Alexander
Salí de la universidad y me dirigí a casa. Las plantaciones de tulipanes estaban en la ciudad de Haarlem, donde vivíamos desde antes de que yo naciera. Nuestra casa era inmensa, pero lo que siempre la había hecho grande era el amor que la llenaba. Mi madre, la señora Ivana Ivanov, se había encargado de sembrar lo más importante: cariño, respeto y confianza.
Somos una familia de cuatro: mis padres, mi hermana y yo. Sin embargo, nuestras vidas siempre han estado rodeadas de personas que se han convertido en mucho más que familia. Entre ellas está Drika, quien me cuidó desde que nací, permitiendo que mi madre pudiera involucrarse más en la empresa junto a mi padre. Cuando llegó mi hermana, también se ocupó de ella. Hoy ya no necesita cuidar de nadie, pero sigue teniendo un lugar privilegiado en nuestro hogar.
Mis pensamientos volvieron a ella, a Roos, o mejor dicho, la pesada de Roos, como siempre la llamaba. Lo que fuera que existiera entre nosotros —cariño, odio o tirantez— parecía venir ya preconcebido. Nuestras familias siempre habían estado unidas, así que era lógico que ella y yo pasáramos tanto tiempo juntos.
Cuando yo estaba terminando mi carrera en la universidad, ella se matriculó en diseño. Por eso no coincidimos hasa que decidí hacer el máster. Recuerdo que siempre me decía que un día confeccionaría trajes hermosos.
—Cuando sea mayor voy a confeccionar trajes hermosos, ya verás, y las modelos más cotizadas van a vestirse conmigo —decía, entrando a casa con una muñeca y un montón de diminuta ropa entre las manos.
—Es mejor comprarlos, así no te complicas tanto —respondía yo, mirándola con confusión y un toque de pragmatismo.
—¡Eres tonto! Para que las personas las puedan comprar, tiene que haber alguien que las haga —me enfrentaba, muy segura de sí.
—Llevas razón, pero yo prefiero hacer otras cosas, como ayudar a mi padre en las plantaciones, recorrerlas todas con mi abuelo, mirar tanto colorido.
—¡Ya, listo! Pero es que mi padre no tiene plantaciones, trabaja dando información todo el día —contestaba con seguridad y un deje burlón.
Ese recuerdo me dibujó una sonrisa nostálgica. Con cuatro años de diferencia entre nosotros, yo había entrado antes a la universidad. Ahora, de regreso para cursar el máster, me la encontraba en todas partes.
Hace algunos años todo cambió. Ya no fue necesario que le dijera que no tocara mis cosas ni subiera a mi cuarto. No sé en qué momento ni por qué dejó de hacerlo. Creí que me sentiría aliviado de no tener que andar detrás de ella vigilando que no tirara nada, pero no fue así. La extrañaba. Extrañaba verla dando vueltas por mi habitación y toqueteando mis cosas como si fueran suyas, como si tuviera todo el derecho de hacerlo.
Un fin de semana todos vinieron a comer. Yo me quedé esperando a que subiera a mi cuarto, pero no lo hizo. Me sorprendió que dedicara más tiempo a mi hermana pequeña que a mí. Ni siquiera me miró durante la comida. Y, cuando terminamos, nos sorprendió a todos pidiendo permiso a su madre para salir a jugar afuera. Yo me fui a mi habitación a esperarla, convencido de que volvería en cualquier momento, pero no regresó. Esperó a sus padres en el jardín y se marchó sin despedirse. Yo me quedé triste, enojado, preguntándome por qué pasaba de mí. No le había hecho nada, bueno… nada diferente a lo de siempre.
De pronto sonó mi teléfono. Decidí contestar por el manos libres: siempre atiendo las llamadas de mi madre; si no, se preocupa.
—Madre…
—Hijo, ¿puedes recoger a Amina en el colegio? Estoy en la finca y no sé si llegaré a tiempo. Además, Drika hoy no se siente bien.
—Lo haré, madre —respondí, desviándome hacia la carretera que llevaba al colegio de mi hermana.
Amina es la persona que más quiero después de mis padres. Siempre he sido su protector: esa es la ventaja de tener un hermano mayor. Ella tiene dieciséis años, y yo acabo de cumplir veintiocho. Doce años de diferencia nos separan. Es una chica guapa, muy parecida a mi madre. Sin malicia, criada en el campo al igual que yo, con los mismos valores.
—¡Hey, mi chica! ¡Venga, sube! Hoy soy tu chófer —le digo cuando se acerca al todoterreno, el coche que uso tanto para trabajar como para todo. Si quiero impresionar, cosa que no es muy habitual en mí, cojo el Bentley de mi padre.
—No te preocupes, en cuanto cumpla la mayoría de edad me saco el carnet y ya no tendrás que ser mi chófer, hermanito —respondió, subiendo al coche y dándome un beso en la mejilla.
Sé que soy de pocos besos, pero a ella le da igual. Siempre anda besándome, como mi abuela; seguramente lo heredó de ella. Me quedo viéndola unos segundos: mi hermana es preciosa. Todos dicen que es el vivo retrato de mi madre, y no tengo nada que objetar.
—¿Qué tal el día? —pregunto, mirándola de reojo.
—Bien, normal. ¿Por qué no ha venido mamá o Drika? —pregunto mientras se abrochaba el cinturón.
—No lo sé. Mamá me dijo que recogiera a “la niña”. Creo que Drika no se siente bien hoy.
—Pobrecita, debe estar peor de la artritis —suspiró.
—Puede ser. Vamos a casa, que luego tengo que volver. Quizás esta noche me quede en el apartamento de la ciudad.
—¿Te vas de juerga, hermanito? Llévame —pidió, sacando el móvil de la mochila para encenderlo.
—No es juerga, es solo una fiesta con compañeros de la Uní. Además, tú no tienes edad, y espero que nunca la tengas —respondo en voz baja, mirándola. Aunque se parece mucho a mi madre, de mi padre heredó la altura: con dieciséis años ya me sobrepasa.
—¡Ay, Alex, no te pongas como papá, por favor! Eres mi hermano, y los hermanos tenemos…
—Que cuidarnos —completo—. Eso es lo que hago: cuidarte. Me lo prometí desde que supimos que venías de camino.
—¡Aguafiestas! —me encaró, mientras subía el volumen de la radio.
Como siempre que vamos en coche, cantamos juntos hasta la publicidad. Hoy lo hacemos al ritmo de Anne-Marie y su pegadiza Ciao Adiós. Así se nos va el camino, entre risas y música.
Cuando llegamos, mamá sale a recibirnos. Quienes ya la conocen saben que es una mujer hermosa. Los años no parecen pasar por ella, aunque tiene diez menos que mi padre. Su historia fue contada hace mucho tiempo: vino desde Samara, una ciudad al suroeste de Rusia. Trabajó en el barrio rojo y allí conoció a mi padre. Desde el momento en que la vio, no se separaron jamás. Eso es amor, lo demás son tonterías.
—¿A que nuestra madre es la mujer más guapa del mundo? —pregunté a mi hermana, con la mirada fija en donde ella nos esperaba.
—Sí que lo es, por algo es nuestra —contestó Amina riendo.
—¡Hijos! —saludó mi madre acercándose a darnos un beso—. ¿Qué tal estuvo el día? ¿A ti cómo te fue en el máster, hijo? ¿Y a ti, hija, cómo te fue en el colegio? —Así era ella: siempre quería saberlo todo. Ya la conocíamos y preferíamos responder, porque solo así nos dejaba tranquilos.
—Todo bien, madre. ¿Cómo sigue Drika? —pregunté, de veras interesado. Esa mujer era muy querida por mi hermana y por mí.
—Ya está mejor. Lo sé porque está en la cocina guisando vuestra comida favorita desde que le dije que ya veníais de camino.
—Pues yo voy a verla, y que me dé algo antes de cenar, porque tengo mucha hambre —dijo Amina, dirigiéndose a la cocina y dejándome a solas con mamá.
—Ahora cuéntame, ¿qué te pasa? —infirió mirándome con esa intuición que siempre tienen las madres.
—No te entiendo, madre, no me pasa nada.
—Sí que te pasa, cariño. Te conozco, recuerda que te traje a este mundo.
—Eso nunca se me olvida. Eres mi madre, la única que tengo, y estoy muy orgulloso de ser tu hijo.
—¿Entonces…?
—Entonces, pasa que tienes razón. Me conoces. ¿Sabes que la universidad donde hago el máster es la misma donde estudia diseño Roos? —pregunté a bocajarro, antes de arrepentirme.
—Sí, lo sé. Tu niña pesada, la hija de nuestros amigos… y una chica guapísima —dijo mi madre riendo.
—Hoy la he visto en la universidad. Bueno, siempre la veo de lejos, pero hoy me ha saludado. Me llamó señor Brouwer.
—Ese es tu padre, cariño —respondió mamá, con una sonrisa burlona.
—Eso mismo le he dicho.
—La verdad es que nunca os he entendido. De pequeños os llevabais bien, pero cuando crecisteis parecía que no os soportabais.
—Mamá, de pequeña era insoportable.
—Pero ya no lo es, hijo. Y por lo que sé, es una chica responsable, aplicada… y, por si fuera poco, guapísima.
—Debe de serlo —asiento, recordando lo guapa que estaba —. Bueno, me voy a duchar. ¿Y mi padre? —pregunto, echándolo en falta.
—Está en las plantaciones, pero no debe tardar. Anda, ve, que te esperamos para cenar.
—Después de cenar me iré otra vez. Esta noche quizá me quede en el apartamento de la ciudad. Una chica de la universidad da una fiesta en su casa, y si tomo algo prefiero quedarme allí.
—De acuerdo, hijo. Gracias por avisar. Ahora voy a ayudar a Drika con la cena.
—Te veo luego, madre —digo mientras subo las escaleras.
Esa es mi madre: una mujer sencilla, hermosa, que pudo haberse quedado en casa esperando que mi padre le diera todo, pero no fue así. Trabajaron codo con codo hasta llevar a Brouwer Holanda a la posición que ocupa hoy, y a mi padre a convertirse en uno de los empresarios más serios y respetados de los Países Bajos.
Al entrar en mi habitación, me quedé observándolo todo. Ya no era el cuarto de un niño, sino la habitación de un hombre. Mi madre se había encargado de remodelarla con el tiempo, pero algunas cosas permanecían, recordándome aquella etapa en la que una niña —Roos— no se cansaba de invadir mi espacio, aunque fuera para molestarme.
Muchas veces pensé en irme a vivir solo, pero no he dado el paso porque estas plantaciones son mi vida. Sin ellas, sin esta casa y sin mi familia, me sentiría perdido. Eso no significa que no me permita desconectar de vez en cuando en la ciudad. Mis padres hacen lo mismo: cuando necesitan un respiro, se escapan allí o viajan a Moscú, donde viven mi tía Malenka y mi tío Edik. Mis abuelos —los padres de mi madre— también viven en la ciudad. Mi abuelo viene casi todos los días a echar una mano en las plantaciones, aunque ya lo hace por gusto, porque hace tiempo que le prohibieron trabajar.
Mi abuela también nos visita con frecuencia y sigue tratándonos a mi hermana y a mí como si fuéramos niños pequeños. Para ella siempre lo seremos. Nos llena de besos sin medida. Pero con quien más afinidad tengo es con mi abuelo; siempre ha sido así.
Dejé de pensar y fui a la ducha. Aquella noche tenía ganas de salir y pasarlo bien. Era sábado, y con el descanso del fin de semana podía olvidarme del máster y del trabajo, y ser lo que en verdad era: un chico joven con ganas de divertirse. Tal vez unas cuantas copas me ayudarían a dejar de escuchar la voz pija de Meg y a verla, simplemente, como una chica guapa.