Capítulo Cinco.

1995 Words
Cross Industries – Oficina Presidencial. Manhattan. 10:16 a.m. El reloj marcaba un compás constante, pero en la mente de Dom, las horas parecían bailar con una lentitud irritante. Caminaba por su oficina, con las manos en los bolsillos del pantalón oscuro, su camisa blanca remangada hasta los codos y la chaqueta descansando en el respaldo del sillón presidencial. La mañana era fría y luminosa, pero su cabeza hervía de preguntas. Selene Castillo. Ese nombre volvía una y otra vez. No por romanticismo. No por deseo. Por desconfianza. Era como una ficha fuera de lugar en un tablero cuidadosamente planeado. Una coincidencia demasiado conveniente. — Dime algo, Leandro. — Habló sin mirarlo, deteniéndose frente al ventanal que daba a la ciudad. — ¿Qué tan estúpido crees que soy? — Leandro, quien ya estaba de pie con una carpeta en mano, alzó una ceja con ese gesto suyo tan neutro, pero cargado de intención. — Depende. ¿Antes o después del café? — Dominic no sonrió. Giró lentamente y clavó sus ojos oscuros en los del secretario. — Trabaja en una empresa asociada a nosotros. Una pequeña división en Medellín, justo en la que invertimos por temas de imagen. Y ahora, ¡Resulta que es la hija perdida del socio que quiere salvar su pellejo! — Camina de vuelta al escritorio. — ¿De verdad vas a decirme que todo esto es normal? ¿Que no huele a trampa? — Leandro negó despacio, aún con esa sonrisa leve, como quien sabe más de lo que aparenta. — Se lo advertí, señor. Esta no es una historia simple. Pero no, no hay trampa aquí. Selene no tiene idea del juego que su padre mueve. Si quiere mi opinión, — Deja la carpeta sobre el escritorio de caoba. — es usted quien está complicando las cosas con su mente desconfiada. — Dominic lo observa con recelo. Su mandíbula tensa. Aún no estaba convencido. — ¿Y si es parte del plan? ¿Y si se hace la ingenua? ¿Y si todo este tiempo supo quién era y solo está esperando acercarse... para destruirme desde dentro? — Leandro suspiró, como quien escucha a un emperador paranoico. — Le aseguré que ella no tiene ningún interés en usted. Ni en su apellido, ni en su fortuna. Es una mujer con su propia vida, su propia carrera. Se ha hecho sola. Lo único que heredó fue el abandono. — Dominic apretó los labios. Esa última frase se le clavó como un alfiler. Leandro continuó. — Ahora, si me permite decirlo, esta puede ser la primera mujer en su vida que no espera nada de usted... más allá de lo que decida mostrarle. Eso la convierte en la opción más peligrosa… o la más perfecta. — Un silencio cargado se adueñó del despacho. Dominic bajó la mirada, pensativo. Después de unos segundos, murmuró con amargura. — Perfecta... Qué palabra tan arrogante. — Lo es. — Asintió Leandro. — Pero en usted suena peor. Leandro miró su reloj discretamente, con la paciencia de quien conoce bien a su jefe y sabe medir los segundos con diplomacia. — Señor, — Dijo con voz clara. — en dos minutos comenzará la videoconferencia con la filial en Medellín. La revisión del convenio de impacto social. Está en agenda. — Dominic no respondió de inmediato. Seguía mirando por la ventana, como si la ciudad pudiera ofrecerle una respuesta a sus pensamientos. — ¿Y se supone que debo estar ahí? — Leandro negó con suavidad. — No. Tiene a su equipo de relaciones internacionales cubriendo todo. Su participación no es requerida... oficialmente. — Dominic giró lentamente. Sus ojos ahora brillaban con algo más que desconfianza: determinación. — Pero Selene estará en esa reunión. — Leandro asintió, sin sorpresa. — Es la coordinadora principal del proyecto. Tiene que dar su informe y presentar algunos resultados. — Dominic se acercó a su escritorio y apoyó ambas manos sobre la superficie. — Dime, Leandro... ¿Tenemos un viaje próximo a Colombia? — Leandro levantó una ceja. Ahí estaba. Ese tono. Ese fuego. Ese deseo de conquista que no tenía nada de romántico, pero que era letal. — Tenemos una posible inspección de campo en dos semanas. Usted nunca ha asistido personalmente, pero si lo desea, puedo reestructurar todo. ¿Quiere verla en persona? — Dominic no lo miró. Solo sonrió con una mueca apenas perceptible. — Quiero saber quién demonios es. Quiero ver sus ojos cuando hable. Y quiero saber si realmente no sabe nada... o si es una muy buena actriz. — Dominic asintió, ya sabiendo que ese viaje, desde ahora, estaba confirmado. — Entonces, Colombia. — Colombia. — Repitió Dominic, con una voz grave, como si nombrara el próximo país que iba a conquistar. — Y quiero el perfil completo de la empresa en físico. Y su hoja de vida. Quiero todo. Y que esté en mi escritorio... antes de mediodía. — Lo tendrá. — Dominic lo miró de nuevo, esta vez con una media sonrisa que a Leandro le recordó a un halcón sobrevolando a su presa. — ¿Tú crees que es la número seis? — Leandro no dudó. — Lo creo. Y si lo permite... hasta podría ser la última. — Dominic se rió apenas. — Vamos a comprobarlo. Leandro salió de la oficina dejando atrás la figura imponente de su jefe, sumido en sus pensamientos. Dominic Cross no era un hombre fácil de impresionar, y mucho menos de convencer. Pero cuando algo captaba su atención, era como una bestia con hambre: no paraba hasta devorarlo. Leandro lo sabía. Lo conocía demasiado bien. Mientras se alejaba por el pasillo de mármol, sintió una satisfacción silenciosa. Verlo dudar, interesarse, incluso mostrarse intrigado por una mujer que no buscaba su fortuna, sino que representaba una causa... era un buen indicio. Ya en su despacho, organizó los documentos que Dominic le había pedido. Perfil completo de GreenFields Corp, historial de Selene Castillo, certificados académicos, premios, registros de prensa, y por supuesto, los detalles que no estaban en ningún archivo público: la historia familiar que él mismo había conseguido mediante sus conexiones. Luego, tomó el teléfono seguro de la oficina. Ese que solo usaba para un par de personas en el mundo. Marcó sin dudar. — Señor Cross [Padre] — Dijo con cortesía contenida cuando una voz más áspera respondió al otro lado. — Ya hay una candidata. — Hubo una pausa del otro lado de la línea. Después, la voz del patriarca sonó con gravedad. — ¿Y el chico está dispuesto? — Leandro esbozó una sonrisa. — Todavía no lo admite. Pero lo estará. Le llamó la atención... más de lo que quería mostrar. — ¿Y la chica? — Inocente. — Respondió Leandro, bajando la voz un poco. — Inteligente. Orgullosa. No tiene idea de lo que se está moviendo por debajo de sus pies. Pero su padre... Trump, está al borde de la quiebra. Están listos para negociar. Es solo cuestión de apretar un poco más la soga. — Un silencio. Luego, una exhalación. — Bien hecho, Leandro. Como siempre. — Leandro colgó. Miró el reloj. Tenía una videollamada en cinco minutos, pero antes de eso, se sirvió un café. Mientras removía el azúcar con lentitud, pensó en Selene. Una mujer que no sabía que estaba en la mira del imperio Cross. Una mujer que, si jugaba bien sus cartas, podía convertirse en algo más que una pieza en el tablero. Pero también... una que, si se equivocaba, podía ser barrida del juego sin misericordia. ************* En otro lado... Oficina de Tomas Trump. – Manhattan, Estados Unidos. El reloj marcaba las 11:48 a.m., pero Tomas Trump ya llevaba más de una hora en su oficina. El ambiente estaba cargado de tensión. Los ventanales panorámicos no lograban aliviar la presión que se sentía dentro de esas cuatro paredes. Sentado en su sillón ejecutivo de cuero oscuro, con la mirada fija en el informe que tenía entre manos, apenas parpadeaba. Frente a él, un hombre de confianza, su asesor financiero de toda la vida, repasaba los últimos puntos de una exposición difícil de digerir. — La liquidez de la empresa ha caído un treinta por ciento en los últimos seis meses. — Dijo el asesor, pasando una página del informe. — Los contratos internacionales con Europa están prácticamente congelados y los inversores están comenzando a inquietarse. Si no aseguramos una entrada significativa de capital en menos de dos meses, Tomas… vamos a colapsar. — Trump no respondió de inmediato. Sus dedos tamborileaban con impaciencia sobre la superficie del escritorio. Su rostro, normalmente imperturbable, mostraba signos de desgaste. — ¿Y los activos? — Preguntó finalmente con voz baja y áspera. — Hipotecados en su mayoría. Lo que tenemos ahora es tiempo… muy poco. Lo suficiente para cerrar un trato, si es que aparece alguien interesado. — Trump respiró hondo. Llevaba años construyendo ese imperio. Sabía que los negocios eran cíclicos, pero esta vez el abismo era real. Y solo había una ficha que no había movido: su hija, Selene. Se puso de pie lentamente, caminando hacia la ventana. Observó la ciudad que se extendía más allá del vidrio. Entonces, con voz firme, casi resignada, dijo: — Llama a Cross Industries. Voy a proponerle un trato. — El asesor alzó una ceja. — ¿Estás seguro de que quieres involucrar a tu hija? — No tengo otra opción. — Sentenció Trump sin apartar la vista de la ciudad. — Es la única carta que tengo. Y Cross... Cross no es un hombre que diga que no a una joya difícil de alcanzar. — Silencio. Luego, con paso decidido, Tomas regresó a su escritorio y marcó un número en su teléfono privado. — Prepárame una reunión con Cross. Hoy. — El asesor financiero cerró la puerta suavemente al salir, dejando tras de sí un silencio denso, casi doloroso. Tomas Trump se quedó inmóvil, con la mirada perdida en el vacío, los dedos entrelazados sobre el escritorio y la mandíbula apretada. Afuera, el ruido lejano del tráfico apenas alcanzaba a entrar por los gruesos ventanales. Selene… Su única hija. Su carta final. Había intentado evitarlo durante años. Mantenerla lejos, segura, ajena al mundo empresarial y mucho más al juego sucio de los grandes negocios. Pero los números no mentían, y las deudas no esperaban. Ahora, con la empresa al borde del colapso, Selene era lo único que quedaba que valiera realmente algo. Trump se puso de pie, caminó hasta la repisa donde descansaban unas cuantas fotografías. Tomó una en particular: Selene, con apenas doce años, abrazando a una bicicleta que él le había enviado desde Estados Unidos. Fue la única vez que ella le escribió una carta de agradecimiento. Todo lo demás fue silencio, distancia, una relación empañada por su ausencia y por sus errores. Suspiró, apretando los ojos cerrados. Su matrimonio había sido un infierno. Un acuerdo maldito sellado por interés y ambición familiar. De ese pacto solo había nacido un hijo, varón, que nunca mostró interés alguno en heredar la empresa. La salud mental de su esposa se vino abajo con los años y después de eso… se volvió imposible continuar. Selene, producto de una relación anterior, era lo único que no estaba contaminado por ese pasado oscuro. Y aun así, aquí estaba: considerando usarla como moneda de cambio. No para venderla, no para obligarla –eso se repetía, con culpa–, pero sí para empujarla sutilmente hacia un acuerdo que podría salvarlo a él. A su empresa. A todo lo que había construido. — No es justo… — Murmuró para sí mismo, dejando la foto sobre el escritorio. — Pero tampoco tengo otra salida. — Dominic Cross no era cualquier nombre. No era cualquier hombre. Y si alguien como él aceptaba asociarse, no lo haría solo por la empresa… sino por lo que ella representaba. — Trump regresó lentamente a su silla. Su voz sonó rota, apenas audible, mientras miraba al vacío: — Perdóname, Selene…
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