el corazón, como si así fuera a dejar de latir tan furioso. ¿Enamorarse? ¿Era esto lo que le estaba pasando? Miró a Esteban sintiéndose perdido. Lo que él sabía acerca de estar enamorado era muy malo. El amor era raro, destructivo y hermoso. Pensó en Diana, en su sonrisa, en lo bella y buena que era, y sintió alegría, miedo, paz y ansiedad. Todo al mismo tiempo. Vaya mierda. Estaba enamorado de Diana. Y había tenido que oírlo de Esteban para darse cuenta. Esteban se echó a reír, como adivinando lo que pasaba por la mente de Daniel. —En serio. Eres bastante tonto. Bien. Deja de soñar y aterriza. Eres un recogido, no tienes familia, un pobretón sin futuro. Papá algún día le impondrá un esposo para obtener otra fortuna y ella se irá. Es la ley de la vida. Ahora, ocúpate de tu realidad: ya que has ocupado el tercer puesto y tal, he decidido que eres apto para que me asesores y así poder entrar a Harvard. ¿Me estás escuchando? Daniel asintió, aunque lo escuchaba a medias. Estaba enamorado. Tenía dentro un ser vivo que era un superviviente, que no moriría hasta que él mismo lo decidiera. Por Diana. La hija de su benefactor. Estaba en serios problemas.
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