Finalmente estaba ahí con Verónica, una vez más frente a frente aunque ella no sabía quién es para mí ni lo que podría lograr con solo abrir su dulce boca. Cuando vi que estaba subiendo las escaleras sola perdí la cabeza y la seguí sin importarme nada y ahora viéndola frente a mí con los pechos erguidos bajo su vestido me di cuenta que no había cometido un error en seguirla. La necesitaba jadeando, deseando todo lo que quería darle, no aguantaba más. Por eso la había seguido. La guerra ha terminado y como tenía previsto resulté victorioso. Había llegado el momento. Al fin podría reclamar todo lo mío. Mi mujer, mi compañera, la madre de mis hijos, mi luna, la única portadora de mi marca. — ¿Quién eres? —preguntó ella con su voz dulce. Maldición. Cuan embriagador era su aroma a hem

