—¿Pero qué carajos haces aquí, Elara? Deberías estar escondida en un rincón, lamiéndote las heridas o rezando para que esa bestia no te devore las entrañas —la voz de Lysandra me golpeó como un latigazo nada más poner un pie en el salón principal de los Ravenscroft.
Me detuve en seco, ajustando los guantes de seda de mi vestido rojo sangre. Cillian se había quedado en el carruaje, dándome "espacio" para mi entrada triunfal, aunque sabía que el muy bastardo me estaba vigilando desde las sombras.
—Vaya, Lysandra. Qué bienvenida tan jodidamente cálida —respondí, esbozando una sonrisa que practicamos frente al espejo—. ¿Te decepciona verme entera? ¿O es que te molesta que no huela a podrido?
Mi hermana dio un paso hacia mí, con los ojos inyectados en una mezcla de odio y una envidia que casi podía masticarse. Lucía un vestido azul pálido, el color de la inocencia que ya sabía que no poseía.
—Mírate... ese vestido es una obscenidad. ¿De dónde lo sacaste? ¿Lo robaste del cadáver de alguna de las amantes anteriores del Duque? —se burló, acercándose para inspeccionar la tela—. Estás radiante para ser una mujer que fue vendida por un puñado de monedas. Pobre tonta, ¿crees que el lujo compensa el horror de compartir cama con un engendro?
—El "engendro", como tú lo llamas, tiene más clase en un dedo que Julian en todo su cuerpo —le espeté, disfrutando del destello de rabia en su mirada al mencionar a su amante—. Y créeme, hermana, lo que sucede tras las puertas de Blackwood es mucho más... estimulante de lo que imaginas.
—¡Mentirosa! —siseó ella, agarrándome del brazo con fuerza—. Sé que estás aterrada. Sé que ese monstruo te obliga a fingir. Papá dice que no durarás un mes. Que te volverás loca en ese castillo de mierda.
—Pues papá se equivoca, como siempre —me solté de su agarre con un movimiento seco—. Y tú deberías lavarte la boca antes de hablar de mi marido. Al menos él no tiene que esconderse en las sábanas de su cuñada para sentirse un hombre.
Lysandra palideció. El silencio que se formó entre las dos fue tenso, cargado de una electricidad peligrosa.
—¿Qué has dicho? —preguntó con la voz temblorosa.
—Lo sé todo, Lysandra. Sé lo de Julian. Sé lo del pago. Y sé que mientras yo estaba aterrada pensando en mi boda, tú estabas celebrando mi desgracia entre sus brazos.
Ella soltó una carcajada estridente, una que no tenía nada de la dulzura que fingía ante la corte.
—¿Y qué vas a hacer, Elara? ¿Llorar? Julian nunca te quiso. Eras el trámite necesario para que nosotros pudiéramos ser libres. Eres la oveja del sacrificio, y lo mejor es que ni siquiera el Duque te va a salvar. Él es un verdugo, idiota. ¿Crees que eres especial? Solo eres su nueva mascota.
—Si soy una mascota, tengo los dientes muy afilados —le susurré al oído, acercándome lo suficiente para oler su perfume barato—. Vigila tu cuello, hermana. Porque el infierno que esperabas para mí, te lo voy a devolver multiplicado por diez.
En ese momento, la puerta del salón se abrió de par en par. El heraldo ni siquiera tuvo tiempo de anunciar su llegada.
Cillian entró con la máscara puesta, esa maldita máscara de hierro que lo hacía parecer un demonio surgido de las pesadillas.
La sala entera se quedó en un silencio sepulcral. Los invitados retrocedieron como si se hubiera soltado un lobo en un corral.
Él caminó hacia mí con una seguridad depredadora. Lysandra se encogió, ocultándose tras un pilar, el miedo ganándole por fin a la soberbia.
—Duquesa —dijo Cillian, su voz resonando profunda y metálica bajo el hierro—. ¿Te está molestando esta rata de alcantarilla?
—Solo estábamos recordando viejos tiempos, querido —respondí, rodeando su brazo con el mío. Sentí sus músculos tensos, listos para la acción—. Lysandra estaba preocupada por mi bienestar.
Cillian se giró hacia mi hermana. Aunque no se le veían los ojos tras las ranuras de la máscara, pude sentir la presión que ejercía sobre ella.
—¿Preocupada? Qué conmovedor —Cillian dio un paso hacia ella, y Lysandra casi se cae de espaldas—. Es una lástima que la preocupación no pague las deudas de juego de tu padre, ¿verdad? O las facturas de los burdeles que frecuenta tu pequeño amante, Julian.
—Usted... usted no sabe nada —balbuceó Lysandra, temblando como una hoja.
—Lo sé todo —sentenció Cillian—. Sé quién dispara y quién pone el pecho. Y si vuelvo a ver que tocas a mi esposa, te aseguro que la próxima vez que veas a Julian, será para reconocer su cuerpo en la morgue. ¿Ha quedado claro, basura?
Lysandra no respondió. Salió corriendo del salón, sollozando de pura humillación y pánico.
Me giré hacia Cillian, todavía con la adrenalina disparada.
—Eso ha sido... intenso. Pero no estaba en el plan que la amenazaras de muerte tan pronto.
—Me aburría en el carruaje —respondió él, y aunque la máscara ocultaba su rostro, supe que estaba sonriendo—. Además, las ratas solo entienden el lenguaje de la bota. ¿Lista para el plato principal?
—Julian —murmuré, buscando entre la multitud.
—Julian —confirmó él—. Pero antes de ir por él, recuerda nuestro trato, Elara. Las apariencias lo son todo. Si quieres que el mundo crea que eres la reina de este desastre, tienes que actuar como si este monstruo fuera lo mejor que te ha pasado en la puta vida.
—A veces —susurré, mientras caminábamos hacia el centro de la pista bajo la mirada de todos—, casi me convences de que es verdad.
—No te acostumbres, Duquesa. Recuerda lo que viste en mi tablero.
Esa palabra volvió a resonar en mi cabeza: *Objetivo*. Mientras empezaba a sonar la música y Cillian me tomaba por la cintura para iniciar el baile, una duda me quemaba por dentro. ¿Estaba usando a mi familia para llegar a él, o él me estaba usando a mí para terminar algo que empezó hace diez años?
—Cillian —le dije en voz baja mientras girábamos—. ¿Por qué Lysandra me miraba con tanto odio, más allá de la envidia? No era solo por Julian. Era como si me tuviera miedo.
Él se inclinó, su máscara rozando mi frente.
—Porque ella sabe la verdad sobre tu madre, Elara. Sabe que no eres una Ravenscroft de sangre. Sabe que eres la razón por la que Blackwood y tu familia están unidos por una cadena de cadáveres.
El mundo volvió a girar, pero esta vez no fue por el baile.
—¿Qué carajos acabas de decir? —le espeté, deteniéndome en seco en medio de la pista.
—Sigue bailando, maldita sea —siseó él—. Julian nos está mirando. Sonríe y finge que te acabo de decir que te amo. Te lo contaré todo cuando estemos solos, pero por ahora... prepárate. Tu "amante" viene hacia aquí con cara de querer pedir una explicación.
Y ahí estaba él. Julian. Caminando hacia nosotros con una copa en la mano y una máscara de indignación que me daban ganas de arrancarle a puñetazos.
—¿Qué giro inesperado sigue ahora, Cillian? —pregunté, forzando una sonrisa radiante mientras Julian se detenía frente a nosotros.
—El que tú decidas provocar, Elara. Tú llevas la antorcha, ¿recuerdas?
Miré a Julian, luego a la máscara de hierro de mi marido, y sentí que el puñal bajo mi liga pesaba más que nunca. La farsa acababa de subir de nivel, y yo estaba a punto de descubrir que en esta familia, la sangre no era lo único que nos unía; nos unía el crimen.