Las antorchas brillaban tenuemente en medio de la noche estrellada. Al otro lado, las puertas de la fortaleza Yuezhi estaban trancadas y los guardias de las torres daban rondas sobre la muralla para custodiar los flancos del lugar.
Khojin observó el cielo nocturno por unos instantes antes de ordenar ensillar su caballo. Era tarde y por esa razón, los ejércitos del emperador c h i n o no la detectarían tan fácilmente.
Khojin quería cabalgar durante toda la noche para llegar al campamento de su abuelo. Siguiendo sus estimaciones, se infiltraría en el territorio Eljigin alrededor del mediodía. Ella nunca fallaba en sus estimaciones y tal como lo pronosticó, llegó justo a tiempo.
La comandante del ejercito Yuezhi llegó al campamento Eljigin antes de que el sol desapareciera. En cuanto ella llegó, los hombres que servían al Kagan corrieron de un lado a otro, exasperados por la presencia de la mujer.
—¡Comandante! —gritó uno de los hombres.
Khojin se detuvo y dejó que dicho personaje se acercara a ella.
—¿Qué sucede? —interrogó mientras observaba hacia la tienda del Kagan—. Quiero ver al Kagan, tengo un informe urgente.
—Comandante, temo que tendrá que esperar un rato más.
—¿Por qué? —preguntó sin entender absolutamente nada—. Esto es urgente, es un asunto militar, que debe ser resuelto de inmediato.
Khojin estuvo a punto de seguir su camino hacia la tienda del Kagan. Sin embargo, aquel hombre la detuvo agarrándola por uno de los brazos. Ella observó de reojo el agarre sin dar crédito a la falta de respeto del hombre.
Respiró profundamente y cuando creyó que el hombre se había relajado, hizo un rápido movimiento, con el que lo dejó tendido en el suelo y retorciéndose del dolor. Sin darle mucha importancia, Khojin avanzó con pasos firmes hacia la tienda de su abuelo, subió las escaleras de madera, sacudiéndolas a su vez para quitarse barro pegado.
—¡Comandante Yuezhi solicita una audiencia, gran khan! —gritó mientras rendía los respectivos respetos.
Las compuertas de tela se abrieron levemente. Del interior, salió una pequeña esclava, que podía tener alrededor de unos quince años.
—Su señoría, el Kagan está atendiendo otros asuntos.
Desde su lugar, Khojin podía escuchar las risas femeninas y el sonido de la música. Frunció el ceño e intentó pasar, pero la muchachita se atravesó en su camino.
—Su señoría, el Kagan se ha casado. Ahora mismo, los nobles de la tribu están celebrando su casamiento… Por favor, no dañe este evento feliz.
Khojin observó a la muchacha con intensidad. No estaba de ánimos para soportar que siempre la detuvieran cuando quería algo.
—Aléjate de mi camino —advirtió con rudeza—. Apártate, no quiero hacerte daño.
La muchacha no opuso más resistencia y se hizo a un lado de la tienda, dándole todo el espacio para que ella pudiera hacer su magnífica entrada.
Khojin corrió las cortinas y entró al interior de la tienda. La celebración se detuvo de inmediato, haciendo que todos los invitados posaran su atención sobre ella. Todo le resultó confuso. En realidad, su abuelo se estaba casando, había elegido una nueva concubina.
Khojin se arrodilló en la entrada para dar sus saludos.
—¡Presento mis saludos! —exclamó con voz fuerte.
El silencio reinó por unos instantes.
—¡Khojin! —exclamó el Kagan—, ¿Qué haces aquí, hija?
Khojin levantó la mirada.
—Vine a darle un informe de la fortaleza Yuezhi. Los c h i n o s siguen presionando el paso, temo que si no logramos vencerlos o concretar un acuerdo se vendrán sobre nosotros… Nos masacrarán.
El Kagan se levantó de su trono y la observó con intensidad.
—¡Excusas! —bramó enojado—. Las tribus mongolas nunca nos rendimos. ¡Jamás nos doblegamos ante el enemigo!
—¡Es cuestión de vida! —exclamó Khojin—. Nuestros hombres morirán.
El hombre se sentó de nuevo sobre su trono y Khojin aprovechó para observar a la nueva concubina del Kagan. Era joven, muy joven.
Khojin pudo entender que se trataba de alguna muchacha de noble familia, que se había visto en la obligación de casarse con un hombre que podía ser su abuelo.
—¡Tienes prohibido rendirte o hacer algún trato con los chinos, comandante! —bramó el Kagan. Khojin estuvo a punto de reprocharle, pero se calló—. Solo se hará un trato si los c h i n o s así lo piden. Nosotros nunca lo haremos.
[…]
La noche era oscura. En el cielo, las nubes rojizas y cargadas de agua auguraban una torrencial lluvia.
Luego de enfrentar a su abuelo y de presenciar la boda con la concubina, Khojin por fin pudo descansar en su tienda para pensar un poco mejor en lo que haría cuando regresara a la fortaleza Yuezhi.
Khojin salió de la tienda y ajustó el caballo. Antes de que lloviera, ella quería recorrer la colina que se extendía frente a sus ojos. Khojin no sabía la razón por la que se sentía afligida. Tal vez, los pensamientos y las vivencias del pasado volvían a atormentarla en cuanto caía la noche.
El fuego voraz consumió la humedad de sus ojos. Ella aun recordaba la travesía que había vivido el día que sacó del campamento karluk a Altai tegim.
En medio de un incendio, Khojin perdió cualquier rastro del príncipe. Desde ese día, ella lo dio por muerto, pero su cuerpo nunca apareció… ¿Cómo se llevaba el duelo sin ningún cuerpo?
La mente humana era difícil de controlar. Los deseos eran difíciles de evadir. Diez años después, ella todavía guardaba esperanzas.
Khojin sintió correr las lágrimas por su rostro. El viento cálido golpeó sus mejillas. El galopar del caballo era enérgico. Su corazón andaba errante por las tierras, buscando un lugar en el que quedarse, pero sintiéndose incompleto.
Finalmente, Khojin llegó a la cima de la colina y admiró el paisaje. La llanura verde y floreciente se extendía ante sus ojos en medio de la oscuridad nocturna.
Ella cerró los ojos, como queriendo sentir paz. Sin embargo, algo detrás de sí la hizo tensarse. Khojin sintió los pasos de una persona a su espalda y se puso en guardia. Giró mientras montaba su caballo y observó a todos los lados para ver si lograba ver entre la oscuridad algo sospechoso.
Un relámpago centelleó en el cielo. Khojin esperó una llovizna en lo alto de la colina.
Su cuerpo estaba tenso. Ni un solo musculo quería relajarse, pues sentía que el peligro le respiraba en su nuca.
De repente, de entre el bosque que rodeaba la montaña, Khojin pudo ver la figura masculina a lo lejos. Trató de afinar su visión, pero era tanta la oscuridad, que se le hacía imposible distinguir algo.
—¿Quién eres? —preguntó con voz fuerte.
El caballo se removió nervioso.
En el lugar hubo un silencio inquietante. Khojin estaba asustada. Poco después, el hombre se dignó a hablar. Una voz profunda se escuchó desde lo profundo del bosque.
—Mi nombre es muy conocido en toda la estepa —dijo el hombre—. Me debes conocer, comandante.
Khojin bajó del caballo y le esperó en la cima. Finalmente, pudo distinguir completamente la figura, pero dicho hombre mantenía su rostro bajo una capa oscura.
La apariencia amenazadora del hombre inquietó a Khojin, haciéndola atacar sin previo aviso. El hombre siguió los movimientos de la guerrera con mucha precisión, de una manera tan orgánica, que Khojin creyó estar en una especie de baile. Ella estaba sorprendida de que el extraño pudiera responderle en el combate de una manera tan superior. Sí, Khojin estaba segura de que el hombre estaba reteniendo toda su capacidad. Eso le llenó de rabia.
Enojada por sentirse en desventaja, Khojin se alejó un poco del hombre y trató de inmovilizarlo con una rápida vuelta. Sin embargo, el hombre esquivó sus movimientos con la agilidad de una liebre.
Ambos se detuvieron.
Khojin trató de forzar su vista para reconocer el rostro del hombre, pero se le hizo imposible. La capa que llevaba sobre su rostro no se movió de su lugar en ningún momento.
—Es usted m*****o de la liga Changhaan —dijo mientras le miraba fijamente—. Nadie podría enfrentarme de esta manera…
—Sobreestima sus capacidades, comandante.
—No lo hago.
La risa del hombre hizo que Khojin sintiera una extraña presión en su pecho.
—Mi paso por estas tierras es breve, comandante. Pero, debo reconocer que usted es una excelente guerrera.
Khojin no se dejó endulzar con esas palabras.
—¿Quién es usted? ¿Qué quiere?
Hubo silencio por un momento. Luego, fue el hombre el que volvió a activar el combate enviando una daga directamente hacia el pecho de Khojin, quien con agilidad pudo evitarlas. Entonces, llegó el momento de ella para volver a atacar. En medio de la lucha, Khojin intentó quitarle la capa de la cabeza, pero falló.
—Usted me debe, comandante —dijo el hombre mientras retenía los ataques de ella—. Usted tiene una deuda muy grande conmigo.
En ese momento, Khojin lo relacionó con Bore Tseren.
—Bore Tseren, esta no es una forma de saldar la deuda.
El hombre carcajeó.
Por un instante, el viento sopló sobre la cumbre de la montaña, haciendo que la capa dejara de cubrir el rostro del hombre. Khojin observó atenta como la cara se iba destapando.
En cuanto lo vio, abrió los ojos tan anchos como pudo. Ella no comprendía si lo que estaba viendo era en realidad una ensoñación o si era algo verdadero.
—Altai tegim —susurró. Su garganta se cerró. Ni una sola palabra salió de su boca. Ella lo observaba espantada.
Altai tegim la observó contrariado. Por un instante, entró en pánico.
No le dijo nada. Ambos se observaron en silencio, pues no sabían que decir.
La mente de Khojin trataba de asimilar lo que veía. Frente a ella estaba el ultimo hijo del khan karluk, Altai tegim. Sin embargo, él lucía muy diferente.
Ya no era joven, era un hombre.
Además, la mitad de su rostro estaba desfigurado, ¿qué le había ocurrido?
Khojin lo observó fijamente, pero no dijo nada. Su garganta se negaba a obedecer las órdenes de su cerebro. Ni una sola frase salió de su boca.
En esos momentos, Altai tegim supo que debía hacer algo para que su plan no se dañara, y con mucho sigilo, sacó de entre sus ropas una pequeña daga impregnada de veneno recesivo y la hirió con ella en una de las manos.
Khojin lo observó con ojos llorosos.
—¿Qué me has hecho? —susurró cuando notó que empezaba a sentirse mareada.
Khojin cayó sobre los brazos de Altai. Él la sujetó mientras ambos se deslizaban hasta el suelo. Khojin aun batallaba para mantenerse despierta.
—Lo siento —susurró Altai.
Khojin se desmayó. El veneno que Altai había utilizado en ella era muy poderoso, aunque pasivo. Y solo él tenía el antídoto.
—Estarás bien —dijo mientras la cargaba en brazos—. Te daré el antídoto, pero tú no debes recordarme… No es seguro para ti ni para mí.
Altai se desplazó por en frente del campamento del Kagan Eljigin y dejó a Khojin tendida sobre la entrada. Buscó en sus ropas el frasquito donde guardaba el antídoto y lo deslizó entre los labios de Khojin, en cuanto este estuvo en contacto con la humedad de la boca, se derritió.
Antes de retirarse, dejó una nota escondida entre las ropas de Khojin, se agachó y la observó en silencio.
—Prometo que te buscaré. Estaré contigo siempre.
La noche pasó en el devenir constante y lento. Esa noche llovió a cantaros, así que las puertas del campamento se abrieron hasta en la mañana. Fue allí cuando los vigías de las torres encontraron a su comandante tendida sobre un charco de barro y fundida en un sueño profundo.