Recorrí la habitación, tocando los muebles de caoba, los libros... todo era grandioso pero muerto. Como una jaula de oro. Pero yo no quería morir aquí. Si iba a ser una prisionera, sería la mejor. La que se rebelaría.
Mi miedo se desvaneció, reemplazado por una determinación de hierro. No tenía a nadie más que a mí misma, y por primera vez en mi vida, eso me pareció suficiente.
—Joder —murmuré, secándome las lágrimas con rabia—. Si este es el juego, entonces jugaré. Y voy a jugar para ganar.
Me miré al espejo una última vez. La víctima había muerto. La sobreviviente acababa de nacer. El velo de la traición se había levantado, y ahora podía ver la verdad: sin piedad y sin remordimientos.
—¡No me toques, maldito monstruo! —grité en la penumbra de la alcoba, retrocediendo hasta que mis talones chocaron contra el borde de la cama. El corazón me martilleaba las costillas con una violencia que me dificultaba el habla—. ¡Sé lo que eres! ¡Sé lo que dicen de ti!
El hombre que tenía enfrente, todavía cubierto por esa capa oscura que parecía devorar la escasa luz de las velas, soltó una risa seca, un sonido que no tenía nada de humano.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es exactamente lo que dicen, Elara? —Su voz era un ronroneo profundo, peligroso—. ¿Qué devoro doncellas? ¿Que mi rostro es una ofrenda al mismo infierno?
—¡Dicen que estás jodido! ¡Que eres un engendro! —le espeté, aunque el pánico me cerraba la garganta. El velo que aún cubría mi rostro me hacía sentir asfixiada, como si estuviera enterrada viva bajo capas de encaje blanco—. Si vas a matarme o a usarme para tus rituales de mierda, hazlo ya, pero no me hagas esperar en este silencio de tumba.
Dio un paso hacia mí. La madera del suelo crujió, un sonido que sonó como un disparo en el silencio de la noche de bodas.
—Eres muy valiente para ser una mujer que acaba de ser vendida por su propia madre a cambio de un puñado de monedas de oro y silencio —se burló él, deteniéndose a solo unos centímetros. Podía olerlo: sándalo, cuero y algo metálico, como la sangre—. Pero tienes razón. Es hora de que dejes de temblar ante un fantasma.
Sus manos, enguantadas en cuero n***o, se alzaron. Cerré los ojos con fuerza, esperando sentir unas garras o una piel putrefacta rozando mi frente. Sin embargo, su toque fue firme y extrañamente delicado cuando agarró el borde de mi velo. Lo arrancó de un tirón seco.
Inhalé el aire frío de la habitación, pero cuando abrí los ojos, el grito se quedó muerto en mi garganta.
—¿Qué... qué clase de juego es este? —susurré, parpadeando con incredulidad.
Frente a mí no había una bestia. No había cicatrices purulentas ni rasgos deformes. Había un hombre cuya belleza era, sencillamente, un insulto a la realidad.
Sus ojos, de un azul cobalto tan intenso que parecía irreal, me escrutaban con una mezcla de aburrimiento y una burla letal. Su mandíbula era perfecta, su porte era el de un guerrero, y su sonrisa... joder, su sonrisa era la cosa más malvada que había visto en mi vida.
—¿Decepcionada, mi señora? —Preguntó él, dejando caer el velo al suelo como si fuera basura—. ¿Esperabas colmillos?
—Tú... no puedes ser el Duque de Blackwood —balbuceé, sintiendo que la rabia empezaba a ganarle terreno al miedo—. Se supone que estás desfigurado. ¡Mi familia me dijo que eras un jodido monstruo!
—Y lo soy —respondió él, acercándose tanto que su aliento rozó mi oído—. Pero el monstruo no está en mi cara, Elara. Está en lo que soy capaz de hacer. Y tu querida familia... joder, ellos lo saben mejor que nadie.
—¿De qué hablas? —pregunté, empujándolo del pecho. Sus músculos estaban duros como la roca bajo la seda—. ¡Dime la verdad, maldito bastardo!
Él me agarró de las muñecas con una fuerza que me hizo jadear. Sus ojos se volvieron oscuros, casi negros.
—¿La verdad? La verdad es que Madame Seraphina y tu estúpida hermana Lysandra te entregaron en bandeja de plata sabiendo exactamente quién soy. No me compraron tu libertad, me compraron tu silencio. Sabían que yo necesitaba una esposa para mantener las apariencias mientras limpio este reino de ratas como tu padre. Te vendieron, Elara. Y se rieron mientras lo hacían.
Sentí como si me hubieran clavado un puñal de hielo en el estómago. La traición me quemó la garganta.
—Mientes... —murmuré, aunque en el fondo sabía que cada palabra suya era un dardo certero.
—¿Miento? —Él soltó mis muñecas y caminó hacia una pequeña mesa de caoba. Sirvió dos copas de vino con una calma desesperante—. Mañana, tu hermana estará cobrando la segunda parte de la dote. Mi "deformidad" fue el pretexto perfecto para que nadie preguntara por qué una joven como tú aceptaría este matrimonio sin protestar. Se compadecen de ti, Elara. "Pobre niña, casada con la bestia". Es el crimen perfecto.
Me quedé en silencio, mirando la copa que me ofrecía. No la tomé.
—¿Y ahora qué? —le pregunté, con la voz cargada de veneno—. ¿Vas a encerrarme aquí? ¿Vas a hacerme tu prisionera mientras tú juegas a ser Dios?
Él se bebió su copa de un trago y me miró con una intensidad depredadora.
—No tengo tiempo para prisioneras lloronas. Pero tengo un trato para ti, ya que pareces tener más huevos que todo tu linaje junto.
—No me interesan tus tratos —espeté.
—Te interesará este —dijo él, bajando el tono—. Ayúdame a destruir a tu familia. Ayúdame a dejarlos en la puta calle, sin un centavo y con el nombre arrastrado por el fango. Dame la información que necesito sobre los negocios sucios de tu padre, y a cambio, cuando todo termine, te daré tu libertad y la mitad de su fortuna.
Me quedé petrificada. Un giro que no esperaba. Mi familia me había vendido a un "monstruo" que resultaba ser un verdugo con cara de ángel.
—¿Quieres que traicione a mi propia sangre? —le pregunté, acercándome a él hasta quedar a milímetros de su rostro apuesto—. ¿Después de lo que me han hecho?
—No es traición si ellos dispararon primero, Elara —respondió él, acariciando mi mejilla con el dorso de su mano. El contacto fue eléctrico, peligroso—. ¿Qué dices? ¿Quieres ser la víctima de esta historia o quieres ser la reina que queme el puto tablero?
Lo miré fijamente. Vi mi reflejo en sus ojos cobaltos: una mujer envuelta en seda blanca, con el maquillaje corrido y la mirada encendida por un odio que no sabía que poseía. Una risa amarga escapó de mis labios.
—Joder... —murmuré, arrebatándole la copa de vino de la mesa—. Si voy a ir al infierno, más vale que yo sea la que lleve la antorcha.
Él sonrió, y por primera vez, no vi burla, sino un respeto oscuro.
—Esa es mi chica. Bienvenida a la realidad, Duquesa. Ahora, quítate ese vestido de mierda. Tenemos mucho trabajo que hacer y poco tiempo para dormir.
—No te hagas ilusiones, Duque —le advertí, bebiendo el vino de un trago—. Esto es solo un negocio. Si intentas tocarme, te cortaré los huevos mientras duermes.