—¡¿Una cena?! ¡¿Me estás jodiendo, Cillian?! —el grito me salió del alma mientras me ajustaba el corsé con tanta rabia que temí romperme una costilla—. ¡El castillo huele a humo, Silas casi nos rebana el pescuezo hace dos horas y tú quieres que baje a comer perdices con esos buitres!
—Baja el tono, Elara —gruñó él, terminando de abrocharse la casaca negra. Su rostro volvía a ser una máscara de frialdad absoluta, aunque sus ojos todavía guardaban el rastro de nuestra promesa en la azotea—. No es una invitación. Es una emboscada social. Si no aparecemos, Silas tendrá la excusa perfecta para declarar que he perdido el control del ducado y arrestarnos por alta traición.
—Me importa un carajo la traición. Mi padre anda suelto y esos "nobles" son los mismos que financiaron sus deudas de juego.
—Exactamente por eso vas a bajar —se acercó a mí, sus manos enguantadas se detuvieron a milímetros de mi cuello—. Vas a entrar ahí, vas a sostener esa copa como si fuera el corazón de tus enemigos y vas a demostrarles que Blackwood tiene una Duquesa que muerde.
—Si alguno me llama "moneda de cambio", le clavo el tenedor en el ojo —advertí, dándole un pisotón innecesario al suelo de piedra.
—Esa es mi chica. Ahora, muévete. El banquete de los lobos ha empezado.
***
El Gran Salón apestaba a perfume caro, cera quemada y una hipocresía que se podía cortar con un cuchillo de mesa. Al entrar, el murmullo de cien conversaciones se cortó en seco, como si alguien hubiera decapitado a un ruiseñor en medio de una nota.
—Vaya, vaya... parece que la rata de alcantarilla ha encontrado un vestido de seda —susurró la Condesa Vane al pasar a nuestro lado, lo suficientemente alto para que todo el círculo de víboras que la rodeaba soltara una risita.
—Ignórala —masculló Cillian entre dientes, manteniendo su paso firme.
—¿Ignorarla? —Le devolví el susurro—. Si me vuelve a mirar así, le vacío la sopera en el escote.
Nos sentamos en la mesa presidencial. Silas estaba allí, presidiendo con esa sonrisa de santo que me daba ganas de vomitar. A su lado, tres asientos vacíos. Uno era para mi padre. Julian no había aparecido, pero su sombra pesaba más que la lámpara de araña sobre nuestras cabezas.
—Duquesa Elara —Silas levantó su copa, su voz resonando con una falsa calidez—. Qué milagro verla entera. Corren rumores de que los establos sufrieron un... percance nocturno. ¿Alguna alimaña que debamos exterminar?
—Solo las que caminan en dos patas, Inquisidor —respondí, clavando el cuchillo en el filete con una violencia que hizo saltar una gota de sangre hacia el mantel—. Pero no se preocupe, Cillian y yo somos expertos en desollar parásitos.
Un jadeo colectivo recorrió la mesa. Lord Thorne, un viejo decrépito que olía a naftalina y pecado, se inclinó hacia delante.
—Díganos, querida, ¿es cierto que su padre la entregó para saldar una deuda de juego o fue simplemente que no encontraba a nadie más que quisiera cargar con una... mujer de su reputación? Dicen que en la capital la llamaban "la joya usada".
La sangre se me subió a la cabeza. Sentí que el mango del cuchillo crujía en mi mano. Estaba a punto de saltar sobre la mesa cuando la mano de Cillian se cerró sobre la mía. No para detenerme, sino para darme el relevo.
—Thorne —la voz de Cillian bajó tres octavas, gélida como un pozo—. Qué curioso que hables de reputaciones. ¿Cómo está tu sobrina? ¿Sigue en el convento o ya has decidido qué hacer con el bastardo que le dejaste en la barriga antes de enviarla allí?
El viejo se puso de un color ceniza que rozaba lo cadavérico. El silencio ya no era incómodo; era un vacío absoluto.
—Si vuelves a abrir la boca para hablar de mi esposa —continuó Cillian, apoyando los codos en la mesa con una elegancia depredadora—, me aseguraré de que la próxima vez que intentes comer algo, sea a través de un tubo porque te habré arrancado la mandíbula de un puñetazo. ¿Alguna otra duda sobre la genealogía de la Duquesa?
—¡Por favor! —intervino Silas, riendo con una frialdad que me erizó los vellos—. Solo es charla de cena, Cillian. No seas tan... temperamental. Aunque entiendo que el estrés de esconder secretos debe de ser agotador.
—Hablando de secretos —dije, recuperando el aire—, ¿dónde está mi padre, Inquisidor? Me han dicho que estuvo merodeando por mis aposentos con una llave que usted le proporcionó.
Silas arqueó una ceja, imperturbable.
—¿Su padre? Julian está... indispuesto. Aunque me ha dejado un regalo para ustedes. Un brindis final por la "verdad" de Blackwood.
Un criado se acercó a la mesa cargando una bandeja de plata. No traía vino. Traía una caja de madera vieja, manchada de lo que parecía ser lodo seco... o sangre vieja.
—¿Qué mierda es esto, Silas? —preguntó Cillian, su mano buscando instintivamente la daga oculta bajo la mesa.
—Es el testamento de la anterior Duquesa —sonrió Silas, sus ojos brillando con una locura fanática—. Julian la encontró enterrada bajo el viejo sauce. Parece ser, querido Cillian, que no eres el heredero de esta casa. Ni siquiera eres un Blackwood.
El corazón me dio un vuelco. Miré a Cillian. Su rostro, por primera vez desde que lo conocía, mostró una grieta de puro terror.
—Ábrela, Elara —me desafió Silas—. Lee quién es realmente el hombre con el que compartes cama. Lee por qué tu padre huyó después de entregarme esto.
Mis manos temblaban mientras alcanzaba la caja. Cillian me miró, y en ese segundo vi una súplica silenciosa: *No lo hagas*.
—¡Ábrela de una puta vez! —rugió Lord Thorne, recuperando su valor—. ¡Queremos ver cómo el monstruo pierde su corona!
—¡Cállense! —grité, golpeando la mesa.
Tomé la caja, pero antes de que pudiera tocar el cierre, la puerta principal del salón se abrió de golpe. Un guardia entró corriendo, pálido y cubierto de hollín.
—¡Mi señor! —jadeó, mirando a Cillian—. ¡La torre oeste! ¡Julian está en la torre y dice que tiene el barril de pólvora de la mina! ¡Va a volar el castillo con todos nosotros dentro si no le entregan a la Duquesa!
Silas se levantó, su sonrisa ensanchándose.
—Vaya giro. Parece que la cena se ha acabado. Elara, querida... tu padre te llama. Y él no tiene la paciencia de un marido enamorado.
—Cillian... —susurré, mirando la caja y luego la puerta.
Él se puso en pie, recuperando su máscara de hierro. Me agarró del brazo, arrastrándome lejos de la mesa mientras los invitados empezaban a gritar y correr como hormigas en un hormiguero incendiado.
—Olvida la caja —me ordenó al oído—. Si el castillo vuela, la verdad dará igual. ¿Sabes disparar un arma de fuego, Elara?
—Mejor que tú, seguro.
—Bien. Porque vamos a ir a esa torre y voy a matar a tu padre con mis propias manos. Y después... después tú y yo tendremos una charla sobre lo que hay en esa maldita caja.