De repente, la puerta se abrió y el mayordomo entró con discreción, anunciando que la cena estaba lista. El silencio volvió a asentarse entre nosotros, pero el aire ya no era el mismo. Había una tensión expectante, un acuerdo tácito de que ambos éramos más que simples piezas decorativas.
Sabía que mi vida había cambiado para siempre. No solo tendría que enfrentar la oscuridad de un matrimonio impuesto, sino que me había convertido en una jugadora activa.
Mientras las sombras danzaban en los muros de la mansión, me prometí a mí misma que demostraría que, incluso en la prisión más fría y desolada, puede florecer la fuerza de una verdadera reina.
Esta era mi guerra, y acababa de empezar.
Mi aliento se detuvo en seco, atrapado en mi garganta por una conmoción tan inmensa que creí que mi corazón dejaría de latir.
El duque, aquel hombre al que los rumores describían como un monstruo desfigurado y repulsivo, no era más que un ser de una belleza impactante, casi sobrenatural.
Sus facciones eran esculpidas, perfectas, como si un maestro escultor hubiera dedicado siglos a tallar esa mandíbula fuerte y esos pómulos altos.
Sus labios finos se curvaron de repente en una sonrisa maliciosa, cargada de una superioridad que me hizo sentir minúscula. Unos ojos de color cobalto me miraban con una burla helada, escrutándome como si mi asombro fuera el espectáculo más gracioso y patético del mundo.
Las palabras se quedaron atascadas en mi laringe, apenas un balbuceo incoherente.
—Tú... no puedes... —logré articular, pero mi voz se quebró.
Él se rió. El sonido de su risa fue profundo, gutural, un eco que me hizo estremecer desde la nuca hasta los pies.
Con movimientos lentos y calculados, se quitó las capas de su disfraz: el abrigo largo que ocultaba su porte, los guantes de cuero... y yo me quedé sin aire.
Ya no estaba frente al monstruo que todos temían, sino ante un hombre increíblemente apuesto. Su figura era alta y poderosa; sus músculos se tensaban con una gracia felina bajo su ropa de seda cara. Tenía la mirada de un depredador hambriento y esa sonrisa... esa sonrisa era pura maldad.
Me acurruqué en la esquina de la cama, asustada, sintiendo cómo el espacio se reducía mientras él se acercaba.
—Parece que tenemos malentendidos entre nosotros —dijo. Su voz era tan profunda que sentí que el suelo vibraba bajo mis pies.
Me quedé sin aliento. Mi mente, usualmente ágil, se había quedado en blanco, procesando la magnitud del engaño. Había sido manipulada. Traicionada. Mi madre, mi hermana... todos me habían utilizado para sus propios fines miserables.
Yo me había sacrificado por ellos, aceptando una condena a muerte social, y ahora me daba cuenta de que todo había sido una mentira. Un teatro de marionetas donde yo, estúpida de mí, había sido la marioneta principal.
Un dolor lacerante me atravesó el corazón. No era solo la ira hirviente, sino el dolor punzante de la traición y la decepción. Me habían vendido a un hombre que no necesitaba ser salvado, sino que me había comprado para sus propios juegos.
—¿Quién eres tú realmente? —pregunté. Mi voz temblaba, pero no de miedo, sino de una rabia contenida que amenazaba con desbordarse.
Él se rió de nuevo, un susurro frío que heló la habitación.
—Soy tu esposo —respondió—. O eso es lo que la gente creerá. Soy el duque, el monstruo desfigurado. El hombre que, según los rumores, carece de toda capacidad s****l. ¿Crees que soy feo ahora, mi señora? —Se burló, y la risa en sus ojos era como el hielo ártico.
Lo miré con una furia incendiaria.
—¡Eres un bastardo! ¡Todo esto fue un maldito engaño! ¿Por qué? ¿Por qué montaste este circo?
Él se encogió de hombros con una indiferencia que me dolió más que un golpe.
—No tengo que explicarte absolutamente nada. Eres mi esposa, y en esta casa, mi palabra es la única ley que existe. Te casaste conmigo, y ahora tu destino está en mis manos. Acepta tu destino con dignidad, si es que te queda alguna.
Quise golpearlo. La ira era tan fuerte que podía sentirla galopando en mi sangre, quemándome las venas. Quise gritarle que era un ser sin corazón, un monstruo real bajo esa piel perfecta.
Pero me detuve. Una parte de mí, la que había sobrevivido a los desprecios de mi madre, me advirtió: si me dejaba llevar por el enojo, él tendría la ventaja. Tenía que mantener la compostura a toda costa.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté, forzando a mi voz a sonar tan fría y distante como la de él.
—Nada —soltó él—. Eres mi esposa de nombre, no de corazón. Vivirás en esta mansión, y yo viviré en la mía cuando me plazca. Nadie sabrá que somos extraños. Seremos la pareja perfecta para el mundo. Mi plan requiere un rostro inmaculado frente a la sociedad, y tú eres ese rostro. Tu madre, tu hermana y el resto de tu familia no son más que peones en mi juego.
Mi cabeza empezó a dar vueltas. El duque era un hombre peligroso, un tipo que no se detendría ante nada. No estaba en un matrimonio; estaba en una prisión de alta seguridad.
—¿Qué hay de mi familia? —pregunté, con un hilo de voz.
—Ellos están a salvo... por ahora —sentenció con una frialdad absoluta—. Pero si me traicionas, los destruiré. A cada uno de ellos. No tendrás a nadie que te proteja.
Lo miré horrorizada. El miedo era palpable, pero en ese momento comprendí la verdad más amarga de todas: el monstruo no era él. Eran ellos. Mi propia sangre me había traicionado. Me habían vendido por dinero y silencio.
—¿Cómo te atreves? —susurré.
—Me atrevo porque soy el duque. No hay nadie que pueda detenerme. Acepta tu lugar.
Me quedé en silencio, sintiendo el peso de la soledad. No tenía a nadie en mi esquina. Estaba sola en el foso de los leones.
—¿Qué pasará con la dote? —pregunté por inercia.
—La dote es mía. Para mi uso personal. No te preocupes, no serás la única persona en mi tablero. Tu hermana Lysandra también será mi peón cuando llegue el momento. Yo soy el rey, y el mundo es mi tablero.
Era un depredador. Un hombre sin un ápice de humanidad.
—¿Cómo puedes ser tan frío?
—No soy frío —dijo con calma—. Soy un hombre de negocios. Y en los negocios no hay espacio para la emoción. Tienes que ser fuerte, Elara. Tan fuerte como yo, o serás destruida.
Me ordenó que me mantuviera fuera de su camino y se marchó, dejándome sola con mis fantasmas. Me senté en el borde de la cama, con las manos temblando de puro terror y rabia. El aire de la habitación, pesado con el aroma a polvo y desesperación, se cerró sobre mí. Sus palabras resonaban en mi cabeza: “Yo soy el rey”.
De repente, algo cambió. Me levanté de golpe. Una rabia jodidamente pura me quemó las entrañas. Ya no era rabia contra él, sino contra la puta farsa de mi familia. Las lágrimas de cocodrilo de Lysandra, el silencio cómplice de mi padre... ¡Todo era una mentira!
Me acerqué al espejo. La figura que vi era casi irreconocible: pálida, vacía, envuelta en un vestido de novia que parecía un sudario.
—Soy una puta prisionera —le susurré a mi reflejo—. Una rehén en mi propia vida.