Roos
De repente sentí que algo me asfixiaba. Abrí los ojos asustada y miré a mi alrededor… estaba en una cama y en una habitación que no era la mía, eso era obvio. Tenía a mi lado… bueno, a mi lado no, lo tenía encima de mí: Alex. De repente recordé todo lo que había pasado y, de solo pensarlo, quise hacerme pequeñita. Habíamos hecho el amor, o tenido sexo, ¿qué más daba? El término no cambiaba el resultado de cómo me sentía, y más cuando recordé que le había pedido que me hiciera el amor. j***r… j***r… no me lo creía ni yo, pero así había sido. Nos habíamos tomado unas copas, pero los dos estábamos muy conscientes de lo que hicimos.
Intenté salir de sus brazos y de sus piernas; no quería que se despertara. Lo que quería era salir de allí y pensar cómo habíamos sido capaces de llegar a esto, cómo era posible haberme enrollado con la persona menos indicada de este mundo, con la persona a la que más animadversión le había tenido. Sí, porque no era tonta: era consciente de que había estado toda mi vida atolondrada por él, pero había aprendido a vivir con eso, porque siempre supe que yo nunca había sido lo que él había buscado o necesitado… Por eso, alguna que otra vez, había tenido algún ligue, nunca nada serio; con el tiempo aprendí a estar sola, porque me cansé de tener sexo solo por hacerlo, donde las emociones no aparecían por ningún lado.
En cambio, aquella noche las tenía todas a flor de piel. Hacer el amor con Alex me hizo sentir mujer, me hizo darme cuenta de que no todo estaba perdido para mí, de que no era esa mujer fría que solo dejaba que usaran su cuerpo, porque todo lo demás había sido fingido: cada caricia, cada roce, cada quejido siempre había sido fingido. Por eso siempre quise saber qué se sentía… hasta ahora.
Muy despacio me deshice de sus brazos y levanté su pierna con cuidado. Me incorporé lentamente, recogí mi ropa y salí de la habitación, de ese apartamento que tantos recuerdos me traía y de los brazos de ese chico que siempre me había hecho sentir en el cielo y en el infierno a la vez. En la calle, paré un taxi y me fui a casa. Aún no era tarde, pero para mí la fiesta había terminado. Era momento de pensar. No es que me diera cuenta en ese momento de que siempre había sido Alex; eso siempre lo he sabido. Lo que no sabía era que hacer el amor con él me dejaría catapultada, porque, mirando atrás, entendía por qué siempre había sido diferente, por qué siempre lo había buscado en cada chico, en cada caricia recibida. Para ello era imprescindible retroceder en el tiempo: no podemos decirles a nuestros recuerdos que paren, siempre llegan ante cualquier situación…
Hubo un fin de semana en que nuestros padres se fueron. Recuerdo que lo llamaron un fin de semana de adultos. Cuando mis padres llevaron a Vandor y a mí al apartamento de los padres de Alex —el mismo de donde acababa de salir—, yo no quería quedarme; quería irme con ellos, pero nos dijeron que no podíamos, así que nos quedamos al cuidado de Drika, quien también estaba pendiente de Alex y Amina.
—Que sepas que estoy aquí en contra de mi voluntad y no pienso visitar tu habitación, eres el niño más odioso de la faz de la tierra. —dije con altivez cuando nos quedamos solos.
—Que sepas que también pienso igual y, por si no te has dado cuenta, ya no soy un niño; tengo catorce años y odiosa y pesada es otra. —respondió él con el mismo tono.
—¡Te odio!
—Yo también, y no te atrevas a tocar mis cosas. —amenazó.
El apartamento solo tenía dos habitaciones aparte de la de sus padres; Drika, Amina y yo nos quedamos en una, Alex y Vandor en la de él. Era más de medianoche y hacía mucho calor. La cama no era muy grande para tres personas y Amina se movía muchísimo, así que me levanté a por agua, pero me quedé en el sofá del salón. Cuando estaba a punto de dormirme, llegó Alex.
—¿Qué haces aquí? ¿Por qué no te vas a la cama?
—Estoy pensando en alguna magia para hacerme invisible ante ti. —respondí con los ojos aún cerrados.
—Esa sería una buena idea, pero tú no necesitas esos trucos; cada vez que apareces ya eres magia.
—Pensaba que eras la niña pesada.
—¿Puedo quedarme aquí también? Tu hermano se ha cogido la cama completa para él. —contestó obviando mi último comentario.
—Que sea en ese sillón, el sofá es mío.
—De acuerdo, pero… ¿puedo preguntarte por qué de un tiempo para acá me odias tanto?
—Desde que leí tu cuaderno y decía de mí todas esas lindezas.
—Pero lo que escribí en el cuaderno era lo que te decía a diario, no sé por qué te enfadaste.
—¡Déjame en paz! ¡Eres un imbécil!
Y así fue siempre que nos veíamos: no nos soportábamos, pero siempre interesados en saber uno del otro, o al menos yo de él. Siempre quise saber qué hacía, con qué chica de turno estaba, quién se convertía en mi enemiga. Aprendí a verlo sin verlo, a tocarlo sin tocarlo, a soñar que me decía que todo lo que leí era mentira… hasta aquella noche.
Reconocí que jamás pensé que hacer el amor con Alex me dejaría así: sin defensas, sin argumentos, sin una respuesta válida para todas estas emociones que tenía dentro. Jamás esperé nada de él para seguir adelante, porque ya tenía todas mis ideas preconcebidas, pero lo que pasó aquella noche superó todos mis reconocimientos.
Llegué a casa, me quité los zapatos en la entrada para no despertar a mis padres; siempre lo hacía porque tenían el sueño muy ligero. Me dirigí a mi habitación intentando no chocar con nada, hasta que lo logré. Saqué mi teléfono del bolso y lo apagué; solo quería dormir. Entré al baño, me aseé y me quité el poco maquillaje que me quedaba. Me quedé mirándome en el espejo y no reconocí a la chica que me observaba: tenía los labios hinchados y una mirada distinta, pero sabía que solo había sido un pequeño tiempo de locura, una tregua entre dos personas que siempre habían estado cerca y lejos a la vez. Esa chica sabía que no podía hacerse ilusiones, que…
—¡Hey! —dijo Vandor abriendo la puerta del baño y dándome un tremendo susto.
—¡j***r, Vandor! ¿Es que no sabes llamar? —pregunté, cabreada.
—Si lo hago, despierto a nuestros progenitores, así que no te quejes.
—Vale —respondí concienzuda—. ¿Qué quieres? ¿Qué haces levantado a estas horas, hermanito?
—No tengo sueño, estaba con el ordenador y te sentí llegar. ¿Qué tal la fiesta de la niña pija? —preguntó recostado en el marco de la puerta del baño.
—Ya sabes cómo son, siempre quiere impresionar —contesté vagamente, saliendo del baño y encontrándome con mi hermano detrás.
—Me imagino.
—Me voy a dormir —informé, cambiando de tema, no quería que me siguiera interrogando—. Tú deberías hacer lo mismo.
—Ya, pero es que no tengo sueño —repitió dejándose caer en mi cama como un saco de patatas.
—¡Vandor! ¡Quiero dormir!
—Y yo hablar, así que te jorobas. Es lo que haces tú cuando me necesitas y esta noche soy yo quien necesita a su hermana.
—De acuerdo —asentí, acostándome a su lado. Muchas veces dormimos juntos y esta noche será una de esas; solo espero no quedarme dormida en medio de una de nuestras charlas.
—A ver, hermanita, cuéntame más. Esta noche te veo diferente.
—Es que no soy tu hermana, soy una impostora —aclaré burlona.
—Me refiero a que tienes otra mirada… no sé…
—No me pasa nada, Vandor, sigo siendo la misma: tu hermana.
—Vale, voy a hacer como que te creo. Yo creo que me estoy pillando por un chico de la universidad —soltó de sopetón.
—Eso es bueno, Vandor. ¿Voy a tener cuñado? —pensé en lo complicado que es su historia: mi hermano es gay, pero nuestros padres no lo sabían, o eso creíamos. En casa solo lo sabía yo, su confidente, su amiga, quien lo escuchaba cada vez que lo atrapaba la impotencia de querer ser un chico “normal”. Es difícil aparentar ser quien no eres, aunque estemos en este siglo y las cosas hayan cambiado.
—No vayas tan rápido, salamandra, solo hablamos. Él, al igual que yo, sigue escondiéndose de su familia y del resto de la humanidad que siempre está ahí, con un ojo acusatorio para decirte que no tienes derecho a respirar su mismo aire.
—Tú siempre has estado por encima de todo eso, Vandor. Olvídate de todo y vive; sé feliz como eres. No dejes que nadie te robe tus sueños ni tus ganas por no entrar dentro de los parámetros que te exige una sociedad injusta y, a veces, cruel. Yo te amo tal como eres y estoy muy orgullosa de que seas mi hermano.
—¡Muchas gracias, hermanita! ¿Me puedo quedar?
—Claro que sí. Además, no sé para qué preguntas; como quieras, te vas a quedar —respondí con sátira, mientras tiré de las mantas.
—Me conoces muy bien. Al final solo he hablado yo y no me has contado qué te ha pasado con Alex esta noche.
—¿Quién te ha dicho que ha sido Alex? —pregunté confundida.
—Hermanita, solo Alex logra cambiar esa cara. Siempre lo ha hecho: sin palabras, tan solo bastaba una mirada para que tú…
—¡Cállate! Si no, no voy a confeccionar tu traje de novio el día de tu boda.
—Ese día no sé si llegue, pero estoy seguro de que lo harás, porque soy tu hermano, el único que tienes, y si pasa, lo llevaré muy orgulloso de la persona que lo ha hecho. Sé que llegarás muy lejos, tan lejos que ni tus propias alas te alcanzarán.
—Eso se llama confiar y querer a una hermana; lo demás son puras tonterías.
—Te has ido por la tangente de nuevo —me recriminó.
—Vandor, entre Alex y yo nunca podrá haber nada. El pasado nos marcó; yo solo fui una niña que lo veía como algo más que un amigo, pero eso solo pasaba en mi cabeza. Aunque hoy seamos adultos y las cosas hayan cambiado, siempre seré para él esa niña que se metió en su vida a la fuerza y que siempre le hacía la vida imposible.
—No tiene por qué ser así. Eres guapa, alegre y la tía más leal de esta tierra, y, por si fuera poco, eres mi hermana.
—¡Vaya carta de presentación! —dije resignada.
—No sé qué mierda pasa entre vosotros, pero fíjate que ninguno tiene parejas estables, que, aunque estén lejos, siempre están pendientes el uno del otro. Y no me mires así, sabes que es verdad: ninguno pasa página y eso tiene que ser por algo.
—Yo no he sido una santa, y tú lo sabes, al igual que Alex, que se ha enrollado con la mayoría de las chicas que llevan faldas.
—Pero tú lo has dicho: solo han sido rollos. Es como si los dos esperasen que pasara un milagro que los uniera. Pero tú más que nadie sabes que eso no pasará, que las oportunidades hay que ir tras ellas, que…
—Vandor, entre Alex y yo las cosas no funcionan así —expresé resignada.
—Hermanita, así funcionan las cosas entre dos enamorados, da igual del sexo que sean.
—¿Lo dices por ti? Porque según lo que me acabas de contar, no lo estás aplicando —ataqué mirándolo.
—Hay una diferencia: apenas nos estamos conociendo, mientras que tú…
—Mientras que yo nunca lo he conocido. Es la verdad, Vandor; nunca nos hemos conocido lo suficiente. Siempre que hemos estado juntos ha sido para sacar lo negativo de cada uno… a excepción de esta noche.
—¿Qué pasó esta noche?
—Hemos estado juntos, Vandor, y ha sido mejor de lo que imaginé. Pero no me hago ilusiones, porque Alex es como es y sé que solo fue una tregua.
—Hermanita, algún día aprenderás la diferencia entre un abrazo y encadenar el alma. La tuya hace rato que está encadenada.