7Permaneció en la iglesia una hora. Era un hombre sin fe, pero le gustaban las iglesias. Ahora mismo lo encandilaba ese vitral de brillantes azules que se encontraba sobre el altar. Le pareció un trozo de cielo caído sobre la pared, un fragmento sagrado reducido a la solidez frágil de un vidrio ; un trozo humanizado, falible, materia que podía ser palpada. Pablo pensó que de lo sagrado le interesaba tan sólo el momento de la caída. Ese instante cuando lo que algunos llaman alma y otros llaman espíritu, se derrumbaba dentro de sí mismo y se hacía tangible, concreto ; se transformaba en algo que se podía oler, morder, como si fuese el pan tostado de las mañanas. Era eso mismo lo que le agradaba de Jesús. Su concreción y el momento de su dolor y lucidez cuando clavado en la cruz gritaba c*n

