Agua Tibia
El sol se filtraba por las altas ventanas de la habitación como una caricia dorada, suave pero insistente. Isabella se despertó tarde, con el cuerpo aún tibio bajo las sábanas y una extraña languidez en las piernas. Tardó unos segundos en recordar por qué su pecho se sentía apretado, su respiración agitada, incluso sin moverse.
La noche anterior.
Rowan.
Sus besos en la piel, el peso de su mirada, su voz baja pronunciando su nombre como si supiera algo que ella no comprendía aún.
La criada, Martha, golpeó suavemente la puerta poco después con un vestido ligero entre los brazos y una toalla doblada.
- ¿Desea que prepare el baño, señora? - preguntó con una sonrisa.
Isabella asintió en silencio.
Minutos después, la gran tina de porcelana estaba llena de agua tibia, perfumada con aceites de lavanda y hojas de menta fresca. Martha la ayudó a desvestirse con el mismo cuidado que una madre tendría con una niña enferma, aunque sus ojos eran discretos, casi sabios. No preguntó nada. No juzgó. Solo salió de la habitación una vez que Isabella se acomodó en el agua.
La soledad la envolvió de inmediato.
El vapor ascendía en nubes blancas, dibujando formas en el aire. Isabella se recostó contra el borde, con el cabello suelto flotando parcialmente sobre el agua. Su cuerpo dolía apenas: un dolor sordo en el tobillo, una tensión sutil en los hombros, y algo más, más profundo, más íntimo.
Recordó las manos de Rowan en su pierna. Su boca sobre su piel.
Y bajó lentamente las suyas por su pecho, primero sin intención. Luego… sin querer evitarlo.
Sus dedos rozaron la clavícula, luego la curva del cuello, la línea entre los senos. No era la primera vez que se bañaba sola, claro. Pero esta vez sus manos no eran neutrales. Había conciencia. Curiosidad.
Se cubrió los pechos, los sostuvo, sintiendo la piel más sensible de lo habitual, los pezones tensos, casi dolorosamente duros por el recuerdo. Soltó una exhalación breve y cerró los ojos. El agua tibia parecía deslizarse con mayor ligereza sobre su vientre, sobre sus muslos. Se dejó caer un poco más dentro de la tina.
No era deseo lo que la dominaba, se dijo. Era desconcierto. Una necesidad de entender. De tocar donde Rowan la había tocado. De probar si su cuerpo podía hablarle también cuando él no estaba.
Sus manos bajaron por su vientre, una de ellas se posó justo donde la carne era más blanda, más caliente, más desconocida. Su respiración se detuvo. Solo un segundo. Y luego exhaló, temblorosa, cuando un simple roce le produjo un estremecimiento que no supo cómo nombrar.
No avanzó más.
No se atrevió.
El corazón le latía fuerte y una mezcla de vergüenza, asombro y extraña dulzura se apoderó de ella. Se abrazó a sí misma dentro del agua, sin llorar, pero con los ojos húmedos. No por tristeza. No por culpa. Sino por algo más vasto. Algo que apenas comenzaba a comprender.
- ¿Qué me estás haciendo, Rowan? - susurró, sin voz.
La puerta permaneció cerrada. Nadie respondió.
Pero dentro de sí, algo había despertado.
No lo nombraría aún. No sabría cómo. Pero ahora, al menos, sabía dónde vivía: en su piel, en su centro, en su sangre cada vez que lo veía.
Y eso la asustaba más que cualquier otra cosa.
La Semilla del Mañana
La mañana era fresca, limpia tras la tormenta que había barrido la noche. El cielo, despejado, se abría sobre los jardines como un lienzo azul salpicado de nubes blancas. Isabella descendió por las escaleras principales con paso lento, el tobillo aún resentido por la caída del día anterior. Llevaba un vestido sencillo, color perla, y el cabello recogido a la ligera, con unos mechones rebeldes acariciando su cuello.
Al verla, Rowan se separó de la ventana del vestíbulo y avanzó hacia ella con esa forma suya de moverse, precisa y serena.
- ¿Cómo amaneció tu pie? - preguntó, ofreciéndole el brazo.
- Apenas un poco inflamado. - respondió ella con una sonrisa breve, aceptando su apoyo - No fue grave, gracias a ti.
El joven bajó la mirada hacia su tobillo y luego alzó la vista lentamente, como si leyera en sus facciones algo más allá del dolor físico.
- Me alegra que no haya sido peor. - murmuró, conduciéndola hacia la terraza lateral.
Allí, un sendero de grava blanca se extendía entre macizos de flores y arbustos recién lavados por la lluvia. El aire olía a tierra húmeda y a sol sobre los pétalos. Rowan no la llevó hacia la fuente ni a los jardines frontales, sino a una zona más apartada del terreno, donde los árboles formaban un pasillo natural. La brisa hacía danzar las hojas con un murmullo suave.
- Este lugar… - dijo de pronto - Solía venir aquí cuando era niño. Siempre escapaba del preceptor y de los modales que mi abuela se empeñaba en inculcarme. Yo no era como mi hermano mayor. Ni tan serio ni tan obediente.
Isabella volteó a mirarlo con un atisbo de sorpresa. Él raras veces hablaba de sí mismo.
- ¿Tenía un hermano mayor?
- Lo tuve. Alexander. Murió cuando tenía dieciséis años. Un accidente de caza. Después de eso, el título pasó a mí. Y con él, las obligaciones, los silencios… y las máscaras.
Isabella no dijo nada. Solo apretó un poco más su mano sobre su brazo. Era la primera vez que él le ofrecía un trozo de su pasado sin que ella lo pidiera. Y dolía.
- Lamento mucho su pérdida. - murmuró.
- Yo también. Era el hijo perfecto. Y cuando desapareció, todos esperaban que yo lo reemplazara sin vacilar. Supongo que desde entonces empecé a fingir.
- ¿Fingir qué?
Rowan se detuvo a la sombra de un roble y giró el rostro hacia ella. Su expresión era suave, casi triste.
- Fingir que era fuerte, que no necesitaba afecto. Que el deber podía reemplazar el amor.
Isabella bajó la mirada, sin saber cómo responder. Ese Rowan, más humano, más frágil, despertaba algo distinto en su interior. No ternura solamente. Era una conexión, un hilo invisible que vibraba entre ambos.
- ¿Y ahora? - se atrevió a preguntar - ¿Sigue fingiendo?
Rowan la miró largo rato. Luego alzó una mano y le apartó con delicadeza un mechón de cabello de la mejilla.
- Menos de lo que quisiera. - confesó - Porque tu... tu me desarmas, Isabella. No esperaba encontrar en ti tanta dulzura. Ni tanta fuerza.
La joven sintió cómo se le aceleraba el corazón. Era como si la luz del bosque se hiciera más cálida, más íntima.
Rowan bajó la vista lentamente hacia su vientre, cubierto por la tela liviana del vestido. Sus dedos, sin pedir permiso, descendieron hasta rozarlo con la yema. Un gesto apenas perceptible, pero que quemó como fuego.
- A veces, - dijo en voz baja - me sorprendo imaginándote aquí, en este mismo sendero… caminando más despacio, con el vientre lleno. Llevando a nuestro hijo.
El rubor trepó por las mejillas de Isabella con una intensidad que la dejó sin habla. Su cuerpo se tensó, pero no por rechazo. Era otra cosa. Una mezcla de pudor, ilusión y algo primitivo que se despertaba en su interior.
Rowan no la soltó. Sus dedos se abrieron un poco más, cubriendo la curvatura aún inexistente con un gesto reverente.
- Serías hermosa, Isabella. - susurró - Radiante. Hecha para ser madre.
La joven alzó los ojos, confusa, vulnerable.
- ¿Por qué me dices eso?
- Porque lo creo. Porque no puedo evitarlo. Desde el día que lo conversamos. No puedo dejar de pensar en ello. - respondió y entonces se inclinó.
No fue un beso en los labios, ni siquiera en la mejilla. Fue en su vientre. Lento. Cálido. Íntimo. Sus labios rozaron la tela, apenas, pero el contacto fue tan lleno de intención, de promesa, que Isabella sintió que se le escapaba el aire.
- Rowan…
- Lo deseo. - murmuró él, alzando el rostro - No sólo porque el deber lo impone, sino porque quiero que algo de mí viva en ti. Quiero verte reír mientras acaricias tu vientre. Quiero sentir tu cuerpo transformarse bajo mis manos, saber que me pertenece… en cada sentido.
Isabella estaba paralizada. Y, sin embargo, por dentro, algo se abría como una flor bajo el sol. La idea de un hijo, de un lazo más profundo, ya no le parecía aterradora. Si él la miraba así, si la tocaba así…
- No sé si estoy lista. - confesó en un hilo de voz.
Rowan asintió con suavidad.
- No lo necesita estar. Yo puedo esperar. Puedo enseñarle a desearlo. Paso a paso. Día tras día.
Y entonces, con una ternura que contrastaba con su voz grave, le tomó la mano y la colocó sobre su propio vientre, sobre donde la había besado.
- Imagina que ya está allí. – susurró - Que algo crece dentro de ti, algo nuestro. Una vida que aún no tiene nombre, pero que empieza a formarse con cada caricia, cada mirada.
Los ojos de Isabella se llenaron de lágrimas. No por tristeza. Era esperanza. Una semilla de ilusión que crecía como una promesa.
- Quiero creerte, Rowan - dijo con voz quebrada.
- Entonces hazlo. - replicó él, besando su mano - Porque yo no pienso dejar de intentarlo. Quiero que lleves a mi hijo. Quiero ver tu cuerpo llevar a mi hijo.
Caminaron de regreso más despacio. Sin más palabras. Pero las manos seguían unidas y el aire a su alrededor parecía distinto. Como si el bosque hubiera escuchado cada promesa no dicha, cada deseo aún por cumplirse.
La semilla estaba plantada. Y su corazón, por primera vez, no temía florecer.