Sentada sobre la muralla de la fortaleza Yuezhi, Khojin observó la lejanía y la altura de las nubes. Después de esos días, una tensa tranquilidad se había apoderado de la pequeña urbe. Khojin sospechaba que una tormenta se estaba gestando de manera escondida, un torbellino desconocido, que podía arrasar con su estabilidad.
Cuando Khojin regresó la mirada hacia el interior de la fortaleza, alcanzó a ver la yurta central, allí donde su prima Khutulun era atendida por los médicos y muchas doncellas le servían.
Khojin bajó de las murallas y caminó hacia la tienda, rodó la cortina pesada y entró. En el interior, Khutulun estaba acostada sobre su lecho. Estaba despierta, pero su mirada estaba perdida sobre la cubierta de la yurta.
Khojin podía adivinar los pensamientos de su prima.
—Khutulun, ¿te sientes mejor?
La princesa giró el rostro hacia ella y le sonrió levemente.
—Sí, pero estoy intranquila.
—Estás pensando en Arslan, en ese traidor ¿verdad?
Khutulun se apartó los cabellos negros de su rostro y trató de sentarse sobre el lecho, pero con una mueca de dolor volvió a recostarse. Khojin negó en reprimenda mientras se acercaba hasta ella para ayudarla a sentarse.
—No lo entiendo, pensé que era sincero.
Khojin suspiró.
—Al parecer no lo era.
—¿Por qué no me di cuenta? ¡Fui una estúpida! —gritó enfurecida.
—No fue tu culpa. Él parece ser un maestro del engaño… Ya no le des más vueltas a eso, porque en cualquier momento podrás enfrentarlo, pero eso no es primordial por el momento.
—¿Cómo no es primordial, Khojin? ¡Mi posible prometido me engañó! ¿Cómo puedes tomarlo tan a la ligera? —reprochó enardecida—. ¡Claro, tu marido no tuvo tiempo de engañarte, porque murió la misma noche de bodas!
Khojin se levantó del lecho dando un salto. Lo dicho por la princesa Khutulun le había hecho enojar.
—¡No digas estupideces de las que luego te puedes arrepentir! —sentenció Khojin enfurecida.
Khutulun pareció sentirse culpable por haberle recordado un evento tan desastroso como aquel, por eso decidió bajar la cabeza y recibir toda la reprimenda. Sin embargo, Khojin no se quedó para regañarla y salió apresuradamente de la tienda.
La frescura de la noche volvió a golpearle el rostro. Sus mejillas se enrojecieron por unos breves momentos. Quiso lamentarse por su pasado, pero hacerlo ya no le iba a regresar a todas esas personas que había dejado atrás…
—¡Gerel! —llamó a su asistente de armas. La mujer corrió en cuanto oyó el llamado de su jefa—. Envía a varios de mis hombres a investigar el paradero de Bore Tseren.
—Sí, señora.
Khojin vio a la mujer alejarse y con ello, volvió a pensar en aquel misterioso hombre. Bore Tseren era un ser totalmente hermético y enigmático. Ella sabía poco de él, y ese desconocimiento le generaba inseguridad respecto al pasado del hombre…
En la tierra de los poderosos, Bore Tseren era conocido por ser el poseedor de una gran liga de asesinos, mercenarios reformados y talentos rechazados, que estaban dispuestos incluso a morir por el bien de la orden suprema.
Durante los últimos ocho años, la liga Changhaan había ganado estatus y reputación entre los reinos de la región. Sin embargo, la figura de su líder era un total misterio. Nadie sabía cómo era su rostro o como era su cuerpo.
Con el trascurrir de los años, Khojin había callado su presentimiento y había apelado a la razón. Y aunque los métodos de Bore Tseren le parecían demasiado familiares, se había obligado a creer que era solo una confusión de su extraña memoria.
Khojin, también quería desaparecer sus constantes remordimientos. Quería que de su mente desapareciera la imagen de aquel viejo conocido, que tanto la había atormentado. La desaparición del último hijo del khan Karluk, el tegim Altai le había generado mucha incertidumbre. Y con el pasar de los años, se había obligado a creer que estaba muerto.
La intuición de Khojin le decía que algo extraño ocurría en la estepa mongola. Era como si Bore Tseren y el príncipe Altai estuviesen relacionados. Sin embargo, su mente tendía a divagar con mucha constancia, mucho más cuando se trataba de Altai tegim.
Khojin podía escuchar con total claridad el dialogo que había tenido con su prima Bortei, la mujer que gobernaba tras bambalinas el kanato Karluk, desplazando al padre de Altai tegim. La reina regente nacida de la tribu Sekiz Oghuz. Ella gobernaba en lugar de su pequeño hijo.
Desde aquel último encuentro, habían pasado diez años.
Ese día la luz del sol entraba tímidamente a través de la entrada de la yurta. El incienso aromático de las hierbas chamuscadas en el fuego inundaba todo el lugar, lo sumergía en una nube olorosa y gris de humo.
Era de mañana y una bastante fresca. Desde lo lejos, Khojin observaba a su prima Bortei, quien se esmeraba en hacer que el té que preparaba se viera uniforme y se sintiera perfumado. La escena la hizo sonreír, algo tan trivial y sencillo resultaba para ella en un verdadero espectáculo.
Khojin suspiró con tristeza cuando observó al heredero Karluk, un niño consentido, pero con la ausencia de su padre.
Desde el exterior, Khojin observó como la criada de su prima servía el té, y como el niño que jugaba con los perros, tomaba un kumis de leche de cabra. Cuando la mujer giró hacia la parte interior de la yurta pudo ver a Bortei en compañía de su esclava la reconocía.
Khojin no esperó más y entró al interior de la yurta sin ser vista. En cuanto entró, las mujeres se tensaron.
—¡Ordénale que se quede callada! —advirtió Khojin refiriéndose a la esclava—. No le haré daño si no sale de la yurta.
Bortei la observó fijamente. Al final, le ordenó a su criada que se mantuviera de pie sin hacer nada. Luego, regresó su mirada profunda a Khojin.
—¿Qué quieres?
Khojin dio la vuelta y se sentó justo frente a ella.
—Quiero que dejes ir a Altai tegim. Escuché que lo encarcelaron.
—Temo que no será tan fácil complacerte, Khojin.
—¿Por qué?
—Porque Altai fue acusado de tramar en contra del khan y su hermano. Morirá pronto.
Khojin inclinó su cuerpo hacia Bortei. Sus rostros quedaron muy cerca, Bortei la observó con su usual socarronería y altivez. Khojin en cambio la miró con rabia y desesperación.
—Sabes que no te creo nada.
—No me importa si me crees… No es asunto mío.
Khojin se quedó en silencio. En su mente, tramaba la forma en la que debía amenazarla. Finalmente, pudo encontrar el verdadero talón de Aquiles de su prima: los deseos de la tribu a la que pertenecía Bortei.
—Sé que la corte de los Karluk está en medio de las llamas, pero también sé que todo esto lo deseaba tu padre, Bortei.
Bortei se tensó.
—Nadie te creerá.
Khojin sonrió ampliamente.
—¿Crees que no intentarán al menos escucharme? —burló—. Estás equivocada, tan solo bastará lanzar una braza ardiente en donde hay leña seca… Ahora la corte del khan karluk está ardiendo, ¿crees que tú te puedes salvar? ¿Qué decidiste?
Bortei miró el suelo por unos breves instantes. Estaba acorralada, nada podría hacer si los rumores se regaban por la corte del khan karluk. Si era investigada se demostraría su participación en la caída de los príncipes del kanato.
—Te llevarás a Altai y no dejarás que el regrese. Si el regresa lo mataré.
Khojin sonrió.
—¿Dónde está?
Bortei se levantó del lecho y señaló su cintura. En la banda de tela que la ajustaba había un manojo de llaves. Sin embargo, Bortei no se las dio de inmediato.
—Al menos quédate a hablar un rato conmigo.
—Lo haré si no me juegas con trampa.
—Sabes, me gusta jugar… eso es lo que he hecho desde que tengo memoria. Solo que ahora los juegos son más peligrosos y traen consigo el poder y el estatus.
—¿Te sientes orgullosa de lo que eres? —bufó—. Eres una princesa, eso lo sé, pero también eres una asesina. Tu padre es un asesino.
—Soy una princesa, no tenía alternativa. Yo nací para servir en la tribu, soy un funcionario más de mi padre.
—Eres el funcionario que más sangre tiene en su capa, Bortei.
Bortei la observó con rabia.
—¡No tenía elección!
—Dices que no tenías elección, pero tú misma buscaste los peores caminos.
—¿Qué querías que hiciera? ¿desafiar a mi padre?
—Si lo hubieses querido tal vez tu padre no se habría empeñado en matar a mi padre y a toda nuestra casa.
—Yo no maté a tu padre, Khojin.
—Fue tu padre, lo sé.
Bortei caminó hacia la salida de la yurta y se quedó de pie en medio de las dos cortinas que la separaban del exterior. La luz entraba por allí para iluminarla tenuemente.
—El día que salí de mi casa vestida de novia no imaginé llegar hasta este punto. Nunca pensé que perdería la inocencia.
—Todos hemos perdido algo de inocencia, pero tú la perdiste toda —bramó Khojin asqueada—. Me voy, no veo razones por las que deba seguir aquí.
Bortei se hizo a un lado, dejándole el camino libre. Sacó de su cintura el manojo de llaves, sacó una de ellas y se la entregó a Khojin.
—Está en el calabozo, en la única mazmorra.
—¿Acaso sé dónde está eso?
—¿Acaso es mi problema? —replicó. Pero al ver la expresión de Khojin, decidió cambiar de opinión—. Te llevaré yo misma.
…
Las aguas del pasado estaban revueltas y no se calmarían hasta poner cada cosa en su lugar. Aquellos que aun luchaban en silencio por sus convicciones serían los que al final ganarían.
A esas alturas a Khojin le interesaba saber más sobre el líder de la liga Changhaan. Aunque, sabía que conseguir información sobre Bore Tseren no iba a ser nada fácil. No disponía de espías, sino de unos soldados escasamente entrenados para la guerra.
A pesar de todo, Khojin guardaba la esperanza de encontrar al hombre. Quería interrogarlo y despejar sus dudas respecto a los fantasmas del pasado que aun la seguían.
En la estepa, Khojin a pesar de ser una mujer importante y muy poderosa, aun debía acogerse a las órdenes del Kagan. Dos años atrás, la asamblea del Kurultai había aconsejado un matrimonio para ella, la comandante Yuezhi. Pero más allá de la tradición, Khojin estaba más que segura de que se trataba de un juego político.
La asamblea había tenido miedo de su poder en el ejército y de la lealtad jurada de la tribu Yuezhi para ella.
Sin embargo, la tragedia llamó a su puerta. Khojin enviudó la misma noche en la que se casó.
Khojin recordó por un instante el día de la boda. Su abuelo le había hecho escoger entre todos los hombres de la tribu, pero al final ella había preferido que ellos lucharan contra ella. ¿Qué mejor manera de ganarse la mano de una comandante que luchando al Bök?
Nadie le había logrado ganar, ninguno, ni siquiera el hombre que luego se casó con ella. Pues ella misma lo había seleccionado para no sentar malos precedentes con su abuelo.
Khojin no amó a su prometido. En cambio, en él vio un buen hombre. Pero, en el día de la boda, el prometido de Khojin cayó muerto sobre la yurta del Kagan mientras se hacían las ceremonias casamenteras.
Desde ese día, Khojin se libró del matrimonio, pues ningún hombre estuvo dispuesto a casarse con ella. Al final, se liberó del matrimonio, pero a un precio elevando. Y todavía años más tarde, ella no sabía nada respecto a esa muerte. Todas sus investigaciones iban a parar en un punto muerto… Siempre terminaban en el mismo lugar: a orillas de la montaña Mongke, la propiedad de la liga Changhaan.
El que sus investigaciones se detuvieran cuando debían subir a la montaña hacía que Khojin tuviera verdaderas sospechas sobre Bore Tseren.
[…]
La vida se había hecho demasiado dura para el príncipe Altai. Las corrientes iban de un lado a otro, pero no se posaban en ningún lado. La tormenta se estaba gestando en silencio, escondida entre las montañas de inmenso follaje.
Durante los últimos años, Altai se preguntaba cada día sobre su verdadero objetivo y la razón por la que aún seguía vivo. Para él, la vida carecía de algún sentido. Solo vivía por dos cosas, cosas que prefería mantenerlas en secreto, mientras nadie se esperaba su arremetida.
Mientras pensaba en sus siguientes pasos, a su sala interior entró uno de sus seguidores.
—Señor, lo que me pidió ya está hecho —declaró al ubicarse frente a él—. La princesa Khutulun regresó al campamento Yuezhi… Estimo que dentro de dos días saldrá hacia el campamento del Kagan Eljigin.
El tegim se levantó y caminó hacia la salida de su sala personal. Su mirada se perdió sobre la inmensidad de las nubes. Enlazó sus manos sobre su pecho y sonrió.
—¿Cómo está ella?
—Señor, la comandante se ve fuerte, como siempre.
—¿Te dijo algo más? —preguntó casi que deseando una respuesta afirmativa—. Dime todo lo que ella te ha dicho.
—Bueno, ella se mostró reacia a aceptar nuestra ayuda, pero luego supo que usted quería ayudarla.
Altai tegim alzó una de sus cejas. Estaba sorprendido y a la vez fascinado.
—Por lo que dices, ella debió preguntar quién te enviaba, ¿no es así?
—Sí… ¿Cómo lo supo? —preguntó confundido.
Altai tegim sonrió.
—Ella es la comandante del ejército Yuezhi, debe refutar todo lo que escucha. Saber todo. Ella es muy inteligente —susurró—. ¿Qué le dijiste?
—La comandante ya sabe que usted la ha ayudado.
Altai despidió al hombre y volvió a sentarse sobre su escritorio. Sonrió levemente mientras colocaba algunas piedras sobre la balanza que tenía sobre el escritorio. En su mente, estaba concretando los últimos detalles de su detallado plan.
La orden de la liga Changhaan debía actualizarse. Ese año, Altai pensaba gestionar la mayor selección de talentos de los últimos años. Aquellos que ya pertenecía a la liga debían luchar para conservar su lugar, pero los que querían unirse, debían vencer a los antiguos.
La competencia era reñida y todos los que no tenían un nombre en el mundo, intentaban ganárselo por medio de la liga Changhaan.
Altai estaba orgulloso de ser el dueño de una alianza tan grande como aquella. Durante diez largos años, sus esfuerzos por fin daban frutos. Su nombre en el bajo mundo se había hecho tan famoso, que incluso los lideres de la estepa querían sus consejos, tener a la liga en su poder. Los chinos, los turcos y los mongoles querían la alianza de Bore Tseren. Incluso se decía que quien consiguiera la alianza de Bore Tseren gobernaría el mundo.
Altai estaba más que preparado para dar su esperado salto al poder. Sin embargo, cada vez que pensaba en la comandante Yuezhi, no la podía relacionar como una persona que debía usar para lograr su objetivo, sino con la guerrera indomable que le había quitado el aliento años atrás, sumergiéndolo en una vorágine de desesperación. La mujer que, en su esfuerzo de rescatarlo, le había orillado a la muerte.
Él por más que intentaba alejarse de ella, de alguna u otra forma siempre regresaba.
—Espero que nunca me odies —susurró mientras echaba más y más piedrecillas sobre la balanza—. No me juzgues por lo que haré, Khojin.