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El Velo de la Traición

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Blurb

"Tu hermana se merece un hombre mejor." Esa frase es una daga que le exige un sacrificio impensable.

Para salvar a su familia, ella se casa en lugar de su hermana con el hombre del que todos huyen: un monstruo desfigurado y, según los rumores, impotente. Sin embargo, la noche de bodas, la realidad se desmorona.

Él no es lo que parece y el disfraz que ocultaba su verdadera identidad revela un secreto tan atractivo como peligroso. ¿Es este matrimonio un pacto con el diablo o una oportunidad para encontrar el amor donde menos lo espera?

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Capítulo 1: El Sacrificio Silencioso
—¿Qué mierda esperas de mí, madre? —espeté, sintiendo cómo mis uñas se clavaban en las palmas de mis manos mientras mis ojos lanzaban un fuego que pretendía reducir a cenizas todo a mi alrededor—. ¿Qué me case con ese cabrón del duque para salvar a esta familia? ¿A esta familia que ya está muerta y podrida completamente por dentro? Madame Seraphina, la mujer que me dio la vida pero nunca su afecto, se dejó caer de rodillas frente a mí. Sus movimientos eran fluidos, ensayados, y temblaba de una forma tan visible que resultaba insultante. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, pero yo no veía en ellas ni rastro de convicción; solo eran agua salada brotando de un manantial de hipocresía. —¡Por favor, Elara! ¡No entiendes la magnitud del desastre! —Gritó, aferrándose a mis faldas con una desesperación que me revolvió el estómago—. Si no lo haces, no hay nada, absolutamente nada para ninguna de nosotras. Tu hermana no aguanta más la presión, Lysandra se derrumba completamente ante la sola idea de este destino. Lysandra, que hasta ese momento se había mantenido en un rincón sollozando de forma descontrolada y ruidosa, alzó la voz. Sus palabras salían entre lágrimas nerviosas, perfectamente coreografiadas para romper el corazón de cualquiera que no la conociera tan bien como yo. —¡¡No puedo, mamá, no puedo vivir cerca de ese monstruo terrible!! —chilló mi hermana, cubriéndose el rostro con sus manos delicadas—. ¡He escuchado lo que dicen de él en cada rincón del reino! Que su cara provoca pesadillas horribles, que está jodido por dentro y por fuera, que no es humano. ¡Me arruinaría la vida para siempre, me marchitaría antes de tiempo! Sentí unas ganas físicas de vomitar. Aquel llanto fingido, tan barato y cargado de un miedo falso, era más de lo que podía soportar. Me quedé inmóvil, convertida en un bloque de hielo enorme en medio del salón adornado con cortinas pesadas que olían a polvo y a una gloria que se había esfumado hace años. Los ecos de sus llantos se sentían vacíos, rebotando en las paredes de una casa que ya no era un hogar. —¿Así que ahora la miserable soy yo? —murmuré, dejando caer las palabras como si fueran cuchillos afilados que cortaban el aire denso—. La sombra oscura. La hija que nadie quiere realmente mostrar en los bailes, la que debe tragarse toda la mierda para que el resto de esta familia pueda seguir brillando bajo las lámparas de cristal. Madame Seraphina levantó la mirada hacia mí. En sus ojos vi una mezcla repulsiva de súplica a medias y un desprecio helado y profundo que siempre intentaba ocultar tras su fachada de dama aristocrática. —Tu hermana merece algo mejor, Elara. Tienes que entenderlo. Ella es delicada, frágil y débil. Es como una flor que necesita cuidados constantes. Tú, en cambio... tú eres fuerte. Resistes sin descanso, eres de hierro. Solté una carcajada, una risa amarga y desquiciada que resonó en el salón como el cristal rompiéndose. Era una risa llena de un dolor que ya no cabía en mi pecho. —¿Fuerte? ¿Es eso lo que te dices para poder dormir por las noches? Lo único que me mantiene en pie ahora mismo es que ya no me importa nada. Ni ustedes, ni esta puta casa, ni la traición que destila cada palabra que sale de sus bocas. El silencio que siguió se volvió tangible, denso y sofocante como una niebla espesa que se cuela en los pulmones. Mi madre se puso de pie, limpiándose las lágrimas con un pañuelo de seda, y continuó con una voz que pretendía ser temblorosa pero que escondía una firmeza decidida y cruel. —El duque exige una dote enorme y casi imposible de reunir, Elara. Es el precio que debemos pagar por su silencio absoluto sobre las deudas de tu padre. Esta unión es lo único que nos salva de la ruina total, de terminar en la calle como mendigas. —¿Salva? —avancé unos pasos hacia ella, mi mirada era incendiaria, cargada de una rabia que llevaba años acumulándose—. ¿Y qué es lo que realmente quieres? ¿Qué me suicide en vida acaso? ¿Qué me venda como un trozo de carne para que esa basura de hombre simplemente se calle y ustedes sigan viviendo en este teatro? ¡Olvídalo! Si me caso, es solo para callar esta mierda de una vez por todas. Ni un puto centímetro más de mi voluntad les voy a entregar. Lysandra resolló, retrocediendo como si mis palabras fueran una enfermedad contagiosa. Me miró con un horror que, por una vez, parecía genuino, como si estuviera descubriendo que yo era la peor mierda que jamás hubiera pisado aquel suelo. —Eres un demonio n***o, Elara. No tienes corazón. —No soy un demonio —le respondí, con la voz firme y un brillo letal e intenso en mis pupilas—. Soy la maldita reina de este desastre que ustedes crearon. Soy la única que queda en esta familia con los huevos suficientes para aguantar la tormenta feroz que se nos viene encima. En ese preciso momento, la habitación pareció oscurecerse, como si el sol se negara a iluminar nuestra bajeza. Un viejo reloj de péndulo sonó en la distancia, sus campanadas marcando el fin definitivo de mi paciencia humana. Madame Seraphina bajó la cabeza, mostrándose derrotada totalmente y sin fuerzas, aunque yo sabía que por dentro estaba celebrando su victoria. —Tenemos que hacerlo, hija. Antes de que sea demasiado tarde para todas. Las miré por última vez antes de salir: a la madre teatral y a la hermana llorona. En mis ojos no quedaba amor, solo un desprecio absoluto y gélido. —No seré vuestra puta salvación, jamás lo piensen así. Soy la que las arrastrará conmigo al abismo si me siguen jodiendo más y más. Una sonrisa helada cruzó mi rostro. Era una expresión fría y mortal. —Y que sepan todos que esta no es la historia de una mujer débil que se entrega al sacrificio, sino la de quien decidió quemarse por completo para poder renacer victoriosa de sus propias cenizas. El silencio que dejé tras de mí fue absoluto, roto solo por un último sollozo, falso y lastimero, de Lysandra. Di la espalda sin mirar atrás jamás. Mi respiración era un incendio contenido, poderoso y destructivo. Sabía que ese matrimonio sería una prisión sombría, una jaula de oro y sombras, pero también entendía que era una oportunidad única para desaparecer de sus vidas. En el fondo de mi alma, una chispa de esperanza ardía brillantemente: sobreviviría, pero lo haría a mi manera personal, lejos de sus manipulaciones.

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