8No recordaba el número exacto de cuadros de Cézanne donde se contemplaba la montaña. Alguna vez lo leyó. ¿Setenta ? ¿Sesenta veces ? Tampoco tenía certeza de si el pintor alguna vez ascendió por ella o si se conformó c*n reinventarla desde el asombro de sus ojos. A medida que fue avanzando en su carro la vio asomarse como un gigante de piel calcárea y descartó que el cuerpo sedentario y maltrecho de un pintor fuese apto para esas tareas. Tampoco pensaba que un editor c*n un catálogo invisible de seiscientos autores nacidos de la pasión de Rafael por el desdoblamiento y las máscaras, pudiese hacer un papel mucho más brillante. Aparcó su carro. Vio que el paseo era bastante popular. Encontró decenas de autos estacionados en la base de la montaña. Consultó el mapa. Palpó su bolsillo. Lleva

