3.El anillo de la abuela

2149 Words
3.El anillo de la abuela Giselle Italia. La tierra de mis ancestros. Mientras contemplo el paisaje lejano a través de la pequeña ventanilla del avión, no puedo evitar un largo suspiro. A pesar de todo lo que sucedió aquel día, por las noches sigo extrañando su cuerpo junto al mío. Me río de mí misma, aunque la risa suena amarga. ¡Qué patética! Debería ser más liberal, más práctica. Si quisiera un hombre en mi cama, podría buscar un reemplazo, igual que él tuvo el suyo. Pero... ¿a quién quiero engañar? Por más que intento hacer las cuentas en mi mente, no cierran. Los últimos meses, él había estado cada noche conmigo. Tal vez fue durante las horas en la empresa… Quizás la rubia trabajaba ahí y se encontraban en su oficina. La sola idea me provoca arcadas. Recuerdo que estuvimos en esa misma oficina cuando el abuelo me pidió que le llevara unos documentos, y no la vi allí. No había rastro de ella. Aunque, pensándolo bien, ya no importa. Estamos divorciados. Ahora, ella es su esposa. Miro mi dedo. El anillo de bodas sigue allí, como un testigo mudo de lo que fue. ¿Por qué no me lo he quitado todavía? Casi sin pensarlo, lo deslizo fuera de mi dedo. Decido que voy a deshacerme de él. Tirarlo al inodoro, dejarlo atrás como a él. Me levanto de mi asiento, molestando al hombre que viaja a mi lado. Su ceño fruncido es evidente mientras se aparta con desgana. Le respondo con una mueca similar. Nadie le pidió que se sentara justo en el borde, al fondo del avión. Camino el corto tramo del pasillo hasta el pequeño baño, pero está ocupado. Me resigno a esperar. Maldigo en silencio a Ethan por no haberme comprado un boleto en primera clase. Su excusa fue que siempre preferí pasar desapercibida, que viajar en clase turista era más mi estilo. ¡Qué tonto! ¿Y las otras veces que viajamos juntos? No parecía importarle entonces. Una sonrisa escapa de mis labios al pensar en Ethan y en Aidan. Tengo la suerte de tener a los mejores hermanos del mundo. Sé que, al ser mellizos, comparten una conexión especial. A Ethan le ha dolido la distancia desde que Aidan decidió marcharse a otra ciudad para continuar sus estudios de biotecnología. Mis hermanos son unos genios. Ethan domina los negocios, y Aidan brilla en la ciencia. Recuerdo cuando era niña, al descubrir que era alérgica hasta a los cosméticos más exclusivos, Aidan me prometió que, algún día, crearía productos seguros para mí. Por eso siempre llevo la cara al natural. Claro que a Justin eso le parecía descuido. Su nueva esposa, en cambio, se miraba impecable: maquillaje perfecto, cabello liso como una seda… El mío, herencia de papá, tiende a esponjarse. Aunque ese día lo había alisado. No me veía mal, o eso creo. Pero recuerdo que Justin dijo que parecía un payaso. De todos modos, eso ya no importa. Él solo quería que me viera bien para la audiencia del divorcio, mientras yo ingenuamente me preocupaba por agradarle. La puerta del baño finalmente se abre, y un hombre alto, de rasgos atractivos, sale. Me mira con una curiosidad velada, como si me estudiara por un breve instante. Asiente ligeramente y se retira hacia las primeras filas. Entro al baño, y ya que estoy allí, decido aprovechar para aliviarme. Al terminar, vuelvo a mirar el anillo en mi mano. Busco un lugar donde arrojarlo, pero antes de hacerlo, dudo. El anillo es hermoso. Y, como un eco del pasado, escucho las palabras del abuelo: "Es el anillo de la abuela… Espero te traiga suerte." No. No me trajo suerte. Al contrario. Cierro los ojos un instante, debatiéndome. Al final, deslizo de nuevo el anillo en mi dedo. Decido que, cuando regrese, lo devolveré. Pertenece a la familia de Justin, después de todo. Y, aunque me duela admitirlo, mis hijos también pertenecen a esa familia. Regreso a mi asiento, recibiendo otra mirada fastidiada de mi vecino. Me acomodo junto a la ventana, intentando dormir, pero mi mente no se apaga. Vuelve, inevitablemente, aquel recuerdo de la conversación con el abuelo, el día que me pidió que me casara con su nieto. —Querida Gigi —me había dicho con voz temblorosa—. Estoy muriendo. No me queda mucho tiempo, y mi único pesar es no haber visto a mi nieto casado con una buena mujer. —Vamos, abuelo, le queda mucha vida por delante. Además, su nieto ya es adulto. Tal vez ya tenga a alguien que lo ame. —No. Sé que no. —Sacudió la cabeza con pesar—. Hace tiempo, esa mujer que estaba con él por interés se marchó con un gran cheque, y eso lo empujó a irse lejos, a encargarse de otra de nuestras empresas. Pero ya le he pedido que vuelva. Dime querida…¿Te casarías con él? Su pregunta me descolocó por completo. Hace poco se dio cuenta de que el chico que recordaba de mi infancia era su orgulloso nieto. Pero en aquel entonces, él no sabía nada de mí. Mi familia había respetado mi deseo de mantenerme en las sombras. No quería que el apellido Falconi me marcara como una presa de alianzas matrimoniales. Siempre fuimos discretos, casi invisibles. Incluso poca gente sabía siquiera que Ethan tenía un hermano gemelo, por lo que Aidan había podido vivir su vida con autonomía. El apellido no pesa si nadie te relaciona con él. Así hemos sido nosotros: los hijos desconocidos. Los secretos mejor guardados de la familia. Solo el abuelo sabía toda la verdad. Me acomodo de lado, pegando la frente contra la fría ventanilla, intentando que la vibración constante del avión me arrulle, pero es inútil. Los pensamientos giran en mi cabeza como una tormenta. Cada recuerdo, cada palabra del abuelo, cada mirada de Justin el día de la audiencia… Todo se mezcla en un torbellino que me aprieta el pecho. Resoplo, exasperada, y abro los ojos. Fue entonces cuando lo noto. El hombre que había salido del baño, el de la mirada curiosa, me observa mientras camina por el pasillo y se dirige a la azafata que está en el fondo. Pero su mirada no es de alguna manera invasiva, sino como si se preguntara si me conocía de algún lugar. Nuestras miradas se cruzan por un breve instante. Instintivamente, desvío la vista hacia la ventanilla, como si la neblina exterior pudiera esconder mi incomodidad. Siento un leve rubor subir a mis mejillas. Ridícula, me reprocho en silencio. No estás para flirteos de avión. Pero, casi como si mis pensamientos lo invocaran, escucho pasos acercándose por el pasillo. No tengo que mirar para saber que es él. —Disculpa —dice con voz grave, cálida—. ¿Te importa si me siento aquí un momento? Miro de reojo al hombre de las primeras filas que se detuvo frente a nosotros. Mi vecino de asiento abre la boca, indignado, pero antes de que pueda protestar, él mismo se pone de pie. —Tome mi lugar —masculla con fastidio, y se aleja hacia la parte delantera del avión, llevándose consigo una pequeña mochila. No entiendo bien qué acaba de pasar, pero el hombre se sienta a mi lado, dejando una distancia prudente entre ambos. —No suelo hacer esto —dice con una sonrisa torcida—, pero pareces necesitar un respiro. Lo observo de soslayo, aún desconfiada. —¿Me veo tan mal como me siento? —pregunto, intentando que mi tono sea ligero, aunque no lo consigo del todo. Él deja escapar una breve risa, baja y ronca. —No. Te ves… como alguien que carga el peso de demasiadas despedidas —responde, con una sinceridad que me desarma. Quiero decirle que no es asunto suyo, que no necesito un extraño para que me recuerde mi tristeza, pero sus palabras no suenan a lástima. Suenan a comprensión. Como si, de algún modo, él también supiera lo que es perder algo importante. —Italia —añade, señalando el paisaje más allá de la ventanilla—. No es mal lugar para empezar de nuevo. —¿Quién dijo que estoy empezando de nuevo? —replico, casi a la defensiva. Él me mira con esa intensidad tranquila, como si pudiera ver a través de mis palabras. —Nadie se sube a un avión a Italia con esa expresión en la cara, si no está huyendo… o volviendo a casa. Me quedo en silencio. No sé si huía o volvía a casa. Tal vez, ambas cosas. Me atrevo a mirarlo bien por primera vez. Su cabello castaño oscuro, ligeramente revuelto, la sombra de barba en su mandíbula fuerte, y esos ojos —unos ojos que, por un instante fugaz, parecen guardar historias tan pesadas como las mías. Él extiende la mano, como si la conversación mereciera una presentación formal. —Matteo —dice simplemente. —Gigi —respondo, aceptando su apretón. Su mano es firme, cálida. —Lo sé. —Esa respuesta me hace abrir los ojos y luego entrecerrarlos, buscando algo en mi memoria. —¿Cómo lo sabes? —Suelta una risita que me parece un poco familiar. —Matteo…¿Me olvidaste? —De pronto, un niño regordete de mejilla rojas, lentes de pasta y frenos, aparece en mi mente. —¿Matteo Cavallaro? —El hombre sonríe y se sonroja. —Ese soy yo. ¿Tan cambiado estoy? —Asiento. —Si, mucho. Estás más delgado. Suelta una carcajada que comienza a aligerar el encuentro. —Tú estás más grande pero tu cabello sigue pareciendo una explosión. ¿Qué has estado haciendo este tiempo? No respondo. Solo me encojo de hombros y no pregunta más. Después de eso, solo compartimos el silencio, ese tipo de silencio que no incomoda, sino que acompaña. De pronto, el avión tiembla levemente por una corriente de aire, y ambos miramos instintivamente por la ventanilla. Las luces de la costa italiana comienzan a asomar entre las nubes. —Bienvenida a casa, Gigi —dice Matteo, y aunque su tono es ligero, sus palabras resuenan más profundo de lo que esperaba. "Bienvenida a casa". La frase me cala hasta los huesos. Quizá sí. Quizá, después de todo, este viaje no era una huida, sino una vuelta al origen. Me permito, por primera vez en mucho tiempo, una pequeña esperanza. **** Justin Abro los ojos y, casi por inercia, extiendo la mano hacia el otro lado de la cama. Solo para encontrar el frío del vacío. Una vez más, la realidad me golpea sin piedad: ella ya no está. Me froto los ojos, intentando disipar la niebla del sueño, pero lo que siento al tacto es aún más punzante que cualquier despertar abrupto. Mi anillo de matrimonio. ¿Por qué sigo llevándolo puesto? Debería habérmelo quitado hace días, pero la costumbre, o tal vez la culpa, han mantenido ese frío metal en mi dedo. Entonces, otro recuerdo me sacude con fuerza. Giselle… Ella se quedó con su anillo, el que pertenecía a mi abuela. No debí permitirlo. Ese anillo es parte de la memoria de mi familia, de la historia de mis abuelos. No puedo dejar que se pierda. Con esa determinación incendiando mi pecho, me levanto de la cama y busco mi teléfono. Encuentro su contacto en la lista. El nombre de Giselle todavía está allí, intacto, como si las cosas no hubieran cambiado. Dudo solo un segundo antes de escribir: "Necesito que me devuelvas el anillo de mi abuela." Miro la pantalla, esperando que aparezca la doble palomita de recibido. Nada. El mensaje se queda en un limbo helado, sin entregar. Frunzo el ceño y decido llamarla. Pego el teléfono a la oreja. —El número que usted marcó no está disponible —responde una voz automática. La furia se enciende en mi interior como una llamarada. ¿Se atrevió a bloquearme? ¿Tuvo el descaro de cortarme todo acceso a ella? No pienso permitirlo. Me visto a toda prisa, la determinación creciendo con cada movimiento. Pero apenas termino de atar mis zapatos, una punzada de impotencia me atraviesa el pecho. No sé dónde encontrarla. No tengo la menor idea de adónde pudo haber ido. Fui un esposo negligente. Desde que se mudó a la casa, jamás pregunté por su gente, por sus lugares, por sus refugios. Estaba demasiado ocupado con mis propias preocupaciones. Pero no importa. La encontraré. Tiene que devolverme ese anillo. La idea de que pueda venderlo me provoca un nudo en el estómago. No lo permitiré. No puedo permitirlo. Tal vez está desesperada por dinero. Tal vez cree que deshacerse de él es la única salida. Pero ese anillo no le pertenece. Es un legado. Es parte de mi historia. De la memoria de mi abuelo. Y hasta que lo recupere, no descansará en paz. Ni yo tampoco.
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