Mi nuevo esposo de internet
Estaba acostada en mi cama, viendo t****k en la residencia estudiantil privada que compartíamos a unos cuantos minutos de la universidad.
El algoritmo parecía conocerme demasiado bien.
No dejaba de mostrarme videos de hombres guapísimos.
Y yo, con la tranquilidad que da una pantalla de por medio, me dedicaba a calificarlos sin ningún tipo de vergüenza.
—Le doy un 9.6.
Deslizaba.
—A este le doy un diez.
Deslizaba otra vez.
—A este, un cuatro.
Y así continuaba.
La ventaja de internet era precisamente esa: podía decir cualquier barbaridad desde la comodidad de mi cama sin tener que enfrentar la mirada del hombre al que se la estaba diciendo.
Además, muchos hombres de internet eran increíblemente atractivos… desde ciertos ángulos.
Si uno entraba a una revista, a su perfil personal o a cualquier fotografía que no hubiera sido cuidadosamente seleccionada, lo más probable era que el encanto desapareciera en cuestión de segundos.
Por eso casi nunca abría sus cuentas.
Me limitaba a admirar su mejor toma, hacer mi comentario correspondiente y seguir con mi vida.
Hasta que t****k me mostró a uno distinto.
Me incorporé de golpe.
—No manches… ¿qué es eso?
Me aferré al teléfono.
El video mostraba a un hombre haciendo dominadas.
No se le veía la cara.
Solo su cuerpo.
Y, sinceramente, quizá era mejor así.
Tenía la piel muy clara y el torso completamente desnudo. Llevaba unos shorts deportivos cafés, amplios, que descansaban bajos sobre sus caderas. Cada vez que subía, los músculos de sus brazos y espalda se tensaban.
Sus muslos también.
Tragué saliva.
Era exactamente mi tipo.
No necesitaba verle la cara para saberlo.
Me bastaron unos segundos para sentir un cosquilleo inquieto recorriéndome la piel.
Y, como siempre, mi cerebro perdió la batalla contra mi boca.
Abrí los comentarios y escribí sin pensarlo demasiado:
No inventes, hasta llovió por acá abajo.
Publiqué.
Me quedé mirando mi comentario durante un par de segundos.
Después sonreí.
Pero, en lugar de seguir deslizando, me quedé con ganas de más.
Por primera vez en mucho tiempo hice algo que casi nunca hacía.
Entré a su perfil.
Quería saber si tenía otros videos.
El usuario se llamaba Conejito 123.
Entendía perfectamente el 123. Era el relleno universal que uno utilizaba cuando inventaba un nombre de usuario sin demasiadas ganas.
Pero…
¿Conejito?
Raro.
Muy raro.
—¿Quién se pone Conejito? —murmuré.
Tenía cero seguidores.
Y no seguía a nadie.
Mi nuevo esposo de internet acababa de nacer.
Y, con él, una nueva aventura.
Solo había publicado dos videos.
El primero era el de las dominadas.
El segundo tenía como portada una imagen del mar.
Sin descripción.
Sin palabras.
Nada.
Absolutamente nada.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos más.
—Misterioso y buenísimo. Qué peligro.
Justo cuando estaba a punto de volver a reproducir el video, escuché una voz desde arriba.
—¡Estela preciosa! ¡Levántate, tenemos clase!
Levanté la mirada.
Renata Guzmán estaba bajando de su cama alta mientras golpeaba con una mano la estructura de la mía.
—Mi novio ya nos apartó lugar.
—Ya voy, ya voy…
Guardé el teléfono debajo de la almohada y me froté los ojos.
La residencia no pertenecía a la universidad. Eran edificios privados para estudiantes foráneos que abundaban cerca del campus: departamentos pequeños, áreas comunes y habitaciones compartidas para que la renta no fuera una locura.
Nuestro departamento lo compartíamos cuatro estudiantes.
Había dos habitaciones dobles.
Renata y yo compartíamos una porque éramos de primer semestre y estudiábamos la misma carrera. Eso significaba que casi siempre íbamos juntas a todas partes.
Las dos camas estaban elevadas para aprovechar cada centímetro del cuarto, y debajo de cada una había un escritorio.
Para bajar había que utilizar una pequeña escalerilla integrada a la estructura.
Renata ya estaba en el suelo cuando yo comencé a bajar.
Todavía medio dormida, busqué con los pies dónde apoyarme.
—Ten cuidado —me advirtió.
—Estoy bien.
Finalmente llegué al suelo.
Renata me observó durante unos segundos.
Luego sonrió.
Me tomó la cara entre las manos.
—Ay, bebé… qué bonita eres. Déjame apretarte tantito.
—¡Renata!
Me apretó las mejillas hasta hacerme fruncir los labios.
—Es que mírate. Esos ojos enormes, esa boca, esa piel… y encima ese cuello bonito, los hombros rectos, la cintura chiquita y esas piernas largas.
Me soltó lentamente.
—Si yo tuviera tu cara y esas curvas, habría salido con cien hombres.
—Qué exagerada.
—No estoy exagerando. ¿Cómo es posible que tú todavía no tengas novio?
Me encogí de hombros.
—No es que no quiera. Simplemente no he conocido a alguien que de verdad me guste.
Renata arqueó una ceja.
—¿De verdad?
—De verdad.
Mi problema era que tenía gustos un poquito…
Exigentes.
Además, mi mamá siempre me había cuidado muchísimo.
Incluso ahora que estaba en la universidad y vivía lejos de casa, todavía me costaba acostumbrarme a aquella libertad.
En la preparatoria había sido todavía peor.
Mi mamá casi no me dejaba usar el celular.
Me llevaba a correr todos los días.
Los fines de semana podía salir con mis amigas, pero tenía que regresar a la hora que ella había establecido.
Siempre había reglas.
Siempre había horarios.
Siempre había alguien preguntando dónde estaba.
Ahora estaba lejos de casa.
Y, aunque sabía que mi mamá confiaba en mí, algunas veces todavía tenía la sensación de que unos ojos invisibles seguían vigilándome.
Por eso me gustaba coquetear en internet.
Era el único lugar donde podía ser yo sin sentir que alguien estaba juzgándome.
O, al menos, eso creía.
Renata volvió a sonreír con malicia.
—Entonces dime algo. ¿Qué clase de hombre te gusta?
Me quedé pensándolo unos segundos.
La respuesta era sencilla.
Yo era superficial y lo admitía sin culpa.
—Uno de un metro ochenta y ocho.
—Empezamos fuerte.
—Piel clara.
—Ajá.
—Hombros anchos.
—Claro.
—Cintura estrecha.
—Por supuesto.
—Ocho cuadritos.
Renata soltó una carcajada.
—¿Ocho?
—Sí. Ocho.
—Estás loca.
—Y piernas largas.
—¿Algo más?
—La cara también tiene que estar a la altura.
Renata cruzó los brazos.
—Eso es todo, ¿verdad?
—No exactamente.
Me acerqué al espejo mientras me acomodaba el cabello.
—Quiero uno de esos hombres que son guapos de frente, de perfil y hasta con mala iluminación.
Renata soltó una carcajada.
—Básicamente quieres un modelo.
—Quiero lo mejor de lo mejor.
—¿Y tú crees que un hombre así va a aparecer mágicamente?
—No.
Sonreí.
—Pero tampoco voy a conformarme.
Renata negó con la cabeza.
—Algún día te vas a enamorar de alguien completamente diferente.
—Eso jamás.
—Eso dicen todas.
Tomé mi teléfono.
Por alguna razón, mi dedo terminó abriendo t****k otra vez.
La pantalla mostró inmediatamente el perfil de Conejito 123.
El video seguía ahí.
El hombre volvió a aparecer haciendo dominadas.
Lo observé en silencio.
No sabía quién era.
No sabía de dónde era.
No sabía siquiera cómo era su rostro.
Solo sabía una cosa.
Ese extraño había conseguido mi atención.
Y, aunque todavía no lo sabía, acababa de convertirse en la primera pieza de una historia que iba a cambiar mi vida por completo.