Prólogo
—¡Vas a casarte con él, Emilia! —la orden de mi padre es clara.
—No puedes obligarme.
—Los dos sabemos que sí...
No creo que pueda olvidar jamás este momento. Mi padre puede ser el más intransigente de todos los padres pero mentiroso no es y si me obliga a casarme, sé que puede hacerlo y sé tambiénque no tengo escapatoria. Que me niegue es otra cosa. Mi naturaleza me obliga a batallar por lo que quiero, y lo que no quiero ni de lejos...es casarme con un desconocido. Y obligada...menos todavía.
—¿Por qué me haces esto? —suelto los cubiertos con más fuerza de la que me gustaría encima de la mesa. Tengo educación pero esto es demasiado.
—Son negocios —añade como si nada. Como si yo fuera parte de la letra pequeña de un contrato cualquiera —. Esta noche vendrán a concretar todo y...
—No voy a hacerlo, papá.
De un momento a otro me veo saliendo de detrás de mi mesa caminando por el muelle alejándome de él. No lo pienso, no quiero analizar nada... solo quiero irme, huir de la situación denigrante en la que me veo envuelta.
No puedo creer que me vayan a obligar a formar parte de un acuerdo. Me aferro a la baranda de madera del muelle y pienso mientras miro las olas que rompen en las rosas bajo el puente que me gustaría ser una de ellas y acabar con la piedra en la cabeza de mi padre. No soy un juguete, no quiero que ningún hombre me utilice y menos mi propio padre.
Aprieto las manos en la madera, sintiendo alguna astilla clavarse en mi piel y la sangre que se escurre entre mis dedos no es suficiente comparado con la que dibuja mi corazón herido. No tengo madre, ni hermano mayor...no tengo nada ni nadie que me cuide.
De repente siento un siseo detrás de mi y como si pudiera adivinar que algo malo se acerca me doy la vuelta para recibir el impacto de una bofetada en mi rostro que me proyecta en el aire por encima de la madera y solo siento después, el peso del agua impactando contra la piel de mi espalda.
Como si alguien hubiese apagado la luz en pleno mediodía todo se vuelve n***o detrás de mis iris cuando soy consciente de que he caído al agua y una ola me empuja contra la roca que finalmente se roba mi sentido.
(...)
El dolor de cabeza es casi liberador. Es el indicador de que estoy viva, creo. Al menos eso creo. Intento convencerme a mi misma.
No entiendo qué me pasa, no sé por qué no dejo de oír un nombre continuamente:Emilia.
Abro los ojos como si fuera la primera vez en mi vida y me descubro creyéndolo. Delante de mi tengo un hombre, un hombre mayor que se quita los espejuelos de los ojos y se acerca tanto que si no estuviera en una cama me habría echado hacia atrás.
—Bienvenida, mi niña —me besa la frente.
—¿Dónde estoy? —susurro mirando a los otros tres hombres que le acompañan.
—En el hospital. Llevas dos días inconsciente pero ya estás de vuelta.
—¿Quién eres tu?
—No bromees con esas cosas, Emilia —me regaña y yo echo un barrido a mi alrededor observando la expresión de extrañeza de los demás.
Así entiendo que Emilia soy yo. No sé más. No recuerdo a estas personas, no me veo con ninguno de ellos. No reconozco a nadie y si lo pienso, ni siquiera me reconozco a mi misma. Necesitaría un espejo para saber quien soy, ¿qué me ha pasado? ¿ Cómo he llegado a aquí?
—Quiero que venga la policía —intento alejarme del rostro del señor —. No sé quienes son ustedes. Quiero que venga la policía ahora —bramo y me lamento a la vez por el dolor tan fuerte que siento en mi cabeza.
—Llamaré al doctor.
Cuando él sale de la habitación noto las pesadas miradas de los otros dos en mi. Uno en particular me come con los ojos y tardo unos pocos segundos en decidir que estoy en peligro. Que esta gente no vaticina nada bueno y que estoy en riesgo.
Me quito las vías que tengo en una mano, me arranco la manguera del oxígeno y me sobra tiempo para saltar de mi cama
Los dos hombres intentan detenerme y cuando uno me atrapa hago puente en el pecho del otro hasta que los tres caemos al suelo y salgo corriendo en bata por todo el hospital derribando todo a mi paso.
Miro a mi izquierda en el fondo de un pasillo y finalmente veo la calle prácticamente a la altura de una ventana abierta y no lo pienso dos veces... me lanzo a correr lejos de todo esto, más cerca de mi futuro...aunque no lo tengo todo claro hasta que no sucede.
Al destino le gusta el esfuerzo.
Ese maldito casi me mata, me ha llevado a la guarida del lobo y ahora me obliga a casarme con él.
De repente mi mente se aclara...