2. ¿Dos embriones?
Giselle
La noche de mi llegada a la casa familiar, no pude dormir.
Me recosté en mi vieja cama, la misma que había ocupado antes de que la sombra de Justin entrara en mi vida. El techo blanco seguía allí, inmutable, pero ahora lo miraba con otros ojos. Ya no como una prisionera que añora la libertad, sino como una sobreviviente que regresa de la guerra: herida, sí, pero viva.
La lluvia golpeaba la ventana con un murmullo constante, como si el cielo llorara conmigo, compartiendo mi desvelo y mi silencio quebrado.
Deslicé la mano por mi vientre, acariciándolo con ternura. Allí, creciendo dentro de mí, estaba la única luz que iluminaba mis días más oscuros.
—Te prometo que nunca te faltará amor —susurré, sin saber si esas palabras eran para mi bebé o para mí misma, como un eco de consuelo que tanto necesitaba.
*****
A la mañana siguiente, Ethan cumplió su palabra.
Me llevó a la consulta de un médico de confianza, un hombre que había atendido a nuestra familia durante años. El doctor me examina con meticulosa paciencia, mientras yo sentía que los minutos se estiraban como si quisieran ahogarme en la incertidumbre. Su expresión, de pronto, se tornó extraña.
—¿Pasa algo, doctor? —pregunto, con la voz temblorosa. Ethan, que no soltaba mi mano, la aprieta con fuerza.
—Bueno —responde el médico, tras una breve pausa—, puedo decirle que todo está bien. Aquí veo dos embriones dentro del mismo saco gestacional, de aproximadamente seis semanas.
—¿Cómo dice? ¿Dos embriones? —repito, con el corazón golpeándome el pecho.
El médico asiente con serenidad.
—Así es. Está esperando gemelos.
Siento que el aire me abandona por un instante. ¿Gemelos?
Sabía que en mi familia existía esa predisposición, incluso Ethan es mellizo de Aidan. Pero... ¿sería capaz de ser una buena madre para dos niños? Con apenas veintidós años, me sentía de pronto tan frágil como el cristal.
—Gracias, doctor —logo responder con un hilo de voz. Ethan me ayuda a incorporarme, pero yo apenas sentía mis piernas.
De regreso a casa, mientras la lluvia seguía desdibujando la carretera, Ethan rompe el silencio cargado de tensión.
—Hay algo que debes saber —dice, sin apartar la vista del camino.
Lo miro, alerta.
—Antes de morir, el abuelo de Justin dejó una cláusula en el testamento que no se leyó públicamente —explica, su tono teñido de gravedad—.
—¿Cómo lo sabes? ¿Acaso Justin la conoce?
Ethan esboza una sonrisa cínica, esa que siempre anunciaba que había conseguido información por métodos no del todo ortodoxos.
—Digamos que tengo mis contactos —responde con desparpajo. Sus "contactos" solían llevarlo a aventuras que terminaban en dolores de cabeza... y de corazón.
—Creo que solo el abogado lo sabe con certeza. Es su deber vigilar a tu ex durante un año.
—¿De qué se trata? —pregunto, sintiendo que mi respiración se acelera.
—Te lo contaré cuando lleguemos a casa —responde, dejando caer un velo de misterio sobre sus palabras.
Durante el resto del trayecto, mi mente no deja de dar vueltas. ¿Qué había dejado el abuelo oculto? ¿Acaso previó la traición de Justin? ¿Me estaba protegiendo incluso desde la tumba?
Al llegar, Miriam nos recibe con su calidez habitual y nos conduce hasta la vieja biblioteca. Allí, Ethan abre una pequeña caja fuerte y extrae una carpeta.
—Léelo —me dice, tendiéndomela con solemnidad.
Con manos temblorosas, despliego los papeles. Las primeras líneas me atraviesan el pecho.
*****
Querida Giselle,
Si estás leyendo esto, significa que las cosas no salieron como yo había esperado. Siempre temí que Justin no fuera digno de tu corazón, y por eso tomé precauciones.
Dentro de este sobre encontrarás no solo mi última voluntad, sino también un poder firmado para que tomes posesión de la mitad de todos los bienes que dejé en mi herencia y te sean entregados para que los manejes a tu consideración.
En caso de que, por alguna razón, un hijo hubiera sido engendrado, te será entregado además un diez por ciento de todo lo que le corresponde a mi nieto.
No confío plenamente en Justin, a pesar de que en los últimos tiempos mostró mejores intenciones contigo. Sé que estuvo enredado con una mujer calculadora, que se alejó solo cuando le ofrecí una buena suma de dinero.
Espero, de corazón, que las cosas entre ustedes hayan continuado como en aquellos días felices, y que puedas recordarme con cariño.
Gracias, mi niña, por cuidarme y darme tu amor.
Con todo mi cariño,
Samuel Dornan
*****
Las lágrimas ruedan libres por mis mejillas. Me llevo la mano al pecho, sintiendo cómo se aprieta mi corazón ante las palabras de aquel hombre que, incluso después de partir, seguía cuidándome.
—Ja. Ese imbécil de Justin ni se lo imagina —suelta Ethan, cruzándose de brazos con una sonrisa burlona—. Quedará en la ruina cuando se entere. Y tú, hermana, eres más rica de lo que él jamás soñó. Siendo heredera de los Falconi ya era mucho decir... ¿por qué nunca le contaste la verdad?
—El abuelo quería que su nieto se enamorara de mí sin que el dinero fuese un intermediario —susurro—. Quería que conociera el amor verdadero, como lo vivieron nuestros padres y nuestros abuelos. Pero sabes bien que no necesito dinero, Ethan. No es por eso que quiero empezar de nuevo. Me iré con papá y mamá a Italia. Quiero estar lejos de todo esto... empezar de cero.
—Te apoyaré, hermana. No te preocupes —me asegura, con una firmeza que me reconforta—. Cuando sea el momento, volverás para reclamar lo que es tuyo. Y también lo que le corresponde a tus hijos. Un año pasa volando.
*****
Días después, estaba lista para partir.
Empaco solo lo indispensable. En Italia podré empezar de nuevo, comprar lo que necesite. Además... papá y mamá no sabían de mi matrimonio.
Había logrado convencer a Ethan de mantenerlo en secreto, y durante mis viajes para verlos nunca sospecharon nada.
Pero ahora todo ha cambiado. En unos meses llegaran sus nietos, y la verdad saldrá a la luz. Imaginaba ya la tormenta que mamá desataría cuando lo supiera. Sonrío, pese a todo. Estaba preparada para afrontarla.
Porque por primera vez en mucho tiempo, sentía que la vida me ofrecía una segunda oportunidad.
*****
Justin
Mientras me sirvo el segundo vaso de bourbon, me recuesto en la silla, dejando que el respaldo crujiente soporte el peso de mi indecisión. A pesar de haber deseado con vehemencia deshacerme de esa mujercita, debo reconocer —aunque me cueste admitirlo— que la casa se siente desoladamente vacía.
Hailey armó un escándalo cuando, al final, decidí posponer la boda. No me interesa en lo más mínimo una gran celebración, pero algo dentro de mí —una punzada de intuición o tal vez simple cobardía— me empujó a esperar.
La decisión, sin embargo, no puede esperar demasiado. Pronto será evidente. Demasiado evidente.
Justo entonces, como un espectro que se niega a abandonar mis pensamientos, la imagen de Giselle se impone en mi mente. Su figura se desliza entre las sombras de la estancia, impertinente. Tocan a la puerta, y abro los ojos de golpe, sintiendo cómo el corazón se me estruja dentro del pecho.
Giselle.
Pero no es ella.
—Señor, ¿puedo pasar? —La voz de Rita me arranca de mi delirio. Me incorporo, tanteando la sobriedad perdida.
—Diga —respondo, intentando mantener la compostura.
—Quería preguntarle qué hacemos con las pertenencias de la señora Giselle. ¿Desea que las mandemos a donar?
¿No se llevó nada?
—¿No regresó? —pregunto, más rápido de lo que pretendía. Rita niega con un leve movimiento de cabeza.
—No, señor. Llamó hace un rato. Dijo que, si usted lo prefería, podía quemar sus cosas, que no volvería por ellas.
—¿Ella llamó? —repito, sintiendo un nudo formarse en mi garganta. La ansiedad se cuela en mi voz, aunque trato de contenerla.
—Sí, solo para despedirse. Me dijo que dispusiera de todo como usted quisiera —explica Rita con calma.
—Bien… entonces tíralas —digo al fin, dejando que una chispa de rabia se cuele en mis palabras, como una fuga de gas que amenaza con explotar. Rita asiente, pero cuando está a punto de retirarse, la detengo con un gesto brusco.
—No. Bájelo todo al sótano.
Ella hace una leve reverencia y se marcha en silencio.
¿Para qué quiero conservar sus cosas aquí?
No lo sé.
O tal vez sí lo sé, y prefiero no admitirlo.