Capítulo 17: La Inesperada Habilidad

1302 Words
—¡¿Pero qué cojones acaba de ser eso, Cillian?! —grité, pegándome a la pared húmeda mientras una ráfaga de aire gélido, que olía a carne quemada y azufre, nos pasaba por encima. —¡Cierra la boca y muévete, Elara! ¡Si te quedas ahí pasmada, las sombras no te van a preguntar cómo te sientes antes de arrancarte la garganta! —me rugió él, sin volverse. Bajábamos los escalones de piedra de dos en dos. La oscuridad no era normal; era densa, casi sólida, como si estuviéramos nadando en chapapote. De repente, algo chilló. Un sonido agudo que me taladró los oídos. Una figura amorfa, hecha de jirones de oscuridad y hambre, saltó desde el techo de la bóveda directamente hacia mí. —¡Cillian! —solté un alarido, alzando el puñal de luz azul, pero mis manos temblaban tanto que casi lo suelto. En un parpadeo, el aire silbó. No fue un movimiento humano; fue un rayo. Cillian desenvainó la espada que llevaba a la espalda con una fluidez que desafiaba la física. El acero no solo cortó el aire, sino que dejó un rastro de fuego blanco que iluminó las catacumbas por un segundo. La criatura se partió en dos antes de tocarme, disolviéndose en una ceniza negra que manchó mi vestido. —¿Te vas a quedar ahí admirando el paisaje o vas a usar ese maldito puñal? —me espetó, envainando y volviendo a sacar la hoja en un movimiento circular para mantener a raya a otras tres sombras que acechaban en las esquinas. —¡No me jodas, Cillian! ¡Esa cosa medía dos metros! —recuperé el aliento, sintiendo la adrenalina quemándome las venas—. ¿Desde cuándo te mueves así? Pareces una maldita máquina de matar. —¿Creías que la máscara y la reputación de sádico eran solo para decorar la sala de estar? —soltó una carcajada seca, mientras su espada trazaba un ocho perfecto en el aire, bloqueando un zarpazo invisible—. Mi padre no solo me dejó una maldición, Elara. Me dejó un entrenamiento que haría que los caballeros de tu padre parecieran niños jugando con palos. —Es... es jodidamente increíble —susurré, y para mi propia sorpresa, no era solo miedo lo que sentía. Verlo moverse era hipnótico. Cillian no peleaba como un bruto; era un bailarín de la muerte. Cada estocada era precisa, cada giro de su cuerpo aprovechaba la inercia para descargar golpes que hacían retumbar las paredes de piedra. Su espalda, ancha y tensa bajo el jubón de cuero, se movía con una gracia que contrastaba brutalmente con la violencia del momento. Me descubrí mordiéndome el labio, ignorando por un segundo el hecho de que estábamos a punto de morir. —¡Elara, a tu izquierda! ¡Mueve el culo! —su grito me sacó de mi trance. Una sombra me agarró del tobillo con una mano que se sentía como hielo seco. Solté un juramento que escandalizaría a cualquier duquesa y, siguiendo su ejemplo, hundí el puñal de luz en lo que parecía ser la cabeza del espectro. La criatura se evaporó con un alarido. —¡Eso es! —exclamó Cillian, dándose la vuelta y quedando a escasos centímetros de mí. Sus ojos tras la máscara brillaban con una intensidad eléctrica—. Sabía que tenías fuego en la sangre, no solo ambición. —No te acostumbres, Blackwood —le respondí, jadeando, pero no me alejé. El calor que emanaba de su cuerpo era lo único real en este agujero de mierda—. Pero tengo que admitirlo... ver cómo manejas esa espada es lo más excitante que me ha pasado en este castillo de locos. —¿Ah, sí? —su voz bajó un octava, volviéndose peligrosamente seductora a pesar del caos—. Entonces intenta no morir. Sería una lástima que te perdieras el resto de la función. Llegamos a una antecámara circular donde el suelo estaba grabado con runas que pulsaban en un rojo violento. En el centro, un pedestal de hierro sostenía lo que parecía ser una veta de cristal n***o que goteaba un líquido dorado. —¿Es eso? ¿Ese es el portal? —pregunté, acercándome con cautela. —Es el corazón del problema —dijo él, posicionándose frente a la puerta reforzada con cadenas—. Pero hay algo que no encaja. Las sombras se están retirando demasiado rápido. —¿Y eso no es bueno? —fruncí el ceño, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. —No. Solo se retiran cuando algo más grande reclama el territorio —Cillian se puso en guardia, su espada apuntando hacia la oscuridad del fondo del pasillo—. Quédate detrás de mí, Elara. Y pase lo que pase, no sueltes ese puñal. De las sombras no salió un monstruo, sino una figura que conocía demasiado bien. Un hombre con una capa de seda y una sonrisa que solía resultarme reconfortante, pero que ahora me revolvía el estómago. —¿Padre? —mi voz salió como un hilo. Julian Ravenscroft dio un paso hacia la luz, sosteniendo un relicario que brillaba con la misma energía oscura que las paredes. No parecía el hombre asustadizo y pelele que Cillian había descrito. Parecía un hombre que finalmente había encontrado su tesoro. —Vaya, Elara. Veo que al final has servido para algo más que para asegurar una alianza —dijo mi padre, con una frialdad que me heló los huesos—. Traerme la "llave" hasta el mismo corazón de la veta... has superado mis expectativas. —¿De qué cojones estás hablando, Julian? —rugió Cillian, dando un paso al frente con la espada en alto—. Largo de aquí antes de que te corte en pedacitos. —No seas rústico, Cillian —mi padre soltó una risita desagradable—. ¿De verdad creías que yo no sabía lo que había aquí abajo? Tu primera esposa no se volvió loca por el diario. Se volvió loca porque *yo* le dije cómo usarlo. Ella falló porque era débil. Pero mi hija... mi pequeña y ambiciosa Elara... ella tiene la voluntad necesaria para abrir el portal y dejar que el oro fluya de verdad. —¿Me vendiste a este hombre sabiendo que me ibas a usar de sacrificio? —sentí que la rabia sustituía al miedo. El puñal en mi mano empezó a vibrar—. ¡Eres un hijo de puta! —Soy un hombre de negocios, querida —respondió él, alzando el relicario. De repente, el suelo tembló. No era un terremoto, era algo que tiraba de nosotros hacia abajo. Cillian intentó abalanzarse sobre Julian, pero una barrera de energía lo lanzó hacia atrás, estrellándolo contra las piedras. —¡Cillian! —grité, corriendo hacia él. Él se levantó, escupiendo sangre, y me miró con una mezcla de furia y una extraña admiración. Se ajustó la máscara, que se había agrietado por el impacto. —Escúchame, Elara —me agarró de los hombros, ignorando a mi padre—. No es un sacrificio de muerte lo que quiere. Es tu voluntad. Si le entregas tu miedo, él gana. Tienes que usar lo que viste ahí arriba. Esa "zorra ambiciosa" que no se detiene ante nada. —No sé si puedo hacerlo, Cillian —mis manos temblaban. —Sí puedes —él tomó mi mano y la puso sobre la empuñadura de su espada, cubriéndola con la suya. El contacto fue como una descarga eléctrica—. Siente el acero. No es solo metal, es una extensión de quién eres. Tú no eres una víctima, eres la dueña de este maldito lugar. Ahora, levántate y demuéstrale a ese viejo de mierda que las Ravenscroft no se arrodillan.
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