Roos
Había decidido ponerme guapa y asistir a la dichosa fiestecita, así que, después de acompañar a mi familia a cenar, había vuelto a mi habitación a arreglarme.
—¡Waoo! Esa se parece a mi niña —exclamó mi padre riendo, sentado en el sofá viendo la tele junto a mi madre. Mi hermano estaba en otro sillón, con el ordenador sobre las piernas. Vandor era cuatro años más joven que yo; el susodicho ni siquiera levantó la cabeza. Cuando estaba en el ordenador no se enteraba de que el mundo seguía girando.
—Soy yo, papá, tu niña… solo que con un poco de pintura.
—Estás preciosa, hija, y no lo digo por ser tu madre; cualquiera que no esté ciego puede ver en la hermosa mujer en que te has convertido.
—Gracias, mamá. Ahora me voy, el taxi me está esperando. Como me pediste hace un rato, no voy a coger el coche —le recordé su advertencia durante la cena.
—Es lo normal, hija. Así puedes tomarte una copa si quieres y nosotros nos quedamos más tranquilos, aunque también yo podía haberte llevado.
—No te molestes, papá, ahora me voy —me despedí dando un beso a cada uno de mis progenitores. Mi hermano levantó la cabeza y me miró.
—Cuídate, salamandra —gritó. Odiaba ese nombre; me traía recuerdos de otros tiempos, cuando éramos apenas unos niños y el único problema que teníamos era jugar, pelearnos por los juguetes y… adjudicarme los de Alex.
—¡Te odio! —dije burlona.
—No es cierto, me amas. Soy tu hermano; estás obligada a amarme —contestó, mientras mis padres asentían riendo.
Mientras iba en el taxi mi cabeza se llenaba recuerdos.
Una tarde-noche, nuestros padres tuvieron que salir y nos dejaron con Drika en la finca de los padres de Alex. Creo que fue una de esas veladas en que tenían que cenar con los empresarios interesados en la compra de tulipanes. Para entonces yo ya había leído el cuaderno de Alex, donde escribía aquellas cosas sobre mí. No quería estar con él ni ir a su habitación, así que bajé al sótano de la casa, donde había un montón de objetos y ropa en desuso.
No calculé cuánto tiempo pasé allí; solo recuerdo que me probé y modelé, para un público imaginario, toda clase de prendas, hasta que lo último que me puse fueron unos leggins de rayas amarillas demasiado grandes y una camiseta también rayada.
—¡Roos! Así que aquí es donde te escondes. No te imaginas el susto que nos has dado; te hemos buscado por toda la casa —dijo una asustada Drika.
—Lo siento —contesté con cara de pena. Solo quería alejarme de los chicos, pero no pensé que ella se preocuparía tanto.
—¡Mírala! Mientras estaba aquí disfrazándose de salamandra, nosotros estábamos vueltos locos buscándola —dijo Alex enfadado.
—¡Mi hermana es una salamandra… es una salamandra! —gritaba mi hermano, burlón.
—¡Cállate! Yo no soy ninguna salamandra.
—Eso lo dices porque no te has visto en un espejo. Tienes más rayas que una cebra.
—¿Ahora soy una cebra? —pregunté enfadada.
—No, sigues siendo una salamandra amarilla —replicó Alex, sin dejar de mirarme.
—¡Imbécil! —grité furiosa.
—¡Mi hermana es una cebra salamandra! —volvió a reír mi hermano, entre carcajadas.
—¡Ya! ¡Dejad a la chica en paz, vosotros fuera! —ordenó Drika, sentándose a mi lado.
—¿Qué te pasa, cariño? ¿Por qué has bajado aquí sola? —preguntó mientras se acomodaba junto a mí en el suelo.
—Porque no quiero estar con ellos. Son unos imbéciles: uno dice que soy muy pesada y el otro me tiene cansada. Ya no quiero ser su hermana… ni su amiga —dije con la seguridad de una niña de casi trece años. Alex tendría unos dieciséis y mi hermano unos nueve.
Desde aquel día mi hermano jamás dejó de llamarme salamandra. Fue un apodo impuesto por Alex, pero Vandor se encargó de recordármelo cada día. De una u otra forma, Alex siempre estuvo presente en mi vida: en cada recuerdo, en cada vivencia, en cada juego y en cada desencuentro. Creo que, de alguna manera, ha marcado mi historia.
Cuando llegué a la finca donde vivía Meg y donde era la dichosa fiesta, había un gran jaleo: chicas sirviendo copas con muy poca ropa en una barra improvisada, luces por todas partes y un ruido ensordecedor. Se notaba que todo había empezado hacía rato. La casa de Meg era señorial, con símbolos de riqueza en cada rincón. Todos estaban en el patio, bajo unas carpas que, imaginé, habían colocado para la ocasión.
—¡Viniste, Roos! ¡Qué bien! —me gritó un alegre Brandon, que vino a mi encuentro con una bebida en la mano—. ¿Quieres tomar algo? Ven, acompáñame.
Me tomó de la mano y lo seguí, aunque no dejaba de mirar a todos lados. Por el momento no veía ni a la anfitriona ni a cierta persona. Brandon me soltó y pidió una copa para mí. No pregunté qué era; simplemente la agarré y bebí un trago largo. Tenía calor, tenía sed y esa noche quería emborracharme.
—¿Bailamos? —preguntó, llevándome hacia una pista improvisada donde algunos se movían de cualquier manera al ritmo de Chantaje, de Maluma y Shakira.
—Bueno… —contesté, animándome más para no desentonar.
—¡Estás hermosa, Roos! —me halagó Brandon mientras sonaba la segunda canción.
—¡Gracias! —respondí sin mirarlo, con los ojos puestos en otra parte.
Allí estaba Alex, con Meg pegada a su cuerpo como una lapa. Decir que esa noche estaba guapo era quedarse corta. Ya de por sí Alex era un hombre muy atractivo, parecido a su padre: alto, de ojos azules que rozaban el gris, con un porte que quitaba la respiración. Vestía unos sencillos vaqueros y una camisa por dentro, pero no necesitaba nada más para dejar sin aliento a cualquiera. En ese momento Meg disfrutaba de ese porte, mientras yo, como siempre, lo miraba desde lejos.
Dejé de mirarlo y seguí bailando con Brandon. Tal vez ya era tiempo de pasar página y dejar de vivir en un pasado donde nunca había existido nada, salvo una férrea animadversión que nosotros mismos habíamos creado. Tenía que ordenar a mi mente para pensar en otras cosas… como en el chico con el que estaba bailando, que también tenía lo suyo. Brandon era guapo, no como Alex, pero con una belleza distinta. Y muchas veces, si uno logra concentrarse en lo que tiene delante, puede ocurrir un milagro. Yo esperaba que sí.
—Roos… tú… me gustas. Me gustas mucho y…
—Brandon, sigamos bailando. Esta noche vamos a divertirnos; seremos solo una chica y un chico que quieren pasarlo bien —propuse, mirándolo—. Pero vayamos despacio, dejemos que las cosas se den solas.
—De acuerdo, pero quiero que sepas que siempre he estado enamorado de ti… solo que Alex…
—Dejemos a Alex fuera de esto. Él es solo el hijo del jefe de mi madre —dije, volviendo la mirada hacia donde Alex seguía bailando con Meg.
—Me alegra que lo tengas claro, Roos —respondió Brandon, dejando de bailar para mirarme detenidamente—. Lo que pasa es que creo que él no piensa igual, pero… —suspiró haciendo una pausa—. A partir de esta noche, y por la manera en que se acopló a Meg, creo que lo ha entendido. —dijo mientras miraba en la misma dirección que yo.
—Brandon… —recordé, un poco cabreada—. Entre Alex y yo nunca ha habido nada y no estamos aquí para hablar de él. He venido porque tú me invitaste, y si eso no te dice nada…
—Me dice mucho… disculpa si he sido un pesado, pero es que cada vez que intento algo, Alex… —volvió al tema de nuevo, y yo empecé a cansarme de la conversación.
—Alex, nada, Brandon. Alex… por lo que veo, tiene pareja —subrayé con tono beligerante, mirando a la pareja que, según podía observar, Meg no bailaba; más bien parecía estar haciendo una actuación s****l sobre Alex.
—¿Eso quiere decir que tú y yo tenemos una posibilidad? —preguntó, girando mi cara hacia él, porque hasta ese momento yo solo había estado observando el bailecillo que Meg se marcaba sobre Alex.
—Eso tiene el significado que nosotros queramos darle, Brandon. Yo estoy soltera, tú también; dejemos que las cosas sucedan, como ya te dije.
—Esa es una muy buena respuesta, Roos.
Seguimos bailando, tomando nuestras copas. En alguna ocasión Brandon dejaba caer un beso casto en mi mejilla o en la comisura de mis labios, mientras yo intentaba corresponder con la misma efusividad. Pero mis ojos traicioneros no dejaban de mirar a la parejita, que parecía a punto de montar una escena s****l en el patio frente a todos los presentes.
De repente pensé que no debía quedarme atrás, que luego no se dijera que era una chica frígida y aburrida. Quizás al día siguiente lo lamentaría, pero por esa noche quería dejar de ser la Roos que siempre pensaba en todo: en lo correcto o incorrecto, en los sentimientos de los demás… porque, ¿quién pensaba en ella?
Empecé a centrarme en Brandon, a bailar casi como Meg, a mirarlo, a buscar cosas que me gustaran de él y, cómo no, a compararlos mentalmente con Alex. De repente me vino a la cabeza que, si Alex y Brandon fueran dos coches, el primero sería un Lexus y el segundo un tétrico Peugeot. Este pensamiento me hizo explotar en risas, y Brandon dejó de bailar para mirarme como si me hubiera vuelto loca.
—¿Qué te está causando tanta risa? —preguntó, un poco mosqueado.
—Perdona… es que cuando tomo alcohol me da por reír —contesté, intentando ponerme seria. Él se relajó, abrazándome y tratando de meter la lengua hasta mi campanilla.
—Despacio, Brandon. Te dije que podríamos ir despacio —dije, intentando separarlo.
—No sé cuánto más despacio, Roos. Además, es solo un jodido beso. Quiero besarte, saborear tu boca, perderme en ti… Solo estoy siguiendo las señales que me has estado dando desde hace rato.
—Brandon… espera… —pedí buscando aire, porque sentía que me asfixiaba. Sus brazos me tenían acorralada, su boca intentando entrar en la mía. No sabía en qué momento todo se me escapó de las manos. Empecé a empujarlo, y lo siguiente que sentí fue un fuerte golpe: Brandon cayó espatarrado al piso, con un gran golpe en la mandíbula, proporcionado por…
—¡Ella te está diciendo que no, eres un imbécil! —gritó Alex, enojado.