4. Aquí seremos felices
Al llegar a Italia, me detengo unos segundos en la entrada del aeropuerto, con la mirada perdida entre las señales y el bullicio de los recién llegados. Respiro hondo, intentando ordenar mis pensamientos. Según Ethan, mis padres no saben que voy camino hacia ellos, así que lo más sensato es buscar un taxi.
¡Bien, vamos a hacerlo!
Agarro mis maletas con firmeza y me dirijo hacia la fila de transportes de alquiler. De pronto, siento cómo una de mis maletas se desliza bruscamente de mis dedos. Me vuelvo de inmediato, con el corazón acelerado, lista para encarar a quien se haya atrevido.
Pero mis ojos solo encuentran la mirada intensa de Matteo.
—Déjame ayudarte —dice, su voz tranquila contrastando con la sorpresa que me invade.
No me resisto. De algún modo, la familiaridad de su presencia me ofrece un refugio inesperado. Con soltura, acomoda mi maleta más grande junto a las suyas y camina a mi lado, de manera natural.
Al llegar al andén, hace un gesto discreto. Un chofer se acerca de inmediato, casi como si hubiese estado esperando su llegada. Sin una palabra, el hombre toma la otra maleta que aún sostenía yo. Todo parece orquestado con precisión. Sin saber bien qué decir, simplemente sigo sus pasos.
Nos espera un auto lujoso, con la puerta trasera abierta en señal de bienvenida. Matteo me cede el paso con una ligera inclinación de cabeza, y subo primero. El interior es amplio y silencioso, como un refugio temporal lejos del caos del aeropuerto. Me acomodo junto a la ventana mientras Matteo se sienta a mi lado.
El auto se pone en marcha y, mientras avanzamos por las calles, mientras mis ojos se pierden en el paisaje que se despliega tras el cristal. Reconozco los tonos cálidos de la arquitectura, los árboles que bordean las avenidas, los destellos de una infancia que creía enterrada pero que, ahora, resurgen con inesperada nitidez. Todos los recuerdos de una parte de mi niñez están aquí, esperándome silenciosos, como si jamás me hubiera ido.
El silencio dentro del auto es casi palpable, apenas roto por el murmullo lejano del motor y el leve crujido del cuero bajo mis manos.
De pronto, me invade la extraña certeza de que somos un par de extraños, a pesar de que los recuerdos de la infancia todavía laten con cierta calidez en mi memoria. La contradicción es tan absurda que, sin poder evitarlo, suelto una carcajada inesperada.
Él gira para mirarme, con las cejas ligeramente fruncidas, como si por un instante dudara de mi cordura.
—¿Pasa algo? —pregunta.
Niego con la cabeza, esbozando una sonrisa que no logro contener.
—¿Recuerdas aquella vez que peleamos contra esos bravucones? —pregunto, y veo cómo su expresión se suaviza al sumergirse en la evocación.
—¿Los que me llamaban "ragazzo grasso" (niño mantecas o niño grasoso)? —dice, señalándose el pecho con un dedo—. ¿Y a ti "capelli selvaggi"(cabello salvaje)?
Nos miramos por un breve segundo, hasta que la risa nos estalla al unísono, franca y contagiosa.
Los buenos recuerdos llegan como una oleada, arrastrando consigo la nostalgia de tiempos más simples.
—Jajajaja... Fue una buena pelea —admite, sacudiendo la cabeza con una sonrisa casi infantil—. No sabía que fueras tan ágil peleando, aunque al final nos dieron una paliza monumental.
Suelta un suspiro, como si al hacerlo también liberara un poco del peso de aquellos años.
—Después de eso te llevaron a América —añade, más serio.
—Sí —confirmo, con un dejo de melancolía en la voz—. Mi abuela materna enfermó y mamá no quería dejar solo a mi abuelo. Fueron tiempos duros para la familia.
No quiero profundizar más. Son heridas viejas que todavía escuecen al recordarlas. Mi abuelo decidió que lo mejor era pasar los últimos días de su amada en la finca, en medio del campo, lejos de la ciudad y sus exigencias. Me llevaron con ellos... y allí me convertí en una pequeña salvaje.
Allí, en ese rincón apartado del mundo, nadie me exigía los estándares sofocantes de la sociedad. Podía correr libre, sin máscaras. Y fui feliz.
—Volviste pocas veces después de eso —dice, casi en un susurro—. A veces mi madre comentaba tus visitas relámpago. Nunca tuve oportunidad de volver a buscarte. Y la verdad, no esperaba encontrarte aquí, ahora.
Gira ligeramente el rostro hacia mí. En sus ojos percibo un destello, una chispa difícil de descifrar, como una pregunta que se queda flotando entre nosotros.
—Ni yo esperaba regresar —respondo, sin querer dar más explicaciones. Él no las pide.
—¿Te quedarás más tiempo esta vez? —inquiere, con cautela.
Asiento despacio, sintiendo que las palabras pesan más de lo que deberían.
—Sí. Me quedaré un buen tiempo.
Su sonrisa se ensancha, serena pero auténtica. Sin que lo espere, toma mi mano y le da un suave apretón. El calor de su piel me sorprende, como si ese simple gesto fuera un puente tendido entre el pasado y este incierto presente.
Trago saliva, desviando la mirada de vuelta a la ventana. Afuera, los paisajes familiares desfilan con la lentitud de un sueño. Es extraño cómo las calles que un día corrí de niña, ahora se sienten ajenas, casi irreales, como si les hubiera pertenecido en otra vida.
El coche toma una curva, y al fondo, la silueta de las colinas toscanas empieza a dibujarse contra el cielo pálido de la mañana.
El chofer reduce la velocidad al entrar en el camino de grava que lleva a la villa. El crujido de las ruedas sobre las piedras parece amplificar el latido acelerado de mi corazón. Miro por la ventana y siento cómo la brisa cálida acaricia los cipreses alineados que flanquean la entrada, sus sombras alargadas como manos que intentan alcanzarme.
La villa emerge entre la luz dorada de la tarde, imponente y serena. Sus muros color ocre, las contraventanas verdes apenas entreabiertas, y el aroma inconfundible de la lavanda que crece libre en los jardines me golpean con una oleada de recuerdos. Hay algo dolorosamente hermoso en verla así, tan igual a como la dejé, pero cargada de un peso nuevo.
El coche se detiene frente a la escalinata de mármol. Antes de que pueda reaccionar, el chofer abre la puerta y Matteo desciende primero, tendiéndome la mano con una naturalidad que me desconcierta. Dudo por un segundo, pero luego acepto su ayuda.
Los escalones me parecen más altos de lo que recordaba. Siento que cada paso me acerca no solo a la casa, sino también a una parte de mí que espera retome el punto donde se quedó.
Las puertas dobles se abren con un chirrido familiar, dejando que un soplo de aire fresco, impregnado de flores secas y madera envejecida, me envuelva de inmediato. Ese aroma, mezcla de pasado y refugio, me sacude el pecho como una caricia añorada.
Dentro, el vestíbulo bañado por la luz que se filtra a través de las vidrieras me recibe como un viejo fantasma amable, uno que nunca dejó de esperarme.
—Bienvenida a casa —dice Matteo de nuevo, su voz resonando con suavidad en el eco de las paredes altas.
Pero no hay nadie más que responda al saludo. El silencio es tan profundo que mi voz, cuando se escapa en un murmullo, parece parte de la casa misma:
—Creo que no hay nadie...
Y justo entonces, como si mis palabras hubieran invocado su presencia, la vieja nonna aparece desde la cocina.
—¡Nonna! —grito, sintiendo cómo la emoción me desborda, y corro hasta sus brazos.
—¡La mia ragazza! Sei tornata! —exclama, acercándose con esos pasos cortos pero decididos que siempre la caracterizaron. Me envuelve con fuerza, como si el tiempo no hubiera pasado, como si aún fuera aquella niña que buscaba refugio en su regazo.
—He vuelto, nonna… y esta vez, no me iré —le prometo, con los ojos llenos de lágrimas que no me avergüenzo en dejar caer.
A un lado, mi viejo amigo Matteo observa la escena con una sonrisa serena, casi cómplice.
Estoy en un lugar donde me aman.
"Aquí seremos felices, mis amores. Lo prometo."