El precio Por Pagar
Rowan se dejó caer en la silla junto al fuego, apoyando los codos en las rodillas, las manos enlazadas y la mirada clavada en las brasas que chisporroteaban dentro de la chimenea.
La tetera aún estaba caliente sobre la bandeja, pero no era para él. El aroma persistía en el aire, dulce y delicado, como la mujer que había dejado en su habitación momentos antes. Isabella.
Había algo en ella que le desarmaba las máscaras. Esa forma de caminar sin ruido, de hablar con las palabras justas, de mirar sin pedir permiso, pero sin desafiar. Aún vivía envuelta en esa burbuja de ilusión que él había alimentado con tanto cuidado: el amor ideal, el marido perfecto, el matrimonio como promesa de un futuro compartido.
Y él, por mandato, debía mantenerla.
Necesitaba el dinero de ese fideicomiso, pero también se estaba acostumbrando a los beneficios que le daba la charada frente a los nobles. Nuevos negocios, acceso a información y a dinero.
Pasó una mano por su rostro y se recostó en el sillón, cerrando los ojos. El vino que había bebido antes no era suficiente para anestesiar la incomodidad que sentía en el pecho.
Tenía menos de una semana.
Menos de siete días para convertir a una doncella educada en la intimidad de una esposa que comprendiera su papel: concebir un heredero. No solo para él. Para los Ashcombe. Para la sangre que corría por sus venas y que la abuela tanto se empeñaba en preservar como si fuera el último oro de un imperio en ruinas.
Lady Ashcombe no había sido sutil. Nunca lo era.
- “Una esposa obediente. Una madre adecuada. Y si no lo logras en este viaje, buscaré otra solución. Ella es quien te está ascendiendo”
Había pronunciado esas palabras con la misma calma con la que solía servirse el té, como si no implicaran una sentencia. Como si él no fuera más que un engranaje en una maquinaria ancestral que no podía detenerse.
Rowan se irguió en la silla y se desabrochó la camisa con gesto cansado. El aire de la habitación era espeso. No por el calor del fuego, sino por la tensión que crecía cada día más, desde que Isabella cruzó la puerta de la villa.
Su esposa.
Tan cerca y aún tan lejos.
Isabella no era estúpida y eso lo sabía. Había aprendido rápido, observaba cada detalle, escuchaba más de lo que hablaba. Pero también era joven. Inexperta. Vulnerable.
Y si la asustaba, si se apresuraba, todo se perdería.
Tendría miedo. Dudaría. Rechazaría el cuerpo que aún no comprendía. Cerraría las piernas como quien cierra la última puerta de una torre. Y él no podía permitirse eso.
Necesitaba acercarse con cuidado. Seducirla con paciencia. Hacer que deseara lo que aún desconocía. Que pidiera, por voluntad propia, lo que su linaje necesitaba de ella.
Pero fingir… fingir el interés de un hombre enamorado… lo agotaba más que cualquier batalla política o reunión con la abuela.
Y lo peor era que ya no sabía cuánto era fingido y cuánto no.
Se levantó, cruzó la habitación y se detuvo frente al espejo antiguo del tocador. Su reflejo lo observó con la misma frialdad de siempre: mandíbula tensa, ojos sombríos, el cabello ligeramente desordenado. Parecía un hombre más viejo de lo que realmente era.
Rowan apoyó ambas manos sobre la madera, inclinándose hacia el vidrio.
- ¿Qué ve cuando te mira? - preguntó en voz baja, como si pudiera encontrar la respuesta entre los resquicios de su reflejo.
No podía negarlo. Isabella lo había mirado esa noche con una mezcla de ternura y sorpresa que lo había desarmado. Y cuando aceptó el té… cuando sonrió con timidez… algo en su pecho se estremeció.
No estaba preparado para eso.
Deseaba su cuerpo, sí. Lo deseaba con la urgencia de quien lleva semanas midiendo cada palabra, cada roce accidental, cada excusa para permanecer en el mismo espacio sin asustarla. Pero también… empezaba a desear su confianza. Su risa. Su forma torpe de caminar por los pasillos oscuros buscando sueños que aún no comprendía.
Se pasó una mano por el cabello, frustrado.
Esto no era lo que esperaba del matrimonio. Y menos de este.
La abuela le había enseñado que el matrimonio era un medio, no un fin. Una esposa con las condiciones para ser digna anfitriona de Ashcombe Hall, Un vientre noble, adecuado, dócil si se le entrenaba bien. Y él lo había aceptado. Siempre aceptaba.
Pero ahora…
Ahora ella caminaba por la casa como un fantasma nuevo que despertaba los viejos. Y él no sabía si quería poseerla… o protegerla del peso de todo eso.
Golpeó suavemente el marco del espejo con los nudillos y se apartó.
Le quedaban seis días.
Seis días para enseñarle los placeres del cuerpo, para abrirle el mundo que desconocía, para grabar en su piel una necesidad que hiciera que lo buscara. Que lo eligiera.
Porque si lo hacía por deber, si lo hacía solo porque él se lo exigía, no funcionaría. El cuerpo no responde a la presión, sino al deseo. Ya lo había aprendido cuando la tomó la mañana siguiente de la boda.
Y ella aún no lo deseaba. No del todo.
Suspiró hondo y caminó hasta el ventanal. La noche seguía intacta, estrellada y en algún lugar de la casa, tal vez ella aún no dormía.
Tal vez pensaba en él.
Tal vez empezaba a imaginarse lo que vendría.
Cerró los ojos y apoyó la frente contra el vidrio.
- No quiero herirte, Isabella. - murmuró en voz apenas audible - Pero no tengo opción.
Aferrado a esa verdad, a ese límite que no le pertenecía, Rowan Ashcombe decidió lo que haría al día siguiente: la llevaría a la biblioteca. Le mostraría el ala de los retratos, las cartas antiguas, las reliquias que contaban la historia del linaje. No como una amenaza. No como una trampa.
Sino como una verdad inevitable.
Porque si ella comprendía lo que significaba ser su esposa, si lo deseaba a él como parte de ese destino, entonces no habría lucha.
Solo fuego.
Y quizás… solo quizás… una oportunidad de redimirse.