Derek intentó volver a llamarla, pero seguía sin cogerlo. Era extraño, era como si lo estuviese evitando. Era como que aún no quería darle una respuesta, pero él no la llamaba para saber la respuesta, si no, para saber cómo estaba. No quería que ella se alejara, le gustaba su compañia. Pero debe desconocía lo que había ocurrido en su casa, desconocía que su madre la echó de allí de malas maneras.
Se tumbó en la cama bocarriba, mirando el techo, pensando en ella.
Hasta que su teléfono sonó, él rápidamente se levantó y fue hacia. Creía que era Sophie, pero bufó cuando vio el nombre de su madre. Él suspiró y descolgó la llamada.
—Hola, madre. — habló con seriedad. —¿Deseas algo? Iba acostarme.
—Si, cariño, lo siento. Solo te llamé para ser como llegaste y saber cómo estás. — respondió con una sonrisa.
—Si, estaba en la cama, el viaje a sido cansado. ¿Todo bien por allí?
—Si, todo bien, como siempre. — mintió descaradamente. —Todo sigue igual.
—Me alegro. — sonrió. —Madre, me acuesto ya, estoy cansado.
—Claro, cariño. Descansa, te quiero. — Derek colgó, sin contestar lo último.
Su madre le había ocultado lo sucedido con Sophie, sabiendo que cuando volviera, se enteraría. Pero cuando él llegara, ella ya estaría lejos de Alemania, lejos de ellos.
Por otra parte, Sophie estaba tumbada en la cama, mirando el móvil. Releyendo el mensaje que Derek le había enviado, pero no podía hablar con él. ¿Cómo le hablaría, sin llorar, sin decirle que fue despedida? No quería darle más problemas, más dolores de cabeza. Soltaba lágrimas sin parar, arropada en aquella cama, solamente en silencio.
Dejó el teléfono en la mesita de noche e intentó dormir, pero daba vueltas en la cama, sin lograr dormir.
Después de unos minutos dando vueltas, decidió levantarse e ir a la cocina a tomar leche. Eso le ayudaría a dormir y no tener la cabeza dando vueltas y vueltas como una maldita noria.
A la mañana siguiente, despertó. Pero cuando se vio su reflejo en el espejo, debajo de sus ojos, se reflejaban unas pocas ojeras. Se sentía tan débil, tan tonta. ¿Por qué no se defendía? Porque tenía miedo a enfrentarse a esa mujer, tenía el poder para sacarla del país y de tomar la orden de tenerla presa. Esa mujer, era capaz de todo.
Su teléfono sonó y fue hacia él, otra vez, Derek la llamaba. Ella miraba el nombre, como si así, fuese a cambiar algo.
—Hola, alteza. — decidió cogerlo. —¿Qué tal por allí?
—Por fin me lo coges, estaba preocupado. — respondió. —Todo bien por aquí, ¿Por allí todo bien?
—Bien, todo... Bien. — mordió su labio y tragó saliva.
—¿Por qué no me lo cogiste anoche? — preguntó, serio.
—No... No pude. — dijo mintiendo y odiaba hacerlo. —Ya sabe, mucho trabajo que hacer. Anoche acabé rendida. — Derek sonrió.
—Tendré que darte unas vacaciones. — bromeó y ella cerró sus ojos. «Ya tengo vacaciones.» pensó ella.
—Si, me vendría bien. — le siguió la broma. —¿Cuándo vuelve?
—Mañana, por fin mañana, te veré. —ella mordió su labio inferior. —Y Sophie, tuteame de una vez.
—Es la costumbre. — se excusó. —Pues mañana le veo..
—Si, ¿Ya sabes una respuesta? — tras aquello, ella quedó en silencio. Realmente no tenía una respuesta, no lo pensó, tras lo ocurrido.
—Tal vez. — Derek sonrió. —Te tengo que dejar, estoy liada. Si tu madre me pilla con el teléfono, me despedirá.
—No la dejaría nunca, tendría que enfrentarse a mi. — ella limpió sus lágrimas. —Hasta mañana, Sophie.
—Hasta mañana. — colgó.
Cuando colgó, ella miró hacía el techo y cerró los ojos, soltó el aíre por la boca y se calmo. Hablar con él la dio algo de fuerza y tranquilidad, su voz la calmaba y eso, ahora mismo, lo necesitaba.
Se fue hacia el baño y encendió la llave de la ducha, se desnudó y entró en ella.
El agua empezó a golpear su cuerpo, mojándola relajandola rápidamente, dejándola nueva. Lo necesitaba, necesitaba relajarse de esa manera. Una ducha de agua caliente, era la medicina para el cansancio, paga calmar el estrés y el dolor o al menos para ella.
Cuando terminó, salió de la ducha y enredó una toalla en su cuerpo, tapando sus zonas mas sensibleas. Salió del baño y una pequeña refaga de aire frio, caló su cuerpo, erizandola. Se acercó a su maleta y cogió algo de ropa.
Decidió por un conjunto chándal color rosa pastel y unas zapatillas blancas.
Salió de la habitación y fue hacia la cocina. Las tripas le regían de hambre, necesitaba comer algo. Aunque se aburría, sin nada que hacer. Sin nadie con quién hablar, sin nada que hacer. Estaba tan acostumbrada a tener tanto que hacer, a no tener tiempo. Ahora, las horas y los minutos, pasaban lentamente.
Mientras tenía la cabeza, pensativa, ella se hacia el desayuno. Algo ligero y llenara. Se sentó en la mesa con su móvil en la mano, buscaba el teléfono de una madre, quería saber de ellos, llamarles y escuchar sus consejos.
Marcó el teléfono, se lo puso en la oreja y el tono empezó a sonar.
—Hola, hija. — la voz de su madre, penetró sus oídos. —¿Cómo estás?
—Hola, madre. — respondió con una sonrisa. —Muy bien, pero la extraño. ¿Cómo estáis vosotros?
—Muy bien, cariño. Ya sabes, queriendo ver a nuestra pequeña. — Sophie sonrió. —¿Cuándo nos harás una visita?
—Tenia pensado ir este sábado y pasar unos días con vosotros. — habló, dándole un sorbo al café.
—Nos harías muy felices, ven este sábado, te esperaremos. — la madre sonreía feliz, su hija era lo único que le quedaba.
—Alli estaré, os lo prometo. Os quiero y dile a papá que le extraño y le amo, a ambos.
—Se lo diré, cariño, nosotros también te amamos. — Sophie colgó cuando se despidió de su madre.
Necesitaba hablar con sus padres, necesitaba un abrazo sincero, un beso de verdad. Necesitaba sus consejos y pasar ese tiempo juntos, como antes.
Tenía un hermano mayor, pero vivía en Canadá con su mujer. Con él, había perdido el contacto, desde que se casó, nunca supo de él. Todos echaban la culpa a la esposa, porque antes él era muy cercano a su familia. Pero todo cambio, cuando se casó.
Deseaba verlo y saber cómo estaba, James era el arquitecto más rico de la Estados Unidos. Ella no venía de familia pobre, al contrario. Su padre era el dueño del gabinete de abogados más conocido de la ciudad y que jamás, perdían un juicio. Su madre, era la diseñadora de modas mas conocida del mundo. Nadie sabía que Sophie era la heredera de aquella fortuna, lo mantuvo callado para reír la última y demostrar a mucha gente, que la hija que jamás salía en periódico y galas, era ella.
Si se fue de Nueva York, es porque ella quería ser independiente. Buscarse las castañas ella sola, pero no la salió bien. Lo único bueno de haberse ido de su ciudad, es haber conocido a María y a Derek.
«Aun no digas quién eres, aún no digas que eres Sophie Collins Evans. La hija de Christopher Collins y Abigail Evans Collins, el matrimonio más respetado y multimillonario de la ciudad de Nueva York.»