Capítulo 4

1917 Words
Había movimiento en la tienda donde estaba hospedada Khojin. Aquella mañana, cuando las compuertas del campamento se abrieron, los vigías reconocieron de inmediato el cuerpo empapado con la lluvia que allí yacía. Cuando el Kagan supo de que la comandante del ejército Yuezhi estaba herida, se desesperó. Le preocupaba que su nieta estuviera gravemente enferma. Pero sus dudas se disiparon al entrar a la tienda y notar que su nieta estaba bien de salud. —¿Cómo está ella? —preguntó el kagan al médico. El galeno se inclinó en saludo, luego se hizo a un lado para que el gobernante viera con mayor claridad a su nieta. —Gran khan, la comandante se encuentra bien, pero… —el médico titubeó, teniendo miedo de la reacción del kagan—. Al parecer usted le debe el favor a alguien. El kagan lo miró confundido. El hombre no tenía ni idea de lo que el médico le decía. —¿Un favor? Explícate. —Gran khan, la comandante al parecer fue atacada mientras cabalgaba por la colina… —el médico le pasó una nota grabada en cuero—. Bore Tseren fue quien la salvó y la dejó a las afueras de la fortaleza. El kagan volvió la vista hacia Khojin mientras negaba. Luego, regresó la vista a la nota y la leyó en voz baja. —¿Nos está obligando a ir a la montaña Mongke? —susurró para sí mismo. Después, volvió a mirar al médico—¿Cómo ocurrió esto? ¡Ella es la comandante Yuezhi! —bramó enojado—. Ella es invencible. El medico se arrodilló cuando notó que el kagan estaba enojado. —Gran khan, usted mismo debe saber que Bore Tseren es el líder de la liga Changhaan. No hay nadie que se compare a él en habilidades… El kagan se desplazó en círculos por todo el interior de la tienda donde se encontraba Khojin, todavía sin despertar y ardiendo en fiebre. Finalmente, decidió salir de la tienda sin mirar una vez más a Khojin. —Kagan, ¿qué orden da respecto a la comandante? —¡Deja que se recupere, dale la medicina y está pendiente de ella! […] Los pensamientos eran confusos. Khojin no sabía si eran solo sueños o si se trataba de la realidad. Se sentía arder en una hoguera de fuego, incluso los ojos los sentía hervir. Khojin apretó los ojos. El fuego se iba extendiendo por todo el establo con mucha rapidez y ella solo podía ver desde el otro lado, impotente y entre lágrimas como el Altai tegim se consumía con el fuego. El sudor se extendió por su frente. Las hebras de cabello que se le pegaban a la cabeza quedaron húmedas, como si ella se hubiese dado un baño. De repente, ella abrió los ojos. Se sentó sobre el lecho cubierto con pieles. El médico que la atendía se asustó cuando ella reaccionó de esa manera tan brusca. —¡Comandante! —saludó con nerviosismo—, ¿Cómo se siente? Khojin observó al hombre de reojo y solo asintió. El médico salió de la tienda. Tras su salida, la ayudante de armas, la señorita Gerel entró. —¡Su señoría! —reverenció. Khojin le ordenó levantarse. En el proceso, observó una de sus manos y notó que esta estaba vendada. Frunció el ceño. No se acordaba de nada. —¿Qué me pasó? —preguntó a Gerel. —Su señoría fue atacada por un criminal. —¿Un criminal? —¡Sí! Khojin rodó por el lecho hasta conseguir ponerse de pie. —Gerel, ¿Cómo llegué aquí? La señorita Gerel encintó su espada y corrió a ayudar a su comandante. Mientras hacía eso, se dedicó a responder todas sus preguntas. —Comandante, Bore Tseren la trajo hasta la puerta del campamento. Khojin se detuvo abruptamente. Rodó los ojos al presentir que las cosas estaban tomando un camino diferente y peligroso. ¿Qué tenía que ver ella con aquel rufián? Las sospechas de ella se iban intensificando en contra del líder de la liga Changhaan. —Bore Tseren… —susurró. —Comandante, escuché que el gran khan se está preparando para hacer una incursión. A Khojin le pareció extraño el proceder de su abuelo, pero dejó pasar aquello, pues últimamente entendía menos al gran khan. —¿Qué más ha pasado? —La incursión será en la montaña Mongke. Con la mención del hogar del líder de la liga Changhaan, Khojin se sintió verdaderamente intrigada. —¿Qué harán allá? El gran khan no es devoto de las incursiones en los terrenos que ya tienen dueños. —Comandante, no se trata de una invasión… Bore Tseren ha invitado a toda la familia real Eljigin a subir a la montaña Mongke. Ese fue la manera en la que cobró el favor hecho a usted. Khojin volvió a sentarse sobre el lecho. Se sentía enojada, pues había orillado a su abuelo a obedecer las órdenes de un plebeyo con tal de saldar la deuda, que habían adquirido cuando Bore Tseren la socorrió. —¡Por un lobo, esto no puede ser peor! —bramó—. Este Bore Tseren actúa demasiado sospechoso. Debo investigar a ese hombre, podremos entrar a su cueva, así que podremos sabe qué es lo que quiere. —Comandante, puede enviarnos para investigar a Bore Tseren. —No, solo irás tú. La señorita Gerel se sorprendió. —Comandante… —Subiré a la montaña también —aceptó—. Irás conmigo. Si voy con más soldados él sospechará que no fui a agradecerle, sino a espiarle. Khojin estiró uno de sus brazos y volvió a levantarse del lecho. En su cuerpo no había rastro del veneno recesivo, ella poco a poco volvería a recuperarse. Con pasos lentos, salió de la tienda y observó el exterior. Los pantalones anchos para montar se agitaron con la brisa. Su cabello largo y recogido en una sencilla trenza se balanceó ligeramente al compás de la brisa. […] La montaña Mongke se había convertido en el hogar de Altai tegim desde el día que logró escapar del campamento karluk. Él aun recordaba con total claridad lo que ocurrió aquel día. Sus ojos se achicaron cuando recordó el momento en el que Khojin entró en la mazmorra y le ayudó a salir sin ser visto. Las voces del pasado susurraban en sus oídos. El sonido era suave y lejano. Altai tegim se negaba a dejar escapar a quienes habían usurpado su reino… Sí, su cuñada, la princesa Sekiz Oghuz había osado sentarse en el trono cuando el khan karluk finalmente murió. Altai tegim no lo comprendía. Tras la salida suya, su hermano Amgalán quedó viviendo en el interior del campamento. Sin embargo, en los últimos diez años nunca escuchó su nombre ni una sola vez. ¿Qué le había hecho la princesa Bortei? Esas y más preguntas no dejaban descansar a Altai tegim. Una y otra vez se recordaba a sí mismo pensando en su tierra, en sus padres muertos y sus hermanos. ¿En qué momento todo se había puesto en su contra? ¿Por qué nunca lo percibió? Altai tegim se había visto involucrado en el asesinato de su medio hermano Torgan tegim, quien en teoría debía heredar el kanato con la ayuda de la asamblea y la corte entera, quien estaba a su favor. Sin embargo, la esposa de su hermano testificó en su contra, lo acusó de haber asesinado a Torgan. Desde ese momento empezó a resentir a la princesa Bortei, la viuda de su hermano. Altai se perdió en sus propios pensamientos. Tanto que, ni siquiera se percató de la entrada de su mayor benefactor al interior del recinto. Solo fue hasta que el hombre habló, que se dio cuenta de que no estaba solo. —Bore Tseren, ¿qué es lo que te tiene tan pensativo? —preguntó el hombre mientras se paseaba por todo el lugar—. Vamos, dímelo. Altai tegim sonrió levemente. —Señor Silun, ¿sabía que es de mala educación entrar sin ser anunciado? El señor Silun bufó en respuesta. —¿Anunciado? ¿Acaso soy yo un invitado? Altai tegim sonrió ante la ocurrencia del señor Silun y con su cabeza negó. Definitivamente él no era un invitado, más bien ocupaba un lugar muy importante para Altai en su liga. —Es cierto, no eres un invitado. El hombre siguió paseando por el salón, dando vueltas alrededor del príncipe, como si fuese un pavo real, que tenía que lucir sus plumas al mejor postor. —¡Comandante Yuezhi ocupa un lugar muy importante en tu corazón! —declaró con firmeza—, ¿no es así? Altai tegim se tensó por un momento. Le incomodaba que terceros, entre ellos el señor Silun hablaran de la comandante. —¿Por qué sería importante para mí? —preguntó con sorna. En el escritorio de madera tamboreó sus dedos, siguiendo un ritmo lento y tenso—. Sabes por qué estoy centrando mis esfuerzos en acercarme a ella. El señor Silun se detuvo para mirarlo fijamente. Altai tegim ya conocía sus juegos, así que no se inmutó ni dijo otra palabra respecto a la comandante Yuezhi. —Bore Tseren, no debes olvidar tu objetivo… Debes regresar para reclamar lo que es tuyo. Eres un príncipe, no debes vivir de esta manera. El hombre salió del lugar mientras caminaba de manera excéntrica. En tanto, sus palabras retumbaron en la mente de Altai tegim por mucho tiempo, no solo en ese momento, sino exactamente diez años. ¿Cómo se suponía que debía ser su vida? Sí, era un príncipe, pero en esos momentos el príncipe Altai debía seguir muerto, en las tinieblas del olvido y Bore Tseren debía estar en su lugar. Sus años de silencioso sufrimiento estaban a punto de acabar. Lo difícil era lograr su objetivo sin fallar en el intento. Lo que sí tenía claro era que sus años en el anonimato y sufrimiento no serían en vano. Desde que era un niño, Altai tegim sabía cuál era su lugar. Su madre alguna vez se lo dijo, él debía ser un gobernante. En pensamientos desbocados, Altai tegim acarició su barbilla y sintió en sus dedos la piel arrugada y marchita que había quedado en la mitad de su rostro. Sintiéndose asqueado por su propio tacto, apartó la mano, se levantó y caminó con lentitud por el largo pasillo que conducía a su habitación secreta. Estaba enojado. Al entrar, derribó todo lo que estaba apilado en los estantes, eran escritos que había acumulado durante los últimos años. Sin embargo, tarde se dio cuenta de que sus planes no lo podían regresar al pasado y que por más que se instruyera seguiría siendo un príncipe en desgracia y muerto, un mercenario sin estatus, que se escondía tras un numeroso grupo de guerreros. ¿Qué había conseguido? Eso mismo se preguntaba cada día. En secreto, Altai tegim se comparaba con sus hermanos, principalmente con Tuva Eke, quien tras haber escapado también del campamento se había hecho para sí mismo un próspero reino, era el rey kimek. Pero él, ¿qué había logrado? Sí, se había convertido en un fugitivo. Lo que en realidad deseaba no estaba en sus manos, no estaba a su alcance y por eso le tocaba conformarse con observar desde lejos, temeroso de romper el encanto, que por tantos años se había esmerado en mantener. Altai tegim esperaba y esperaba, pero su redención nada que llegaba.
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