—¡Todavía tenemos el derecho de inspección! —gritó Julian, desesperado—. Elara, diles la verdad. Dile que este hombre mató a su primera esposa. ¡Dilo! El silencio que siguió fue tan denso que podía oírse el crepitar de las brasas. Miré a Cillian. Su máscara ocultaba cualquier expresión, pero sus manos estaban cerradas en puños. Era el momento del gran giro. El momento de elegir bando. Me acerqué a Cillian, le rodeé el cuello con los brazos y me pegué a él. —¿Queréis saber la verdad? —pregunté, mirando a mi familia con un odio que llevaba años gestándose—. La verdad es que me habéis hecho un favor. Cillian no es un monstruo. O quizás lo sea, pero es *mi* monstruo. Me trata mejor de lo que vosotros jamás lo hicisteis. Él me da lo que Julian nunca pudo: respeto, poder y una satisfacción qu

