Demasiado cerca

1209 Words
Estela —Te juro que ese hombre está casado —anuncié mientras caminábamos hacia la cafetería. Renata me miró con una ceja levantada. —¿Qué hombre? Mierda. —Ninguno. —Estela. —¿Qué? —Te conozco desde hace dos años. Cuando dices «ninguno» con esa cara, significa que hay un hombre involucrado. Esteban soltó una carcajada a nuestro lado. —Déjala, amor. A lo mejor está enamorada. —¡No estoy enamorada! —protesté. Renata sonrió con malicia. —Entonces, ¿por qué estás hablando de un hombre casado? Suspiré y saqué el teléfono. —Es un chico de t****k. Nunca he visto su cara, pero tiene un cuerpo espectacular. Le escribí, me contestó y ahora resulta que posiblemente tiene novia. No iba a contarles lo que le había dicho. Algunas cosas debían quedarse entre Conejito 123 y yo. Renata me arrebató el teléfono antes de que pudiera impedirlo. —A ver, enséñame. —¡Renata! Demasiado tarde. Sus ojos se abrieron al ver la fotografía. —¡Madre santísima! Esteban intentó asomarse por encima de su hombro. —¿Qué están viendo? —¡Nada! —respondimos las dos al mismo tiempo. Renata me devolvió el teléfono, intentando contener la risa. —Amiga, con razón andas distraída. Ese hombre parece diseñado para arruinar matrimonios. —Ni siquiera sé cómo se llama. —Pues averígualo. —¿Y cómo? ¿Le voy a mandar un mensaje que diga: «Hola, desconocido, ¿me das tu nombre completo para investigar tu estado civil»? Esteban se rio. —Podrías preguntarle directamente. —Gracias por tu brillante aportación. Llegamos a la cafetería y buscamos una mesa libre. Mientras Renata se sentaba junto a Esteban, yo abrí t****k debajo de la mesa. Tenía un mensaje nuevo. Conejito 123: ¿Siempre te pones así cuando descubres que un hombre tiene novia? Entrecerré los ojos. ¿Y este qué se creía? Estela Carnívora: No te confundas. Me da igual tu vida amorosa. Conejito 123: Claro. Estela Carnívora: ¿Qué significa ese «claro»? Conejito 123: Que te creo muchísimo. Apreté los labios. Lo odiaba. No, no lo odiaba. Pero estaba empezando a considerar seriamente la posibilidad de bloquearlo. Estela Carnívora: Eres insoportable. Conejito 123: Y aun así sigues escribiéndome. Me quedé inmóvil. Maldito hombre. Tenía razón. Y eso era lo peor. ⸻ César No podía dejar de sonreír mirando el teléfono. Estela Carnívora tenía carácter. Mucho más del que había imaginado al verla sentada a mi lado, fingiendo tomar apuntes mientras intentaba ocultar sus conversaciones. Lo interesante era que parecía convencida de que podía disimular sus emociones. No podía. Cada vez que le escribía algo que la desconcertaba, fruncía el ceño. Cuando la provocaba, apretaba los labios. Y cuando algo le hacía gracia, una pequeña sonrisa aparecía en su rostro antes de que pudiera esconderla. Me pregunté cuántas personas conocían esa versión de ella. Quizá ninguna. Mi teléfono vibró con un mensaje de mi prima Valeria. Valeria: ¿Ya hiciste amigos en la universidad? Yo: Más o menos. Valeria: Eso significa que no. Yo: Significa que no tengo ganas de hablar contigo. Valeria: Qué grosero. ¿Y las chicas? ¿Ya tienes novia? Miré hacia la mesa donde estaba Estela. Ella se reía de algo que había dicho su amiga. Tenía los ojos brillantes y se inclinaba hacia delante mientras hablaba, completamente diferente de la chica que hacía unos minutos había intentado esconder su vergüenza. Yo: No. Valeria: Pues consigue una. A ver si así dejas de dormir todo el día. Bloqueé el teléfono. No necesitaba una novia. Y, desde luego, no iba a buscar una solo para complacer a mi prima. Sin embargo, cuando volví a mirar a Estela, me encontré preguntándome cómo sería salir con alguien como ella. La idea me pareció absurda. Apenas la conocía. Además, ella ni siquiera sabía quién era yo en t****k. Precisamente por eso, podía observarla sin que sospechara nada. O eso creía. —¿Está ocupado este lugar? Levanté la vista. Una chica de otra carrera señalaba la silla vacía frente a mí. —Estoy esperando a alguien. La mentira salió con tanta naturalidad que casi me sorprendí a mí mismo. La chica se marchó. Miré otra vez hacia Estela. No estaba esperando a nadie. Todavía. ⸻ Estela Después de comer, Renata y Esteban se fueron a comprar algo a una tienda cercana. Yo me quedé en la cafetería porque tenía que responder unos mensajes. O, mejor dicho, porque esperaba que cierto desconocido volviera a escribir. Me daba vergüenza reconocerlo. El teléfono vibró. Conejito 123: ¿Qué haces? Estela Carnívora: Esperando a que un hombre atractivo me invite a salir. Conejito 123: ¿Y si ese hombre no sabe que quieres que te invite? Sonreí. Estela Carnívora: Entonces tendrá que aprender a leer entre líneas. Conejito 123: ¿Y si es demasiado tímido? Me reí por lo bajo. Estela Carnívora: Con ese cuerpo, no le permito ser tímido. Apenas envié el mensaje, escuché una voz detrás de mí. —¿Con qué cuerpo? Me giré tan rápido que casi se me cayó el teléfono. El chico de la sudadera gris estaba de pie junto a mi mesa, con una botella de agua en la mano y una expresión divertida. Sentí que la sangre me subía a las mejillas. —¿Qué? —Te escuché reírte. Pensé que hablabas con alguien. —Ah. Sí. Con una amiga. Mentí con una facilidad que no sabía que poseía. Él señaló la silla vacía. —¿Puedo sentarme? —Claro. Se acomodó frente a mí. De cerca era todavía más intimidante. Sus hombros llenaban la sudadera y sus manos eran grandes, con dedos largos. Tenía una pequeña marca cerca de la ceja que no había notado en el salón. —Soy César —dijo, extendiendo la mano—. Creo que somos compañeros de clase. Miré su mano antes de estrechársela. César. Un nombre bonito para un hombre demasiado guapo. —Estela. —Lo sé. Me quedé helada. Él pareció darse cuenta de su error y añadió rápidamente: —La profesora pasó lista esta mañana. Ah, claro. Por un instante había pensado que sabía algo más. —Cierto —respondí, intentando parecer normal. César bebió un poco de agua. —¿Siempre estás tan distraída en clase? —¿Siempre te duermes durante las explicaciones? Sonrió. —Solo cuando son aburridas. —Entonces tenemos algo en común. Nos reímos. Y fue extraño, porque hablar con él resultaba mucho más fácil de lo que había imaginado. No parecía presumido ni intentaba impresionarme. Simplemente me miraba cuando hablaba, como si de verdad estuviera escuchando. Lo cual era un problema. Porque, cuanto más lo miraba, más atractivo me parecía. Mi teléfono vibró sobre la mesa. Bajé la vista. Conejito 123: ¿Ya encontraste a alguien interesante? Levanté los ojos involuntariamente. César estaba observándome. —¿Todo bien? —preguntó. Bloqueé la pantalla. —Sí. Todo bien. Él sonrió lentamente. Y por alguna razón que no pude explicar, tuve la sensación de que acababa de meterme en un problema mucho más grande que un simple chat. Porque el chico sentado frente a mí no solo era guapo. Era peligrosamente fácil querer conocerlo. Y yo todavía no tenía idea de que ya lo conocía demasiado bien.
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