Capítulo 3.- El Tablero de Sombras

1286 Words
Las nubes se movieron sobre nosotros como gigantes de plomo, y un escalofrío violento me recorrió el cuerpo entero. Las mansiones del duque eran exactamente como los rumores las describían: imponentes, oscuras y cargadas de un aura de tragedia que se te pegaba a la piel. Los muros de piedra, asfixiados por una hiedra espesa y negruzca, parecían querer abrazar el cielo para ocultar el sol, mientras las ventanas, cerradas y opacas, me daban la impresión de que no quedaba ni un rastro de vida o calidez en aquel interior de roca. El carruaje se detuvo con un chirrido seco. Un mayordomo de rostro severo, cuya piel parecía de pergamino viejo, me recibió al pie de la escalinata. —Bienvenida, mi señora —dijo. Su voz carecía de cualquier emoción humana; era un autómata al servicio de una casa muerta. Seguí al hombre hacia el interior con el corazón martilleando contra mis costillas. Mis ojos recorrieron las paredes de mármol frío, las pinturas antiguas cuyos retratos parecían seguirme con la mirada, y los tapices desgarrados que colgaban como jirones de una gloria olvidada. Había una presencia de melancolía y oscuridad que se sentía físicamente en el aire, una densidad que dificultaba la respiración. Los invitados eran pocos, apenas un puñado de sombras con rostros de solemnidad funeral, reunidos en una habitación pequeña que olía a incienso y humedad. El mayordomo anunció que la ceremonia comenzaría en unos minutos. Vi a la gente prepararse con una rigidez espantosa, como si en lugar de una boda estuviéramos asistiendo a un entierro de primera clase. Y entonces, empezó la música. No era una marcha nupcial; era una melodía fúnebre, una canción sin vida, sin emoción, que se arrastraba por el suelo del salón. Sentí un nudo amargo en la garganta, pero me obligué a tragarlo. Mi padre me ofreció su brazo. Su toque era distante, mecánico. Me condujo hacia el altar mientras sentía las miradas de lástima y sorpresa de los presentes. No les presté atención. Mis ojos estaban fijos, clavados en la figura que me esperaba al final del pasillo. El duque era un hombre alto, una silueta imponente envuelta en una capa oscura que parecía absorber la poca luz que entraba por los ventanales. Sus manos, cubiertas por guantes de cuero n***o, estaban entrelazadas al frente. Pero lo que me dejó paralizada fue su rostro: estaba oculto tras una máscara de plata, un velo de metal frío que le daba un aspecto inhumano. A través de los pequeños orificios de la máscara, pude ver sus ojos. Eran increíblemente intensos, brillantes como brasas en mitad de la noche, aunque era imposible distinguir un solo rasgo de su cara. La máscara, pensé, era el signo definitivo de su deformidad, el símbolo de la monstruosidad que todos mencionaban. Los rumores eran ciertos: el duque era un ser desfigurado que no podía mostrarse al mundo. El sacerdote comenzó a leer los votos con una voz monótona y gélida. Yo no escuché ni una sola palabra. Mi mente estaba a kilómetros de allí, preguntándome qué tipo de vida me depararía aquel infierno. Imaginé un matrimonio con un hombre que me despreciaría, una existencia de soledad y dolor entre muros de piedra. Finalmente, cuando el sacerdote nos declaró marido y mujer, la ceremonia terminó sin júbilo. Los invitados aplaudieron de forma cortés y se marcharon rápidamente, huyendo de aquella casa como si temieran que la oscuridad del duque fuera contagiosa. El mayordomo me condujo a mi nueva habitación. Era una estancia enorme, de techos altos, oscuros y gélidos. El duque ya estaba allí, de pie en un rincón, observándome en silencio. Sus ojos, tras la plata de la máscara, me escrutaban con una fijeza que me hizo estremecer. No sabía qué hacer ni qué decir. El silencio se prolongó durante lo que pareció una eternidad, hasta que él hizo un gesto leve con la cabeza. —Puedes sentarte, mi señora —dijo. Su voz era tan profunda y resonante que sentí la vibración en mis propios huesos. Me senté en el borde de la cama, agarrando las sábanas con manos que temblaban de puro miedo. Él no se movió. Se quedó allí, como una estatua de ébano y plata. Finalmente, el silencio se rompió cuando él comenzó a quitarse los guantes de cuero. Luego, llevó sus manos a la máscara. Me preparé para lo peor. Cerré los puños, esperando ver la carne quemada, el rostro desfigurado o las cicatrices que las leyendas describían. Pero lo que vi cuando el metal se apartó me dejó sin aliento. El hombre era apuesto. No, apuesto era una palabra insuficiente. Tenía una belleza tan perfecta y devastadora que me hizo temblar más que el miedo. Pero no era solo su aspecto lo que me desconcertó, sino la expresión de su rostro: tenía la mirada de un depredador que acaba de acorralar a su presa y una sonrisa que era puramente malvada. Se quitó las capas de su disfraz, revelando que todo aquel teatro de la fealdad era una mentira. —Tú… no puedes… —logré balbucear, sintiendo que el mundo giraba. Él se echó a reír. Fue un sonido grave, un retumbo que sacudió la habitación. Se acercó a mí con la elegancia de un lobo, manteniendo esa mirada de cazador. Yo retrocedí un paso, presionando mi espalda contra la pared fría, buscando un apoyo que no existía. —Parece que tenemos malentendidos entre nosotros, Elara —dijo con una malicia que goteaba en cada sílaba. Avanzó hacia mí con una calma inquietante. Cada uno de sus pasos resonaba en la habitación como una sentencia. Su sonrisa persistía, una mezcla de burla y amenaza velada que me hacía sentir pequeña, pero al mismo tiempo encendía una chispa de rabia en mi interior. —¿Crees que esta máscara puede ocultar quién soy? —murmuró, inclinándose hacia mí—. La verdad siempre sale a la luz. Igual que tú ahora estás aquí, atrapada en una prisión que ni siquiera eres capaz de ver todavía. Apreté los puños. Quería gritar, quería correr lejos de ese hombre que jugaba con mis miedos, pero mi garganta estaba seca. Todo mi hastío, toda la furia que había acumulado contra mi madre y mi hermana, estalló en un solo pensamiento: esto no era un matrimonio, era una batalla por mi propia supervivencia. Entonces, el duque se detuvo y bajó la voz hasta convertirla en un susurro peligroso. —Pero no te equivoques, pequeña reina… no soy el monstruo que todos imaginan. Soy quien controla las piezas de este juego, y tú, querida Elara, acabas de entrar en el tablero por la puerta grande. Inhalé hondo, buscando aire en la oscuridad que nos envolvía. No iba a dejar que me intimidara. Ya no me quedaba nada que perder. —No seré tu víctima —le dije, y me sorprendió la firmeza de mi propia voz—. Ni seré la carta que uses para salvar o destruir a mi familia rota. Soy mucho más que un simple peón en tu tablero, Duque. Él volvió a reír, pero esta vez había algo distinto en el sonido. Admiración. Admiraba ese fuego que yo no podía apagar. —Ese es el espíritu que me gusta —respondió—. Tal vez, después de todo, tú también puedas ser una reina bajo mi sombra. —No busco sombra alguna —afirmé, levantándome con decisión y enfrentándolo cara a cara—. Busco ser dueña de mi propio destino. Y no necesito un trono construido sobre tus mentiras y tu miedo. Él sonrió, esta vez sin rastro de malicia, sino con un respeto silencioso y gélido. —Entonces, este juego será mucho más interesante de lo que esperaba.
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