34.Amenzas Justin Giselle Stella y yo intentamos mantenernos erguidas, con la barbilla en alto y la mirada firme, como si nada pudiera doblegarnos. Pero por dentro… por dentro ambas estamos temblando. El miedo serpentea por nuestras espaldas, silencioso pero voraz. Nunca antes habíamos visto esa expresión en el rostro de Flavio: ojos inyectados en furia, mandíbula tensa, y una sombra oscura atravesándole el semblante. —¿Piensan que pueden hacerme a un lado tan fácilmente? —espetó, con la voz cargada de veneno. —Hay un contrato firmado. Un maldito contrato. Su tono nos perfora los oídos, pero tratamos de no ceder. No frente a él. Mi hermano, sentado al otro lado del escritorio, no pierde la calma. Al contrario, su sonrisa se ensancha con una tranquilidad que desarma. Es la sonrisa de

