76. Miel y hiel Justin La fiesta se fue apagando poco a poco, como una fogata que arde lentamente hasta quedarse en brasas tibias. La risa de los invitados, las copas que tintineaban, las conversaciones cruzadas… Todo quedó atrás cuando cruzamos el umbral de nuestra habitación, ya como marido y mujer. Cierro la puerta con suavidad, como si al hacerlo marcara el inicio de algo sagrado. Afuera, la finca duerme. El cielo está lleno de estrellas y el aire huele a lavanda, a madera tibia y a vino dulce. Pero aquí dentro… Aquí está ella. Mi esposa. Está de pie frente a la ventana, de espaldas a mí, con la luz de la luna delineando su silueta. Se ha quitado el velo, y su cabello cae en cascada sobre sus hombros desnudos. La observo en silencio por unos segundos, sin atreverme a romper ese m

