(5)

2422 Words
Alexander Llegué a la fiesta y no fui capaz de ver nada, porque en cuanto puse un pie en la casa, Meg me acaparó y no me dejó dar un paso sin ella pegada a mi lado. Intenté obviar su voz pija y centrarme en lo demás, pero fue imposible; no dejaba de hablar. Quizás, si no hablara tanto, podría hacer otras cosas, pero el problema era que esa voz no me provocaba nada bueno; al contrario, cada palabra de ella parecía intensificar mis sensaciones negativas. Miré a todos lados buscando a alguien… bueno, sí, ¿para qué engañarme? la buscaba a ella, solo para asegurarme de que estaba bien y de que ningún pervertido se le acercaba. Lo mismo que haría con mi hermana Amina. —Alex, ven, bailemos —dijo ella. Acepté ir hasta la improvisada pista de baile, esperando que allí se dedicara a moverse y dejara de hablar. Pero no entendía cómo las mujeres podían hacer tantas cosas a la vez, porque al ritmo de “Felices los cuatro” de Maluma, Meg hablaba, se meneaba encima de mí sin prestar atención al baile y me tocaba por todos lados. ¡Parecía una piraña, j***r! La dejé hacer y seguí tomando de mi copa, mirando a todos lados y empezando a aburrirme. No sabía qué me pasaba: era un chico de veintiocho años que se aburría en una fiesta donde debería estar pasándolo bien como todos los demás. Mi cuerpo y mi mente me pedían estar en otro lado, pero no sabía dónde… hasta que la vi. Estaba en medio de la pista, bailando con Brandon. La verdad es que no me sorprendió; siempre me había dicho que le gustaba y que iría a por ella. El problema era que no era solo ella: Brandon tenía un largo historial con mujeres. Me quedé observándola bailar y, más que un simple baile, sus movimientos tenían un aire sexy y sugerente, al menos para mí. No era como el de Meg, que me resultaba obsceno. Volví la mirada hacia Brandon y Roos. Aquella noche ella se veía más atractiva que nunca, quizá por la ropa que llevaba o porque hasta entonces no me había detenido a mirarla de verdad. Vestía una falda de cuero, una camiseta ajustada por dentro y unas botas que le llegaban casi a la rodilla. Roos era hermosa, y verla así me sacudió de inmediato. —¡Ahhh! Te la acabo de poner dura —ronroneó una borracha Meg. La miré sorprendido. «A ver, Alex, explícale que no ha sido ella», me dije burlón, porque sabía que jamás lo haría. —¿Quiere que subamos a mi habitación? —preguntó Meg, envalentonada. Cuando iba a contestarle que quizás más tarde, vi cómo Roos intentaba deshacerse de los brazos y la boca de Brandon, quien no hacía caso y seguía intentando besarla. Sin pensarlo, corrí y le pegué un derechazo, separando a Roos de él. —¿Estás bien? —pregunté mirándola, después de mostrarle a Brandon que ella estaba diciendo que no. —Sí, sí, no ha sido nada, solo que Brandon está un poco borracho —dijo. —No, yo lo que creo que es hombre, querida, y tú una ofrecida —intervino Meg, riendo. —Perdona, Meg, pero creo que esa es otra. Me parece que fue un error venir a tu fiesta. Buenas noches —suspiró Roos dirigiéndose a la salida. Por unos segundos no supe cómo reaccionar: si seguirla o quedarme recibiendo los favores de Meg. —Roos, espera, te llevo a casa —dije, tomando la opción que me parecía de caballero. Salí detrás de ella sin hacer caso a Brandon, que intentaba levantarse para pelear. —Alex, no te vayas, por favor. Si quieres, le digo a mi chofer que la acerque —pidió Meg, corriendo detrás de mí. —Lo siento, Meg, si la dejo ir sola, su madre no me lo perdonará —me justifiqué, y además era verdad. Sin remordimientos, salí de la casa. En la acera la vi parar un taxi, corrí hasta allí. —La señorita se ha equivocado, lo siento —dije al taxista mientras le daba el importe de la carrera. —Ven, yo te llevo —le invité, tomándola del brazo. —No, tú regresas a la fiesta, prefiero irme en taxi. —No lo voy a hacer, Roos, y lo sabes. Si dejo que te vayas sola y tu madre se entera, se lo dirá a la mía… ya te imaginarás lo que se arma —dije, usando una excusa tétrica pero cierta. —Si lo haces por eso, no te preocupes, no diré nada. —Lo hago también por mí, quiero asegurarme de que estás bien. —No sé… —contestó insegura. —Mira, si quieres no te llevo todavía y nos tomamos algo en otro sitio, así hablamos, ¿te parece? —No, no me parece. Creo que tú y yo no tenemos nada que hablar. —Roos… —Mira, Alex, hemos estado juntos toda la vida porque así lo impusieron nuestros padres, pero a la vez tan lejanos. No recuerdo un día en que no haya pensado en ti, pero siempre has sido la persona más lejos de mí. —No ha sido así, Roos, yo siempre… —Siempre me has mantenido alejada. Recuerda, soy la niña más pesada del planeta, esa que te daba asco. —Lo siento, siento que hayas leído eso aquella vez, pero recuerda que éramos solo unos críos. —Pero sigues pensando igual, Alex. Siempre me he mantenido al margen y así quiero seguir. Hasta ahora lo hemos llevado bien. —Roos, yo siempre he estado, solo que tú nunca me has necesitado. —Y esta noche, ¿pensaste que te necesitaba? Yo sola podía defenderme de Brandon; no era necesario que le pegaras, es tu amigo —me recordó enfadada. —Brandon solo es un idiota que no entiende cuando una mujer dice “no”, y eso le traerá futuras complicaciones. Las mujeres tienen muchas formas de decir “no” y solo una de decir “sí”. Nunca vi que lo dijeras —respondo cabreado. —Solo estaba borracho —intentó justificarlo. —¿Nos tomamos esa copa? O un café, podemos ir donde tú quieras —sugerí, cambiando de tema; no tenía sentido explicarle las locuras de Brandon. —De acuerdo —asintió, sorprendiéndome. Caminó delante de mí hasta donde tenía aparcado el todoterreno. —¿A dónde vamos? —pregunté antes de arrancar. —No sé, me da igual. Solo quiero alejarme de esa dichosa fiestecita —respondió, con tono jocoso. Arranqué el coche y llegamos hasta un bar que estaba a reventar; parecía que todo el mundo había decidido salir a divertirse. —¿Qué quieres tomar? —le pregunté antes de ir hasta la barra. —Lo mismo que tú —gritó, para que su voz se escuchara por encima del barullo. Nos tomamos la primera copa sin hablar de nada; era imposible concentrarse en un lugar así. Luego pedí la segunda, y de repente me sentí muy desinhibido, gracias al alcohol. —¿Bailamos? —la invité, tomando su mano. —Vale —asintió, encaminándonos a la pista de baile que estaba abarrotada, y al ritmo de “Despacito” de Luis Fonsi y Daddy Yankee nos olvidamos de todo, incluso del primer roce que teníamos después de tanto tiempo. Llegó un momento —unos segundos, minutos o quizá horas—, la realidad es que no sabía del tiempo, de ese tiempo que huye del pasado, pero quiere aferrarse a un presente incierto. Solo sé que nos quedamos mirándonos. No existía la música, no había personas alrededor, no había luces fluorescentes, no existía nada, solo dos miradas, dos pares de ojos, dos bocas que se acercaban y se fundían en un beso… Al principio era un beso flojo, sin urgencia, sin prisa, pero ese beso y nuestras miradas nos hicieron llegar más lejos, convirtiéndolo en un beso suyo, en un beso mío, en un beso de verdad, un beso que me hizo temblar, un beso que tiró abajo los cimientos que llevaba tanto tiempo construyendo, un beso que resquebrajó todo, que nubló mis sentidos, un beso devuelto con la misma pasión. No supe cuánto tiempo nos besamos. El tiempo había huido del pasado, nos mirábamos sin decirnos nada… o sí, quizás nos dijimos remordimientos antiguos y palabras inexpresables. Seguimos mirándonos… nos abrazamos, dándonos ese abrazo que siempre había estado presente entre nosotros, pero que nunca nos habíamos dado, un abrazo que pedía más que unos brazos, que sentí que cuando dejara de apretar me dejaría vacío, desamparado y con frío… y solo se me ocurrió hacer una invitación, lo demás debía correr por cuenta de ella. —Vámonos de aquí. —pedí mirándola, y ella asintió tomando mi mano. Salimos del local y por un momento dudé a dónde ir, pero no podía haber otro lugar mejor para estar juntos, unidos; hablaríamos después. Habíamos bebido, pero éramos conscientes de lo que hacíamos. —¿A dónde vamos? —preguntó ella con voz bajita. —A casa. —contesté, porque era cierto: el apartamento de la plantage era mi casa, el lugar donde quería estar con ella, siempre que ella quisiera. No dijo nada, solo asintió, y yo me permití conducir más relajado. Sabía que teníamos que hablar, que no podíamos cambiar el pasado, pero sí vivir el presente, y Roos me hacía pensar en lo tonto y ciego que había sido todos esos años. Cuando llegamos al apartamento, la noté tímida. Antes había estado allí con mi familia, porque algún fin de semana habíamos venido todos y mi madre los había invitado, pero de eso había pasado mucho tiempo; la finca siempre había sido más cómoda para recibir visitas. —Tenía siglos que no venía aquí. —Lo sé, yo suelo quedarme algún fin de semana o cuando estoy muy cansado. —¿Esta noche te piensas quedar? —preguntó dubitativa. —Sí, he bebido y creo que es lo mejor. —Alex, ¿por qué o para qué me has traído aquí? —preguntó, cambiando el gesto de su rostro. —No lo sé, Roos. —contesté sincero—. Lo único que sé es que quiero estar contigo. —¿Así, de repente? Perdona, es que se me hace raro que… —Roos, no intento justificarme, pero de una u otra manera tú siempre has estado y ese beso… —Eso lo sé, Alex, pero ¿tú? ¿Has estado? —Sí, eso es lo único seguro que te puedo decir, siempre he estado pendiente de ti, siempre me he justificado diciendo y diciéndome que intento protegerte al igual que hago con mi hermana, pero me acabo de dar cuenta de que no, que… —hice una pausa, creo que estaba hablando de más. —¿Qué, Alex? Insistió ella. —Roos, quiero volver a besarte, quiero estar contigo, dime que es lo mismo que quieres tú. —Yo lo he tenido claro toda mi vida, Alex. —no terminó la frase, porque lo que dijo fue suficiente para que buscara su boca de nuevo, continuando aquel beso y aquel abrazo que habíamos comenzado en el bar. La besé con todas mis fuerzas y con todas mis ansias que hasta entonces desconocía que estaban contenidas, dándome cuenta de que si el amor es verdadero siempre mira atrás por segunda y tercera vez. ¿Para qué engañarme? Cada vez que miro atrás la veo a ella: en mi casa, en mi habitación, en mi vida… en cada palabra, cada enfado, cada gesto, cada altanería, cada beso que antes le parecía asqueroso a aquel niño, pero que el hombre de hoy necesitaba y quería saborear hasta quedarse sin aliento. —Roos… —Hazme el amor, Alex, haz que me dé cuenta de que ya no somos aquellos niños, que ahora solo somos un hombre y una mujer… Sus palabras eran exactamente lo que necesitaba escuchar para poder continuar y perderme en ella, perderme tan profundo como jamás lo había hecho con ninguna mujer. Sí, había habido otras, pero solo había sido sexo; con Roos era diferente, era sexo con amor. La tomé de la mano y nos dirigimos a la habitación, estaba en penumbras, pero no intenté encender la luz, no quería separarme de ella. Empecé a quitarle la parte de arriba, dejando entrever su hermoso cuerpo, y di pequeños besos sin retirarle la prenda. Era una locura… —Alex… —Sí, ¿qué quieres, Roos? Dime. —pregunté con una voz desconocida incluso para mí. —Quiero lo mismo que tú, pero no me trates con condescendencia. Soy una mujer, Alex. Ámame, enséñame a ser mujer, tócame sin miedo; olvida a aquella niña, de ella no queda nada en mí. Esas palabras fueron la compuerta que abrió al Alex hombre, al animal que ha había mí. La desnudé por completo, dejando ver la hermosa mujer que siempre había sabido que era. La llevé a la cama, la dejé de espaldas sin dejar de mirarla, y me desnudé. Empecé con caricias, besos, pequeños mordiscos aquí y allá, y ella tomó la iniciativa llevándome hasta donde nunca había estado. —Alex… —Ya va, Roos, estar contigo es como alcanzar el cielo… —dije. Después de unos segundos empecé a embestirla como lo que éramos: un hombre y una mujer que de repente se habían convertido en dos fieras en busca de un orgasmo que nos arrasaría. Nos besamos y acariciamos al compás de nuestras embestidas, seguros de querer que ambos alcanzáramos el clímax, conscientes de que después de aquello, nuestras vidas podrían cambiar. Por un rato seguimos así, entrando y saliendo, sintiendo cada sensación, respirando como si la vida dependiera de ello. —¡Humm…! Alex, estoy a punto… —Yo también, Roos, Los dos a la vez. —pedí mirándola a los ojos, y fue la sensación más intensa que había experimentado, nunca me había sentido tan compenetrado con una mujer. —¡j***r…! —salió de mi boca mientras caía sobre ella intentando no hacerle daño. Fue el mejor encuentro de mi vida, y con la mujer que siempre había deseado, quizás sin darme cuenta. Sin proponérnoslo, caímos desmadejados y nos dormimos. Al día siguiente hablaríamos de lo que acababa de suceder, del futuro, de lo que queríamos, de nuestra familia, de lo que fuera. Después, quizás, seguiríamos escribiendo nuestra historia; dependería de nosotros cómo serían los próximos renglones.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD