MIRADAS QUE SE CRUZAN

1012 Words
Agusto accedió al pasillo principal del castillo con todo el comité de bienvenida. Adentro se sentía mucho más tranquilo aunque incómodo por las pocas personas que quedaban pero le miraban, principalmente su prometida. -Mi rey, es un gusto volver a verle. -Jacinto se acercó a Agusto para saludarle. -¿Qué tal estuvo el viaje? -Amigo mío, es un gusto para mi también. -Bajó sus manos para tomar las del sacerdote apretando las con mucho cariño. -El viaje estuvo bien, un poco largo pero placentero. -Es un gusto su majestad. -Jacinto trataba de tomar su papel y no hablarle como siempre lo hacía, no quería que se perdiera el respeto por su rey. -¿Y tú?, ¿Qué tal tu estadía aquí? -Agusto se interesaba en su amigo y no se preocupaba por ocultarlo. -Te ves más gordo que nunca, debe ser muy buena la comida por aquí para que rompieras tus votos de hambre. Ambos comenzaron a reír un poco contagiando así al rey Alfredo y sus acompañantes. -La comida no es lo único bueno aquí. -Contestó Jacinto aún entre risas. -Todos es excelente, se va enamorar del reino como yo. -Espero que esos cumplidos sean enserio padre y no solo porque nosotros estamos aquí. -El Rey Alfredo se sentía complacido al escucharlos y se atrevió a interrumpir con una sonrisa. -Desde luego que no señor. -Dijo soltando al fin a si rey y dando la vuelta para mirar a los ojos a Alfredo. -Si mi corazón no estuviera casado con el reino del sur, me quedaría aquí a vivir. -Eso sería muy bueno, nos halagaría tenerlo padre. -Alfredo quería ser el mejor anfitrión. -Digame rey Agusto, ¿Desea comer ahora o prefiere descansar? Claro que el paseo está abierto también. -Estoy bien su majestad, no necesito descansar. Me siento un poco hambriento pero creo que puedo esperar, conocer su reino sería un gran privilegio. -Entonces no se diga más, le mostraré un poco del interior del castillo y después iremos al gran comedor. -Alfredo comenzó a caminar pero se detuvo inmediatamente al recordar algo. -Pero que mal anfitrión soy, por favor antes de todo permítame presentarle a mi familia y por supuesto a mi sobrina. -Levantó su mirada para buscara Eréndira. -Sobrina por favor acércate. Erendira, muy apenada no pudo evadir la petición acercándose a su tío. -Rey Agusto, le presento a mis hijas; la princesa Rosalía y Marifer. Ella es mi esposa, la reina Cristal y esta joven dama de aquí, es mi sobrina Eréndira, hija de mi difunto hermano, el rey Tancredo. -Es un honor para mi conocerles. -Dijo Agusto agachando la cabeza en señal de respeto. -Por favor disculpen la osadía que comento al no bajarme del caballo para saludarles como se merece, creo que ya han escuchado hablar de mi problema. -Por supuesto mi rey. -La reina, esposa de Alfredo tomó la palabra. -Nos complace recibirlo en nuestro hogar y cualquier cosa que necesite, estamos para servirle. -Le agradezco mi reina. El padre Jacinto se acercó para hacer su papel de cupido. -La doncella Eréndira sobrina del rey Alfredo, es su prometida mi señor. El momento se hizo muy incómodo, Eréndira se apenó tanto que sus mejillas se pusieron rojas. Agusto se sintió muy apenado de igual manera y lo demostró desviando su mirada. -Creo que aún tenemos mucho que hablar al respecto. -Sugirió Alfredo un poco seco al momento de hablar. -Pero antes de eso me gustaría que el tema no se tocara hasta que pase la boda de mi hija, en su momento hablaremos de ello. ¿Les parece bien? -Por supuesto, estoy de acuerdo con eso. -Agusto respondió con una voz más gruesa, la pena que sintió le hizo poner esa protección con su boca. -De acuerdo su majestad, mil disculpas. -Jacinto entendió que de había equivocado con ese comentario y no le quedaba más que aceptarlo. Algunos de los magistrados que hasta entonces habían desconocido esa noticia, escucharon y comenzaron a atar cabos por la reciente e inesperada llegada de un soberano tan lejano, el cual últimamente se hizo famoso por su desgracia. Erendira no pudo dar una respuesta o alguna opinión, pero en su mente no estaba hacerlo. A pesar de su decisión y su valor parecía muy débil en la sección del amor y el como llevaría eso en su vida. Lo único que pudo hacer es caminar muy cerca de su prima, iniciando el recorrido en el palacio. -¿Te vas a casar con ese?. -Se acercó la princesa con su prima para interrogarla susurrando. Estaba muy impresionada por lo que su padre había dicho. -Mi padre no puede obligarte a eso, yo hablaré con él y pediré que decline esa tontería. -No te lo dije porque se suponía era un secreto hasta después de tu boda. -Eréndira respondió a su prima, susurrando de igual forma. -Yo acepté, tu padre se iba a rehusar pero apoyó mi decisión. -¿Qué?, ¿Estás loca? -Habló un poco más fuerte provocando que todos la miraran. -¿Por qué hiciste eso? -Calma prima, todos están mirando. -Pidió Eréndira al darse cuenta de las miradas. -Te contaré bien más tarde, por ahora no digas nada. -No me convence mucho tu respuesta pero está bien, en cuanto tengamos un espacio me contarás todo. La princesa no preguntó más pero en su mirada podía verse la incertidumbre que está noticia le había ocasionado. Jacinto se acercó al caballo que cabalgaba su rey, lo hizo para iniciar el recorrido por el gran salón. Erendira y Agusto estaban a unos cuantos metros de distancia pero en momentos podían cruzarse sus miradas. Ella le había fascinado al rey de sur, se sintió atraído desde que la vió, pero su confianza no estaba muy elevada pues no se sentía atractivo. Erendira por su parte no podía negarse interesada por aquel rey, no dejaba de mirarlo y nuevamente se hizo cientos de ideas, todas visualizado una vida a su lado como la reina de aquel lugar. Aún más importante, como la esposa de aquel interesante rey.
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