Subo al caballo colocándola primero en mi hombro con cuidado y luego sentada al frente de mí rodeada por mis brazos que sostienen las cuerdas que maniobran al corcel. Azoto el muslo del otro caballo para que galopee asustado de vuelta al campo de donde provino y pongo a correr este golpeando mis estribos al lomo del animal salvaje. En este instante no me interesa lo que piense el maldito de Tristan, menos lo que se ha avanzado en el plan, aunque es un sacrificio que debo de tomar para poder poner a salvo a mi belladona. No es como si fuera humanamente posible dejarla a la deriva para seguir con el papel de monstruo. Bajo la mirada hacia Marlena, notando que sigue sin abrir los ojos. Comienzo a preocuparme y mis pulsaciones golpean con más fuerza que antes. Salgo del bosque mirando a

