SAHARA
Ese Adrián es todo un cabrón, se nota que ha conquistado a cuanta mujer le place. Sus insinuaciones y coqueteos hacía mí son muy explícitos. Las chicas que trabajan con la ceremonia han comenzado a murmurar a mis espaldas. Unas se burlan y otras sienten envidia.
Necesito refrescarme un poco. También descansar un poco, ¿por qué no? Si he estado trabajando bastante.
Primero voy al baño para echarme agua en el rostro antes de ir a la sala de descanso a reposar un rato.
Al entrar a la sala de descanso apago las luces para que nadie me moleste. Escucho ruidos antes de recargarme en el sillón reclinable. Me levanto a prisa y corro hacia el armario. No es bueno espiar, pero tengo que hacerlo para no ser pillada perdiendo el tiempo cuando hay muchas cosas por hacer.
Aurora y Adrián entran a la sala de descanso. Ella entiende la luz y cierra la puerta con seguro.
—¿De qué diablos hablan las chicas de la oficina?
—¿A qué te refieres, prima?
—Dicen que le andas coqueteando a la gorda de Sahara.
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—¿Cuál es tu problema?
—¿Entonces es cierto?
—Lo es.
—¿Por qué? ¿Estás loco? Te dije que no lo hicieras.
—Ella me gusta. No necesito el permiso de nadie para salir con la mujer que me guste.
—¿Es un juego? ¿Una de tus perversiones?
—No es juego, te he dicho que ya me cansé de la vida de juegos. Quiero tener algo serio con alguien, y Sahara me parece una mujer seria.
—Afuera hay muchas chicas de nuestra clase que son hermosas y serias.
—Pero todas son frívolas y materialistas, no quiero a alguien así en mi vida.
—Si tía se entera, yo no voy a hacer nada por ti. Esa tipa no me agrada, y menos para ti, que eres como mi hermano.
Aurora sale muy molesta de la sala de descanso. Adrián suspira profundamente, se frota el rostro y sale también.
Yo también salgo. Me siento confundida y sorprendida. Adrián no me mintió, y ahora que sé que no es un juego no tengo idea de qué voy a hacer. ¿Estará bien aceptar su invitación? Lo que tengo con Santiago no es nada serio, él se va a casar y no estaría mal cambiar sus juegos por algo real.
La puerta se abre nuevamente, provocándome un sobre salto.
—¿Qué significa esto? ¿Crees que la sala de descanso es una sala de citas? Sabes bien que las relaciones entre los empleados están prohibidas.
—¿De qué hablas? Están muy prohibidas, pero no dices nada cuando tú y yo entramos al armario a jugar.
—Es distinto porque yo soy el jefe.
—Vine a descansar un rato, no me siento muy bien.
—¿Y Adrián te hace sentir mejor?
—Ah, ya veo. Te estás confundiendo. Yo no estaba con Adrián.
—Lo Vi salir de aquí, por eso entré y te encuentro metida a ti también. ¿Qué quieres que piense?
—¿Cuál es tu problema? Nuestras vidas privadas no nos conciernen, ¿ya se te olvidó?
—Me concierne cuando se llevan a cabo dentro de mi empresa. Hagas sus cosas fuera de la editorial.
—La cita de esta tarde, prefiero que se haga en un hotel. Ya no quiero ir a tu departamento.
—Estoy de acuerdo, te envío un texto con la dirección y la información.
Salgo de la sala llena de furia. ¿Qué rayos le pasa? No puede estar celoso, ¿o sí? Nah, eso es imposible.
***
Busco un taxi que me lleve al hotel "Midnight". Subo a la habitación número trece. La puerta está entreabierta.
Santiago está en ropa interior, con su collar puesto, recostado sobre la cama.
—¡Vaya flojonazo, levántate, estúpido! Me urge un masaje —me acomodo en el sillón y me saco los tacones.
Santiago se levanta de la cama y se arrodillada frente a mí.
Pongo mis pies sobre sus piernas y saco de mi bolso el aceite aromático que compré en una farmacia.
Toma el frasco y vierte un poco en sus manos. Comienza a frotar mis pies con delicadeza. Sus manos son suaves. Su masaje me produce calma, toda la ira se va poco a poco. Cierro los ojos y me dejo llevar.
Sube lentamente hacia mis piernas, haciendo masajes en círculos con las yemas de sus dedos. Frota su rostro en mis muslos. Me toma de manera brusca e inesperada por las caderas y me desliza hacia abajo. Introduce su rostro en mi zona íntima y comienza a jugar con su lengua entre mis piernas.
Siento su lengua húmeda introduciéndose entre mis bragas. Me sostengo con fuerza de los extremos del sillón individual. Yo no le solicité este tipo de masajes, pero no le quiero pedir que pare, se siente muy bien. No me arrepiento de haber traído falda a la cita.
Sube su mano izquierda hacia mi pecho. Lo aprieta con suavidad. Ya no me puedo resistir, en esta cita se va a consumar nuestra extraña relación.
Lo aparto con brusquedad.
—¿No te gustó, ama?
—Ve a la cama y recuéstate sin ropa interior —se pone de pie y hace lo que le pido.
Camino hacia la cama y me desnudo poco a poco.
—No mires, maldito pervertido.
Me trepo encima de él y le pongo en el rostro mi blusa negra para evitar que mire mi cuerpo desnudo. Lentamente me subo a su hombría dura y palpitante. No puedo evitar gemir de placer, hace tanto tiempo que no siento una polla dentro de mí.
Me muevo despacio. Él me toma de las caderas, buscando moverse en sintonía conmigo. Los movimientos se intensifican y la blusa se le resbala del rostro. Nos miramos a los ojos y eso me produce vergüenza. Ahora me puede mirar desnuda, esbozando gestos de placer.
Lo golpeo en el rostro con mucha fuerza, eso parece excitarlo más.
En un momento inesperado, los papeles cambian. Se levanta bruscamente y se posa encima de mí. Abro los ojos como platos cuando siento sus labios húmedos sobre los míos. Me besa con pasión y a la vez con ternura. Mi papel como Dom se ha perdido entre sus carnosos y sensuales labios. Le permito que haga de las suyas, le permito que me haga suya como mejor le plazca.
Besa mi cuello mientras yo muerdo su hombro. El dolor que le produce mi mordida le hace sentir tanto placer que termina con un grito desesperado.
Permito que descanse sobre mi pecho mientras le acaricio el cabello.
—Buen chico —le digo entre suaves palmadas sobre su espalda.