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2244 Words
Roos —Roos, esta noche vienes a casa; voy a dar una fiesta. Vamos a estar todo el grupo de la Uní, incluyendo a Brandon. Ya sabes que siempre ha estado enamorado de ti —invitó Meg, mi compañera de la Uní. Las dos estábamos en la etapa final de Diseño, por lo que compartíamos muchas asignaturas. —No sé si voy a poder… —contesté dudando—. Brandon ya me ha invitado, pero… no sé. —También viene Alex —agregó, interrumpiéndome, como si supiera que con esa información me haría cambiar de idea. Alex era un pesado; aquella época de andar todo el rato detrás de él ya había pasado a la historia. Ya no era la niña que vivía pendiente de lo que hacía y no hacía, de pegar un salto de alegría cuando mis padres visitaban su casa, de robarle el pintalabios a mi madre para pintarme cuando sabía que él y sus padres vendrían. Eran intentos fallidos, porque nunca le había caído bien, por más empeño que pusiera; no sé por qué, siempre había sido una pesada para él. Y si a eso le añadíamos que me encantaba apoderarme del juguete que más le gustaba, que me metía en su cuarto y no quería salir, que me hacía con sus cuadernos donde escribía sus historias… hasta que aprendí a leer. —Te he dicho que también viene Alex y te has quedado muda —repitió Meg, sacándome de mis cavilaciones. —Me da igual que Alex vaya o no; yo no controlo su vida, ni él la mía, así que no entiendo tu aclaración —contesté, enfadada. —Me alegro de que Alex no te importe, Roos, porque a mí me gusta. Nunca lo he ocultado y aprovecharé cualquier oportunidad para estar con él —dijo Meg, mirándome fijo. Me quedé observando su cara. No era una persona agresiva, pero por primera vez sentí ganas de partirle la mandíbula a alguien. Meg y yo no éramos amigas; solo coincidíamos en clase. Ella llevaba más tiempo en la Uní porque había repetido algunas asignaturas. Era de esas chicas que, si podían, se acostaban con toda la generación masculina. Cuando la escuchaba hablar, me daban ganas de matarla, pero reflexioné: no entendía mi actitud. Alex no era mío; nunca lo había sido. Era libre de acostarse y estar con quien quisiera. Yo solo era la niña pesada, hija de los mejores amigos de sus padres, que vivía todo el rato molestando y haciendo imposible su existencia. —Puedes hacer con Alex lo que quieras; al fin y al cabo, tú no eres la única de la lista —me dijo, confiada. —Quizá no, pero puedo llegar a serlo. Lo quiero para mí y… también te quiero fuera de esa lista —recalcó, mirándome fijamente. —Todo tuyo, yo nunca he estado en esa lista —respondí—, pero me pregunto: ¿será él el único para ti? —No lo sé. Creo que primero tendré que probar el producto —contestó con pantomima—. Entonces, ¿irás a mi fiesta? Habrá de todo, como siempre. —No estoy segura; si decido ir, te aviso —me despedí, caminando hacia mi pequeño Fiat, mientras ella se dirigía a su Porsche Cayenne, comprado por “papito”. Para tener mi coche había tenido que trabajar sirviendo copas en un bar, cosa de la que no me arrepentía: las cosas que más disfrutas son las que obtienes con tu trabajo, eso me lo habían enseñado mis padres. Ya no éramos esos niños; el tiempo se había encargado de cambiarnos. Ahora Alexander era un apuesto rubio de ojos azules, tan alto como su padre y con la piel curtida por el sol de las plantaciones de tulipanes. Era un hombre que nunca me había visto como la mujer en la que me había convertido, y que nunca lo haría mientras existieran chicas como Meg y unas cuantas más que suspiraban por él y que gozaban de una posición social y económica privilegiada. No es que yo fuera una muerta de hambre: en mi casa siempre hubo dinero para comer y vivir holgadamente, pero mi padre era un simple trabajador de la estación central y mi madre una secretaria que había trabajado toda la vida con el padre de Alex, salvo unos años en que dejó el puesto para cuidar de mi hermano y de mí. Las dos familias siempre se habían llevado bien; de hecho, mi madre y el padre de Alex, Hibrand, habían sido como hermanos y luego con Ivana, la madre de Alex. Por ese motivo, Vandor —mi hermano— y yo habíamos crecido prácticamente con Alex y su hermana Amina. Nunca me planteé entender mis sentimientos por Alex. Solo sabía que, cuando él llegaba, aunque todo fuera gris, de repente salía el sol y todo brillaba. Jamás habíamos tenido nada, salvo esos besos mojados que le daba en la mejilla cuando era una cría y conseguía mi propósito; besos que dejaron de existir cuando leí en su cuaderno que le daban asco. Una tarde fui a su casa, pero él había salido con su padre a revisar las plantaciones, así que aproveché y subí a su habitación. Mi madre e Ivana estaban entretenidas con Amina, que era muy pequeña, y toda la atención era para ella. Después de toquetear todos sus juguetes sin tenerlo delante —para enfadarlo—, me aburrí; ya no sabía qué hacer. La emoción estaba en coger sus cosas y que él viniera detrás de mí para recuperarlas, así que dejé todo en su sitio y agarré su famoso cuaderno, ese que solo me prestaba por unos segundos… La página que abrí era de una semana antes… —Hoy ha venido esa niña pesada a casa otra vez. Parece que no tiene vida propia; solo quiere estar metida en mi casa tocando mis cosas. Ella no entiende que no me gusta. No quiero que entre a mi habitación, no quiero que toque mis cosas y, más aún, no quiero que me dé esos besos mojados asquerosos en la mejilla; me dan asco. Pero no se lo digo porque empieza a llorar y… no me gusta verla llorar. Solo me gusta verla reír, porque cuando lo hace es como un día con mucho sol. —leí en voz baja, sintiendo que algo se me encogía por dentro. —Ma, ya estoy en casa —informé al entrar al salón del que siempre había sido mi hogar. Era un apartamento en el distrito de De Pijp, un barrio relevante de Ámsterdam; no en vano allí se encontraba la antigua destilería de la cerveza Heineken, pero seguía siendo, ante todo, un barrio. El apartamento lo había heredado mi madre desde antes de que murieran mis abuelos; nunca habíamos pensado vivir en otro sitio porque era cómodo para cuatro y, además, todo el dinero que mis padres habían ido ahorrando lo habían guardado para la universidad de Vandor y mía. También existía el valor sentimental que tenía para mi madre: allí había nacido y vivido toda su vida. —Me alegro, hija. Yo he llegado hace poco; ¿qué tal la Uní? —preguntó Liz. Mi madre se llamaba Licelot, pero todo el mundo la llamaba Liz; era una mujer de unos cincuenta años y seguía siendo hermosa. —Bien. Esta noche quizás salga a una fiesta en casa de Meg; no estoy segura. ¿Ha llegado papá? —pregunté. Mi padre rondaba los cincuenta, al igual que el padre de Alex, pero eran personas sanas, que siempre se habían cuidado y no habían tenido vicios. Decir esto sonaba extraño viviendo en Ámsterdam, la ciudad del desenfreno, pero no todos los que vivimos aquí nos dedicábamos a la prostitución o a las drogas; también era una ciudad cultural donde existe el mayor centro financiero del país. —No; su turno termina en media hora; debe estar por llegar. Tu hermano se acaba de ir. Si sales, ten cuidado con esas fiestas, cariño —pidió mi madre acercándose para darme un beso y arrastrarme al sofá. —Ya, mamá; sabes que siempre me cuido, aunque tú nunca dejas de repetir lo mismo. —Es que soy madre, cariño; algún día lo entenderás. —¿Qué tal en la oficina? No sé hasta cuándo piensas estar allí, mamá; ¿por qué no pides la jubilación adelantada? Siempre estás trabajando —pregunté, cambiando de tema. —Si lo hiciera me moriría. Ya una vez estuve varios años sin trabajar, cuando tú y tu hermano me necesitaban, pero hace tiempo que dejaron de hacerlo. Por eso volví; ya sabes que a Hibrand e Ivana no los considero jefes, son amigos y allí me siento como en casa. —Lo sé, mamá; yo solo quiero verte bien. —Lo estoy, cariño. Trabajar es donde mejor me siento. Además, ya sabes que trabajar con Hibrand e Ivana para mí no es un trabajo. Ahora cuéntame: ¿qué tal tu día? —Todo normal. ¿Sabes que Alex ha vuelto a la Uní? Creo que está haciendo un máster o algo así. —Lo sé, hija. Ese chico ha salido a su padre; se está preparando para asumir su responsabilidad algún día. —También es un imbécil, mamá —dije segura. —Vuestra relación siempre ha sido así: se quieren y se odian. La verdad es que nunca los he entendido. —Mamá, Alex y yo nunca hemos tenido ninguna relación; yo solo era la niña pesada que lo incomodaba cuando tomaba sus juguetes y sus cosas —aclaré, sentándome a su lado. Ella aprovechó para poner su brazo en mi espalda y acercarme más. —Se quieren, hija; siempre han estado juntos y se han preocupado el uno por el otro. —Estás equivocada. Alex siempre ha sentido una animadversión hacia mí; yo solo era la niña pesada que iba detrás de él —contradije con seguridad. —¿Él también irá a la fiesta? —preguntó mi madre, dando un pequeño giro a la conversación. —No lo sé; creo que sí. Esas fiestas nunca se las pierde. Además, Meg está enamorada de él —respondí, un poco dolida. —Y tú también, hija; recuerda que en el amor y en la guerra todo vale. —Mamá, yo no estoy enamorada de Alex; eso fue una locura de una niña tonta y pesada. Ya no soy esa. Hace mucho que dejé de andar detrás suyo como una sombra, mirándolo como a un dios. Ahora soy una mujer, con sueños, con ganas de labrarme un futuro, con ganas de enamorarme y… —Y dejar de pensar en Alex, hija; te conozco y eso será misión imposible —interrumpió, medio riendo. —No si lo intento, madre. Si pongo de mi parte y empiezo a ver a otros chicos, creo que lo consigo. Empiezo esta noche: la fiesta de Meg estará llena de buenos partidos y yo estoy soltera. No me mires así —dije al ver la mala cara de mi madre—. Te prometo que solo me divertiré, nada serio; primero tengo que terminar los dos meses que me quedan de carrera. Después de eso me comeré el mundo y, si es posible, lograré mi sueño: trabajar con los mejores diseñadores italianos. —No te lo comas, hija; deja que el mundo te encuentre. Tú solo bébetelo a sorbos. —Eso haré, mamá. Nunca te decepcionaré; no soy perfecta y sé que cometeré errores, pero te prometo aprender de ellos. —¡Vaya! Las dos mujeres más importantes de mi vida están teniendo una charla adulta —dijo mi padre detrás de nosotras. No lo habíamos escuchado entrar; mi padre era así: nunca hacía ruidos ni hablaba en voz alta; siempre lo hacía con calma, una técnica que había aprendido en años de trabajo en la estación central, donde trataba cada día con personas de distintas nacionalidades y diferentes niveles de enfado. —Es que, por si no te has dado cuenta, tu hija ya es adulta, Jelle —respondió mi madre mirándolo desde el sofá. —Para mí siempre serás mi niña. No importa la edad, lo que hagas o adónde vayas: tu padre siempre estará esperando para sentarte en sus piernas, escucharte, limpiarte la cara, abrazarte y esperar ese beso que me roba el aliento. —¿Qué tal si te lo robo ahora, pa? —pregunté, acercándome con los ojos vidriosos. —Estoy esperando, hija —respondió, abriendo los brazos y dejándome entrar en el segundo lugar más seguro de la tierra: los brazos de mi padre. Levanté la cabeza, me miré en sus ojos azules —que eran los míos— y le di ese beso que él decía le robaba el aliento. —Te amo, pa —dije con seguridad. —Ese “te amo” se queda corto para decirte lo que siento, mi vida. Todo se resume en que tú y tu hermano sois mi vida, mi fuente de inspiración. Ahora eres una mujer, menos niña, menos ingenua, pero estoy seguro de que eres más fuerte, y tu fortaleza siempre será mi paz. —Ahora, ¿quién está teniendo la charla adulta? —preguntó mi madre, acercándose con los ojos aguados. —Solo estoy teniendo una charla con mi hija: que serás toda una mujer y lo que el mundo quiera, pero para mí sigues siendo mi niña —respondió mi padre.
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