Capítulo 6.

1759 Words
Medellín vibraba con su ritmo habitual: motos en las calles, voces entrelazadas en los cafés, el sol colándose entre las montañas como un abrazo cálido de media mañana. En el piso catorce de un moderno edificio empresarial en El Poblado, Selene terminó la videoconferencia con una sonrisa que le cruzaba el rostro como una victoria largamente esperada. — ¡Eso fue todo, equipo! — Dijo cerrando su portátil y levantándose con energía. — ¡Lo logramos! — Los aplausos llenaron la sala de reuniones. Algunos chocaban las palmas, otros celebraban con un “¡bien ahí, jefa!”, y una de las asistentes le lanzó una mirada cómplice desde el fondo, guiñándole un ojo con una sonrisa pícara. Su amiga más cercana en la oficina, Marcela, se levantó enseguida con su habitual entusiasmo, agitando una carpeta en el aire. — ¡Dios mío, Selene! ¡Nos comimos esa videollamada! ¿Viste la cara del tipo ese que parecía el tiburón? ¡Hasta se rió! — Cross Industries no es cualquier cosa. — Respondió Selene con un brillo de emoción en la mirada. — Esto nos va a poner en otro nivel. Literal. — Marcela se acercó y la abrazó rápido. — Y tú lo lograste. Te lo mereces. Esta noche, sin excusas, vamos a festejar. ¿Listo el vestido? — ¡Listo! — Dijo Marcela entre risas, ya sintiéndose ligera, como si hubiera dejado atrás un peso que ni sabía que cargaba. El resto del equipo comenzó a dispersarse con energía renovada. Algunos se acercaron a felicitarla personalmente, otros ya hablaban de reservar un sitio para celebrar. Mientras tanto, ella se detuvo un segundo frente a la ventana de su oficina, mirando el paisaje de la ciudad que tanto amaba. En su pecho, la emoción latía como tambor: ese proyecto, esa reunión… todo podía significar el inicio de una nueva etapa. Selene no lo sabía, pero al otro lado del continente, en una oficina fría y silenciosa, alguien había puesto sus ojos en ella con intenciones que iban mucho más allá de un contrato. Hoy iba a ser un gran día. El tipo de día que, sin saberlo, empieza a cambiarlo todo. *************** Una lluvia fina golpeaba los ventanales oscuros como si también pidiera permiso para entrar. El reloj marcaba las 4:07 p.m. y la oficina de Trump olía a caoba, cuero y urgencia. Las luces tenues iluminaban la estancia mientras él permanecía de pie, mirando su escritorio lleno de papeles, gráficos financieros y una sola copa de whisky intacta. La puerta se abrió con discreción. — Señor Trump, el señor Cross ha llegado. — Dijo su asistente. — Hazlo pasar. — Respondió sin voltear, su voz seca, áspera, cargada de una tensión que le carcomía desde hacía meses. Cross entró con su presencia imponente. Traje gris oscuro, corbata perfectamente alineada, y esa mirada de lobo disfrazado de diplomático. Sonrió con cordialidad y se acercó sin prisa. — Señor Trump. — Saludó, tendiéndole la mano. — Un placer verlo de nuevo. — Trump aceptó el apretón, breve y firme. — Cross. Gracias por venir. — Ambos tomaron asiento. El silencio se alargó un poco más de lo necesario. Trump no era hombre de rodeos, y Dominic lo sabía, por eso se limitó a escuchar mientras el empresario exhalaba hondo, como si tragara todo su orgullo de un solo golpe. — Sé que conoces perfectamente la situación de mi empresa. — Empezó Trump, directo al grano. — Las proyecciones nos están llevando al borde de una fusión o de una venta agresiva. Pero quiero evitar ambas cosas. — Dominic asintió, sin expresar sorpresa. — He escuchado algo, sí. Pero pensé que usted tenía todo bajo control. — Trump lo miró de reojo. — Hace mucho que aprendí que hasta el mejor imperio puede tambalear... si no se hacen alianzas estratégicas. Y es por eso que te llamé. — Hubo un leve silencio antes de que Trump se inclinara ligeramente hacia él. — Sé que estás buscando una esposa. Tu padre ha sido muy claro al respecto: te quiere con familia, te quiere con hijos. Y tú estás... cumpliendo, ¿No? — Dominic sonrió por primera vez, esa sonrisa cargada de cinismo sutil. — Digamos que estoy explorando opciones. — Respondió, como si no tuviera idea de a quién se refería Trump, como si el nombre "Selene" no le rondara por la mente desde hacía días. Trump bajó la voz y sostuvo la mirada de Dominic. — Te ofrezco una opción. Mi hija. — Dominic, impecable en su actuación, alzó apenas una ceja. — ¿Tiene una hija? — Trump contuvo una carcajada amarga. — Sí. Vive en Colombia. Inteligente, independiente, discreta. Criada lejos de este mundo de negocios… por decisión mía. Y es todo lo que necesitas. Yo solo pido a cambio tu respaldo. Financiero, estratégico… llámalo como quieras. Lo que necesito es salvar mi empresa. Y tú necesitas una esposa. No veo por qué no podemos ayudarnos mutuamente. — Dominic dejó caer una pausa medida. Luego se acomodó en el asiento, cruzando una pierna con tranquilidad. — Lo pensaré. — Hazlo. — Dijo Trump con gravedad. — Pero no tardes. Cada día que pasa, mi empresa se hunde más. Y no quiero que mi hija lo sepa aún… al menos no hasta que tú decidas. — Cross se levantó despacio, con esa elegancia que le caracterizaba. — Gracias por tu confianza. Me aseguraré de... valorar tu propuesta con seriedad. — Trump no se levantó. Lo observó caminar hacia la puerta como si cada paso de ese joven significara una sentencia o una salvación. Dominic salió sin mirar atrás, pero una sola palabra retumbaba en su mente como un eco antiguo: Selene. Dominic caminaba con paso firme por el largo corredor alfombrado, mientras Leandro lo seguía a unos pasos detrás. No hablaban, aún. El silencio era parte de la estrategia. Solo cuando llegaron al ascensor privado, Dominic pulsó el botón y soltó un suspiro leve, casi imperceptible para cualquiera… excepto para Leandro, que conocía esos silencios. — ¿Te lo ofreció? — Preguntó su asistente sin rodeos. — Como si fuera una acción más para salvar su empresa. — Respondió Dominic con ironía, sin mirarlo. El ascensor se abrió, ambos entraron. Al cerrarse las puertas, Dominic giró apenas el rostro, lo justo para que Leandro captara el tono exacto de su molestia contenida. — ¿Creen que uno compra esposas como si fueran terrenos en decadencia? ¿Así de bajo hemos caído? — No es la primera vez que lo intentan. — Replicó Leandro. — Pero no todos vienen con un lazo tan convenientemente atado. — Dominic bufó, luego se apoyó contra la pared del ascensor, cerrando los ojos un segundo. — No dijo su nombre, Leandro. No la mencionó. Ni una vez. Pero sabemos que se refiere a Selene. — ¿Y tú vas a seguir jugando al ciego? — Preguntó Leandro, cruzándose de brazos. — Porque si ella te importa, si de verdad estás dispuesto a darle ese lugar, más vale que entres al juego con las cartas sobre la mesa. — No me gusta que me manipulen. — Dijo Dominic, tajante. — Entonces actúa antes de que Trump lo haga por ti. Porque si él pone a su hija en medio de esta negociación sin que ella sepa nada... puede destruirla. — Dominic apretó la mandíbula. Estaba claro que algo le dolía más de lo que mostraba. — No voy a permitir que ella sea usada como moneda de cambio. — Dijo, finalmente. — Si está en mi vida, será porque yo lo decidí. Y si entra… será por la puerta grande. — El ascensor llegó a la planta baja. Dominic salió primero, su rostro ya recompuesto, nuevamente el CEO frío, el tiburón elegante que nadie lograba leer por completo. Leandro lo siguió, y justo antes de subirse al auto, Dominic lanzó una última frase: — Prepara el viaje a Colombia. — Leandro sonrió con satisfacción. — ¿Fecha? — Tan pronto como se cierre el contrato. Quiero verla en su entorno. Sin interferencias. Y si Trump cree que va a manejar esto, se equivoca. — Sabía que esto vendría. Trump era un hombre acorralado, y los hombres acorralados hacen ofertas desesperadas. Pero había algo que le incomodaba. No el trato en sí, sino el hecho de que Trump intentara imponerle el camino. No. Si iba a tomar a Selene como esposa, sería porque él lo decidía, no porque se la vendieran como una acción en caída libre. ************* ************** La tarde caía con un resplandor dorado sobre los ventanales de vidrio oscuro. Dominic entró al edificio rodeado de asistentes, todos siguiendo su ritmo sin cuestionar, sin preguntar. Llevaba la chaqueta en una mano y el teléfono en la otra. Su reloj marcaba las 5:43 p.m., y su agenda aún tenía dos reuniones más. Terminó de revisar unos informes, dio un par de instrucciones precisas —más órdenes que sugerencias— y se encerró en su despacho con un café fuerte y una copa de coñac que uno de los empleados sabía preparar justo como a él le gustaba. Entonces sonó su teléfono privado. Era Émile, su amigo de muchos años. Un empresario con gustos parecidos… y secretos aún más oscuros. — ¿Dime, bastardo? — Gruñó Dominic sin levantar la vista del informe financiero de Trump Enterprises. — Esta noche. — Dijo Émile. — Fiesta privada. Solo invitados seleccionados. Ya sabes, máscaras, reglas... y sin cámaras. — Dominic sonrió apenas. Cerró el informe y se echó hacia atrás en su silla. — ¿Lugar? — Brooklyn. El almacén del muelle 9. Traje n***o. Lleva el anillo si quieres entrar. — Dominic colgó sin más. Guardó el informe, se quitó la corbata y desabrochó el primer botón de la camisa. Caminó hasta el pequeño mueble escondido tras una pared de libros. Abrió el compartimiento secreto y sacó una pequeña caja de madera oscura. Dentro, perfectamente conservado, estaba el anillo n***o con símbolo grabado, ese que lo marcaba como m*****o de un círculo cerrado, un mundo sin restricciones donde se daba libertades que el mundo empresarial jamás entendería. Allí no era el CEO. Ni el negociador implacable. Allí era el hombre real. El que no pedía permiso. El que tomaba. — Esta noche, — Murmuró, con una sonrisa cargada de expectativa. — necesito un respiro antes de jugar con la hija del viejo Trump. — Se miró al espejo. Iba a divertirse. Iba a recordar por qué seguía siendo el amo del juego… incluso en la oscuridad.
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