Cuando cerré la puerta del salón con un portazo frío y resonante que hizo temblar los cuadros de mis ancestros, escuché a Madame Seraphina susurrar para sí misma, con un tono temeroso.
—Esta niña... no sabe con quién está jugando realmente. El duque la destruirá.
Sola en mi habitación, me senté frente al espejo y me hice una promesa: no dejaría que mi historia fuera escrita por otros nunca más. Esta vez, yo tomaría el control total de mi destino, aunque tuviera que pactar con el mismísimo diablo.
Minutos después, salí de mi cuarto con paso firme y decidido. Necesitaba aire fresco para despejar mi mente completamente de la ponzoña familiar. Al bajar por el pasillo, las escuché claramente de nuevo. Lysandra seguía sollozando en la sala, como si el mundo se le estuviera desmoronando encima.
—¿Todavía llorando, Lys? —pregunté desde el umbral, mi voz cortante como una cuchilla. La dejé literalmente congelada en su sitio—. ¿Qué es lo que buscas ahora? ¿Qué me arrastre por el suelo y te pida perdón por salvarte el pellejo? Porque, pensándolo bien, lo haré. Haré el papel de mártir si eso te hace sentir mejor.
Lysandra me miró, sus ojos todavía brillaban con esas lágrimas falsas y vacías que tanto odiaba. Se adelantó hacia mí con una falsa ternura engañosa, intentando tomar mis manos.
—¡Oh, Elara! ¡Eres tan valiente e increíble! ¡En el fondo sabía que harías lo correcto, que salvarías a esta familia rota! Eres nuestro ángel caído, nuestra redención.
Fruncí el ceño, observándola. Parecía un ángel, pero yo sabía que era más demonio que cualquier ser del inframundo.
—No lo hago por ti, Lysandra. No te equivoques ni por un segundo. Lo hago por mí, para acabar con esta puta mierda absurda y salir de aquí. Para que no me usen más como una maldita marioneta inútil en sus juegos de estatus. ¿Está claro?
Ella retrocedió, sorprendida por mi intensidad inesperada y cruel. No estaba acostumbrada a que le arrancaran la máscara con tanta violencia.
—Deja de actuar ya, eso me cansa mucho y me agota el alma —dije mientras me sentaba en un diván gastado. Mi voz goteaba un veneno venenoso y concentrado—. Vos y mamá se alimentan del drama y de las mentiras falsas. Son parásitos de la tragedia. Pero yo voy a hacer esto a mi manera, o no se hará nunca.
Los días que siguieron fueron un desfile interminable de apariencias vacías y mentiras crueles. En la casa, yo me volví invisible. Me ignoraban mientras planeaban banquetes y festejaban la “salvación” fingida que mi desgracia les proporcionaba. Me trataban como a un fantasma que ya no pertenecía al mundo de los vivos.
Una noche, mi madre apareció en mi habitación. No traía lágrimas reales esta vez, solo un cálculo frío y matemático en su mirada. Se acercó a mi cama y me susurró con un tono superficial que me heló la sangre:
—No seas idiota, Elara. Ese duque es un monstruo horrible, se dice que hace cosas impensables en la oscuridad de su mansión. No esperes nada de él, jamás. Y si te toca... no te resistas, por favor. Es el precio que pagamos por esa dote maldita. Hazlo con una dignidad falsa, mantén el apellido en alto mientras te marchitas.
La miré fija a los ojos, sintiendo cómo la última gota de ilusión se quemaba en mi pecho helado.
—¿Eso es lo que realmente deseas para mí, madre? ¿Una vida de miseria, abusos y resignación eterna? —pregunté. Mi voz no tembló; era cortante y firme.
Madame Seraphina bajó la cabeza y murmuró con una pena fingida que ya no me engañaba:
—Solo quiero que seas una buena esposa perfecta. Por el bien de todos nosotros, Elara. El sacrificio de una es la vida de las demás.
Asentí en silencio, pero mi corazón se había transformado en una piedra fría y pesada. Esa noche me dormí deseando, con todas mis fuerzas, que el maldito mañana nunca llegara jamás, que el tiempo se detuviera en la oscuridad.
Sin embargo, el amanecer llegó con una crueldad radiante. El vestido de novia, blanco como un sudario fúnebre, estaba extendido sobre mi cama mesurada. La doncella entró para ayudarme a vestirme; sus manos temblaban de puro nerviosismo y miedo. Ella sabía lo que yo sabía: me estaban entregando a la boca del lobo.
—¿Está segura de esto, mi señora? —preguntó en un susurro casi inaudible, cargado de una culpa preocupada.
No le contesté. No había palabras que pudieran cambiar mi realidad. Solo me miré al espejo y vi a una extraña: pálida, con los ojos vacíos tras un velo de encaje que funcionaba como una barrera impenetrable. Era el símbolo de todo lo que estaba perdiendo, pero también de la máscara que empezaría a usar.
Mi padre, ese hombre distante y silencioso que siempre parecía estar en otro lugar, me esperaba tras la puerta cerrada. No hubo un abrazo, ni una palabra de aliento.
—El carruaje está listo —dijo con su voz habitual, gélida y desprovista de cualquier calor humano. Sin un gesto de cariño, sin rastro de afecto ni amor paternal.
Subí al carruaje y el silencio que se instaló entre nosotros fue más pesado que cualquier discurso falso que hubieran podido pronunciar. Nadie habló durante el trayecto. Nadie se atrevió a romper la tensión que vibraba en el aire. Sentía cómo mis pies se movían casi sin voluntad propia, como si fuera una prisionera marchando hacia su ejecución en aquel juego sucio y desagradable de la alta sociedad.
—¿Y si no quiero esto ahora? —murmuré para mí misma, tan bajo que el ruido de las ruedas contra el empedrado lo ahogó—. ¿Y si todo está jodido y realmente no tiene vuelta atrás?
El carruaje avanzó con paso inexorable. Mientras cruzábamos el umbral hacia los terrenos de la mansión oscura del duque, el cielo comenzó a cambiar. Se volvió oscuro, pesado y profundamente amenazante, como si la naturaleza misma estuviera advirtiéndome del peligro.
—Esto no es un matrimonio como ellos dicen —pensé, sintiendo mi alma atrapada y rota en mil pedazos—. Es una condena sin escapatoria alguna.
De repente, un trueno retumbó en el horizonte, un anuncio fuerte y violento de que nada en mi vida volvería a ser como antes. Nada sería como yo esperaba jamás.
Apreté los puños bajo el encaje de mis guantes, jurando para mis adentros que, pasara lo que pasara, no sería una víctima más en esta historia de traiciones.
En ese instante exacto, comprendí que la tormenta no solo estaba afuera, golpeando los cristales del carruaje; la tormenta más grande y destructiva estaba naciendo dentro de mí, lista para arrasar con todo el que intentara pisotearme de nuevo.