Mirar toda la caravana procedente del reino sur, era todo un deleite visual. Desde sus cientos de caballeros montando finos caballos cubiertos con metales muy brillantes, hasta las bellas mujeres que bailaban desfilando al entrar. Había fieles sirvientes que cargaban los emblemas de la familia con mucho orgullo, cubriendo con su hermoso color verde y fabuloso diseño, remarcando un par de dragones dorados, cruzados entre ellos.
Los tambores no eran la excepción, tocaban al mejor ritmo para anunciar su llegada y que lo hacían en paz.
En el centro de la caballería, el carruaje del rey Agusto se desplazaba por aquellos campos verdes. Un carruaje difícil de olvidar pues estaba hecho en la parte superior de oro, las ruedas de un metal muy resistente pero no menos llamativo pues tenían un baño de plata. El carruaje era jalado por dos elefantes que deleitaban con su baritar. Eran tan grandes que podrían soportar a un gran número de soldados en su cuerpo.
Toda la caravana abarcaba incluso más de dos kilometros a lo largo al desfilar. Todos llegando al fabuloso reino del norte, donde Erendira y el padre Jacinto esperaban anciosos a Agusto.
Ellos no eran los únicos a las afueras del castillo esperando su llegada, toda la familia real encabezada por el rey Alfredo, la milicia local, miembros del consejo, el reino oriente cuyo príncipe estaba por desposar a la segunda hija de Alfredo y claro, muchos plebeyos que veían fascinados el espectáculo. Sin duda la grandeza del reino del sur estaba siendo mostrada.
Al ir llegando, los encargados de la recepción se encargaron de distribuir a los invitados del sur. Los soldados eran invitados a pasar y descansar sus caballos. Los caballeros fueron llevados al interior, tratados como invitados de élite al igual que algunos magistrados que aún quedaban en las filas de Agusto.
Pero al que realmente esperaban para verlo bajar, era al rey del sur. Algunos por la atención, otros por el respeto mientras que su gran mayoría lo hacía por el morbo de ver al Rey lisiado. El rumor de su desgracia se había esparcido rápidamente y ahora todos los sabían.
-Ese es el pueblo del que será tu nuevo reino. -Jacinto le susurraba a Eréndira al verla fascinada por el espectáculo. -En el carruaje, aguarda tu futuro esposo, pronto podrás conocerlo.
-¡Es impresionante! -Exclamó ella tratando de asimilar lo que ocurría. -Parece ser un reino muy grande, con muchas maravillas.
-Y aún no has visto lada mi lady. -Disfrutaba al presumir de su hogar. -Cuando lo veas con tus propios ojos, lo compararás con el paraíso mismo.
-Es algo que quiero ver. -Sus ojos brillaban mientras decía estás palabras. -Ha despertado una curiosidad enorme en mi.
-¿Qué te parece si nos acercamos más? -Propuso Jacinto al ver qué el carruaje de su rey estaba por llegar a la entrada principal. -Debemos estar ahí para recibir a tu prometido.
En esos momentos Eréndira sintió un poco de nervios. Las noches anteriores había tratado de imaginar ese evento futuro donde al fin lo conocería. Se preguntaba a si misma como debía reaccionar, si el rey sería apuesto, si le importaría su lesión en las piernas, su vida en el nuevo reino, si sería aceptada y muchas cosas más.
A pesar de todo eso y de las múltiples opciones que visualizó, nada se estaba asemejando y ninguna fue lo suficientemente buena para prepararla para ese momento.
El párroco le movió el brazo indicándole que tenían que ir hasta ahí. Ella cerró su puño para tomar valor y lo siguió con convicción.
Se desplazaron desde uno de los balcones que eligieron para tener una vista buena de la caravana. Bajaron algunos escalones y se hicieron paso entre las personas que estaban viéndolo todo.
Se desplazaron rápidamente pues sabían que el momento en que Agusto bajara estaba cerca y debían estar ahí. Se atoraron mucho entre las personas del parlamento que no los dejaban pasar y que aún desconocían el motivo real de la presencia del rey. No sabían que la sobrina de Alfredo se casaría con él y así lograr una unión con el sur.
Cuando Eréndira y Jacinto llegaron, observaron que su tío y rey del norte ya estaba ahí con su escolta personal y familia, todos ellos recibiendo el carruaje que ya se había detenido para hacer descender al rey.
Lograron llegar muy cerca pero no estaban lo suficiente para ser lo primero que Agusto viera, en su lugar estaba toda la realeza a punto de verlo.
Dos guardias, muy bien armados, se encargaron de correr hacía la puerta del carruaje y así abrirla. Pusieron un caballo muy delgado y preparado para recibirlo, esto por petición de Agusto quien no quería arrastrarse por no poder utilizar sus piernas. Quería dar la mejor impresión y lo estaba logrando.
Las puertas se abrieron, los guardias lo cargaron y lo montaron en el caballo que tenía unas telas muy cómodas.
Al verlo salir y ser cargado, fue inevitable para todos sentir un poco de lastima por su situación pero claro no lo demostraban.
-¡Querido rey Agusto, sea usted bienvenido a este reino! -Asi comenzó la bienvenida Alfredo. -¡Es un honor para nosotros recibirlo aquí, en cuanto esté listo yo mismo le daré un recorrido por el palacio!
Agusto solo lo miró, apesar de ser muy joven conocía la diplomacia pero estaba tan apenado al ser observado por todos que las palabras se le fueron. Alfredo se percató de esto y con mucha benevolencia intentó ser lo más rápido buscando alguna forma de romper ese momento incómodo. Le indicó a sus magistrados que abrieran paso para que pudieran comenzar a caminar.
Alfredo movió su cabeza buscando a su sobrina y al sacerdote Jacinto. Los ubicó entre las personas y se dirigió de nuevo al su homólogo.
-Nos complace informarle que su emisario, el sacerdote Jacinto sigue vivo. -Comenzó a reír un poco mientras extendió su mano hacía el párroco. -Me siento muy bien de entregárselo sano y salvo, muestra de nuestra amistad con usted.
Agusto miró en esa dirección para corroborar que su fiel amigo estaba ahí, con su característica sonrisa. A su costado, alguien que llamó más su atención, Eréndira quien también lo miraba pero cuando sus ojos se cruzaron ella bajó la mirada con una sonrisa.