Capítulo 1
El chat equivocado
Continuación
Renata y yo regresamos del baño tomadas del brazo.
Ese día llevaba un vestido deportivo que me llegaba un poquito por encima de las rodillas. La tela era suave y se ajustaba ligeramente a mi cuerpo. Encima me había puesto una camisa de cuadros holgada, y completé el conjunto con unos tenis de lona beige.
Subí tranquilamente los escalones del aula.
Mi lugar era el primero de la última fila, junto al pasillo.
Antes de sentarme, tomé el teléfono que había dejado sobre el pupitre y lo desbloqueé.
El sonido seco de la pantalla hizo que el hombre a mi lado girara la cabeza.
En cuanto me vio con el celular en la mano, arqueó una ceja.
No entendí su expresión.
Entonces mi teléfono volvió a vibrar.
Bajé la mirada. Solo eran notificaciones de mensajes.
—Ah, gracias por avisarme —murmuré, al darme cuenta de que el sonido había interrumpido su descanso—. Perdón, ya lo pongo en silencio.
Deslicé el menú de ajustes y desactivé el sonido.
Él observó el movimiento durante un instante antes de apartar la mirada.
César no dijo nada.
Sin embargo, intentaba reconciliar dos imágenes que, en su cabeza, no tenían absolutamente nada que ver.
Por un lado estaba aquella chica de voz suave, movimientos tranquilos y apariencia inocente que acababa de disculparse por interrumpir su descanso.
Por otro, la desconocida de t****k que le había preguntado, sin el menor rastro de vergüenza, si tenía un lunar debajo de la clavícula y si era grande lo que tenía más abajo.
Definitivamente, aquellas dos versiones no encajaban.
O quizá sí.
Quizá ese era precisamente el problema.
⸻
La profesora retomó la clase, aunque no tardó demasiado en desviarse otra vez del tema.
Algunos compañeros le hacían preguntas para animarla a continuar con sus anécdotas. Otros aprovechaban la distracción para revisar sus teléfonos.
Yo intentaba prestar atención.
Lo intentaba de verdad.
Pero tenía un problema sentado a mi lado.
Y no me refiero a que estuviera dormido.
Desde que había regresado del baño, había notado que el desconocido estaba despierto. Aunque se encontrara en la última fila, su presencia resultaba difícil de ignorar.
Su cabello era corto, con las puntas firmes y ligeramente rebeldes. Tenía ese aspecto de hombre al que una debería pensárselo dos veces antes de acercarse.
Su rostro era una combinación injusta de facciones bien definidas: ojos oscuros, todavía un poco enrojecidos por el sueño; nariz recta; labios bien delineados; una mandíbula marcada y un cuello claro, con la nuez de Adán pronunciada.
Y entonces mi mente decidió traicionarme.
¿Qué expresión tendría una cara así cuando estuviera encima de una mujer?
Parpadeé.
No.
No, no, no.
¿Qué demonios me estaba pasando?
Estela, por Dios, compórtate.
Me acomodé en la silla y fijé la mirada en la pizarra.
Duré aproximadamente cinco segundos.
Después volví a mirarlo de reojo.
Maldición.
Era demasiado guapo.
Y lo peor era que su rostro había despertado en mi imaginación una asociación que no necesitaba en absoluto.
Conejito 123.
El hombre de t****k también tenía un cuerpo espectacular. Y, aunque nunca había mostrado la cara, mi imaginación ya había empezado a ponerle una.
Una cara que, para mi desgracia, se parecía peligrosamente a la del hombre sentado junto a mí.
Diablos.
Solo imaginarlo hizo que sintiera un calor repentino en las mejillas.
Me quedé observando el perfil de mi compañero dos segundos más de la cuenta.
Él lo notó.
Giró la cabeza hacia mí y levantó una ceja.
Su mirada oscura se encontró con la mía.
Por un instante tuve la extraña sensación de estar frente a un depredador que acababa de descubrir a un animalito escondido entre la hierba.
Me estremecí y aparté los ojos.
De pronto fui consciente de cada centímetro que nos separaba.
De su hombro, tan cerca del mío.
De su perfume discreto.
De la forma en que parecía ocupar todo el espacio sin necesidad de moverse.
Perfecto, Estela. Ahora también estás perdiendo la cabeza por un desconocido de tu salón.
Para disimular, desbloqueé el teléfono.
Y entonces lo vi.
Conejito 123 había respondido.
Abrí el chat inmediatamente.
Conejito 123: En internet también hay límites.
Me mordí el labio para contener una sonrisa.
Vaya.
Así que el señor misterioso tenía carácter.
Era exactamente el tipo de respuesta que un hombre guapo podía darle a una seguidora atrevida para recordarle que no se conocían.
¿Me intimidó?
Ni un poquito.
De hecho, me dieron todavía más ganas de molestarlo.
Mis dedos volaron sobre la pantalla.
Estela Carnívora: Si no contestas, lo voy a tomar como un sí.
Esperé un segundo.
Estela Carnívora: O sea, que sí está grande.
A mi lado, César sintió vibrar el teléfono.
Leyó el mensaje.
Tuvo que apretar los labios para evitar que se le escapara una reacción.
Aquella mujer no tenía remedio.
Escribió una respuesta.
Conejito 123: ¿Así les hablas a todos los hombres?
Sonreí.
Estela Carnívora: ¿Te dio curiosidad saber quién soy?
Conejito 123: Sí.
Me quedé mirando aquella única palabra.
¿Sí?
¿Así de fácil?
Sentí que acababa de ganar una pequeña batalla.
Y, como cualquier persona con un mínimo de sentido común habría hecho, decidí aprovechar mi ventaja para comportarme todavía peor.
Estela Carnívora: Mándame una foto de tu anatomía y te cuento.
César miró el mensaje.
Después levantó lentamente los ojos hacia la chica sentada a su lado.
Estela estaba concentrada en la pantalla, con una expresión tan tranquila que resultaba difícil creer que acababa de escribir semejante cosa.
Volvió al chat.
No pensaba enviarle una fotografía explícita a una desconocida.
Pero podía darle algo que la dejara satisfecha sin cruzar esa línea.
Abrió su galería y revisó varias imágenes hasta encontrar una que le había tomado un amigo al salir de la ducha.
En ella no aparecía su rostro.
La fotografía mostraba su torso desnudo, el pecho firme, los abdominales marcados y las líneas de su cintura que descendían hasta desaparecer bajo la tela de su traje de baño. Todavía tenía algunas gotas de agua sobre la piel, que brillaban bajo la luz.
César observó la imagen durante un segundo.
Después la envió.
⸻
Mi teléfono vibró.
Abrí el mensaje.
Y me quedé inmóvil.
—No manches…
Tuve que taparme la boca para que no se me escapara una exclamación en mitad de la clase.
Aquel cuerpo era una falta de respeto.
El pecho firme.
Los abdominales perfectamente definidos.
Las líneas de la cintura.
Las gotas de agua sobre su piel.
Y el detalle de que no apareciera su rostro, como si el muy desgraciado supiera exactamente cómo mantener el misterio.
Me acerqué un poco más a la pantalla.
No podía ser real.
O sí podía, porque la fotografía estaba ahí.
Y yo estaba contemplándola como si acabara de descubrir una obra de arte.
Mis dedos volvieron al teclado.
Estela Carnívora: Qué ganas de comprobar si te sientes tan bien como te ves.
Envié el mensaje.
Y, antes de que pudiera arrepentirme, escribí otro.
Estela Carnívora: Con esa foto hasta se me olvidó cómo cerrar las piernas.
A mi lado, César frunció ligeramente el ceño.
Leyó la frase una vez.
Después volvió a leerla.
¿Cómo que se le había olvidado cerrar las piernas?
Había vivido en Estados Unidos desde que terminó la primaria y había cursado allí la secundaria y la preparatoria. Entendía el español perfectamente, pero no consumía demasiado contenido mexicano en r************* . Algunas expresiones se le escapaban.
Aquella era una de ellas.
Miró de reojo a Estela.
Ella seguía observando la pantalla con una expresión de concentración absoluta.
César volvió al teléfono.
Abrió el buscador y escribió la frase.
Los resultados lo condujeron a publicaciones y comentarios de mujeres que utilizaban aquella expresión para insinuar que un hombre les resultaba tan atractivo que les hacía perder el pudor y fantasear con él.
César se quedó mirando la pantalla.
Después levantó la vista hacia su compañera.
La chica del vestido deportivo.
La de la camisa de cuadros.
La que se había disculpado por hacer ruido.
La misma que estaba sentada junto a él, a menos de medio metro de distancia.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
—Vaya, Estela Carnívora… —murmuró para sí.
Ahora sí quería conocerla.
No por la fotografía que acababa de enviar.
Ni siquiera por sus comentarios descarados.
Sino porque empezaba a sospechar que aquella chica escondía mucho más de lo que dejaba ver.
Y César tenía una debilidad peligrosa por los misterios que se sentaban a su lado.