No era una bodega. Era una sala de guerra. Mapas, nombres de nobles tachados con tinta roja, y en el centro, una mesa con un artefacto que no logré identificar.
—¿Qué es esto? —pregunté, acercándome a un tablero donde colgaban retratos. Entre ellos, vi el de mi padre. Y el de Julian. Y el del... ¿Rey?
—El Rey no es más que un títere de tu padre y de otros tres hombres —explicó Cillian, moviéndose entre las sombras como si fuera parte de ellas—. Controlan el puerto, el grano y la justicia. Blackwood es el único territorio que no han podido tocar porque creen que estoy demasiado ocupado escondiendo mi supuesta deformidad.
—¿Y el trato con mi madre? —pregunté, señalando mi propia foto en el tablero.
—Fue una trampa. Tu madre pensó que me estaba vendiendo a su hija problemática para silenciarte. Yo sabía que me estaba entregando la llave de la caja fuerte de los Ravenscroft. Tú eres el caballo de Troya, Elara.
—Me usaste —dije, sintiendo una punzada de rabia—. Igual que ellos.
—No —él me agarró de los hombros y me obligó a mirar el tablero—. Ellos te usaron para deshacerse de ti. Yo te uso para que te vengues. Hay una puta diferencia.
De pronto, un sonido metálico resonó en el piso de arriba. Cillian se tensó al instante. Sacó una daga de su bota con una fluidez aterradora.
—Quédate aquí. No hagas ni un puto ruido.
—¿Qué pasa? —susurré, sintiendo el pánico subir por mi garganta.
—Tenemos visitas que no esperaban que volviéramos tan pronto.
Se deslizó hacia las escaleras y desapareció. Me quedé sola en ese laberinto de secretos. Mi curiosidad, siempre mi mayor defecto, me llevó hacia el escritorio de Cillian. Había una caja de madera pequeña, cerrada con un candado de plata.
—A la mierda el silencio —murmuré. Agarré un abrecartas y, tras forcejear unos segundos, el candado saltó.
Dentro no había joyas ni dinero. Había una máscara de hierro, tosca y oxidada. Y una carta vieja. Mis ojos recorrieron las líneas.
*"Hijo, la maldición no es la sangre, es el nombre. Lleva la máscara para que no vean tu debilidad. Si descubren que eres como nosotros, te matarán antes de que puedas heredar."*
—¿Como nosotros? —susurré.
—Te dije que no tocaras nada —la voz de Cillian llegó desde las sombras, cargada de un peligro que me hizo saltar.
Regresaba con la camisa manchada de sangre fresca. En su mano derecha llevaba una oreja humana. La soltó sobre la mesa como si fuera un desecho.
—¿Qué coño es eso? —pregunté, retrocediendo.
—Uno de los hombres de Julian. Parece que no podía esperar a mañana para ver si seguías viva.
—Cillian... la carta... —señalé la caja abierta.
Él se detuvo en seco. Sus ojos se oscurecieron hasta volverse negros. Se acercó a mí con una lentitud que me heló la sangre.
—¿Quieres el giro inesperado, Elara? ¿Quieres saber por qué Blackwood es un laberinto?
—Dímelo —lo reté, apretando la carta contra mi pecho.
—Mi padre no murió de causas naturales. Yo lo maté. Y lo hice porque él quería que yo fuera el monstruo que todos creen que soy. Quería que siguiera con el negocio de tu padre. Quería que fuera un asesino sin rostro.
—Pero... tú eres un asesino —dije, señalando la oreja sobre la mesa.
—Soy un verdugo —corrigió él, acortando la distancia—. Mato a las ratas. Mi padre mataba a los inocentes. La máscara que ves ahí es la que él me obligaba a usar cuando era niño para que nadie viera mis lágrimas mientras aprendía a torturar.
Sentí que el suelo desaparecía. El hombre apuesto, el estratega, el "monstruo"... todo era una construcción para sobrevivir a una oscuridad mucho mayor.
—Entonces, ¿qué somos nosotros ahora? —pregunté, mi voz apenas un suspiro.
Cillian me quitó la carta de las manos y la lanzó a una pequeña estufa de carbón. Vio cómo se consumía antes de volver a mirarme.
—Somos los que van a prenderle fuego a este reino, Duquesa. Pero antes... hay algo que Julian me dijo antes de que su hombre muriera.
—¿Qué?
—No te vendieron solo por silencio, Elara. Te vendieron porque tú sabes algo que ni siquiera tú misma recuerdas. Algo sobre el asesinato de la Reina hace diez años. Tu padre cree que lo viste.
Me quedé petrificada. Los recuerdos de mi infancia eran borrosos, una neblina de fiestas y gritos.
—Yo no... yo no vi nada.
—Tu subconsciente dice lo contrario. Por eso Julian intentó matarte esta noche. No te quieren lejos, Elara. Te quieren bajo tierra.
Me echaron a reír. Una risa histérica, cargada de bilis.
—Joder. Mi vida es una puta broma de mal gusto. Mi amante intenta matarme, mi padre es un traidor y mi marido es un psicópata con cara de ángel que guarda orejas en su despacho.
Cillian soltó una carcajada seca y me agarró por la cintura, pegándome a él.
—Bienvenida al club. Ahora, quítate esa máscara de víctima y prepárate. Mañana en el baile, Julian va a intentar terminar el trabajo.
—Que lo intente —dije, hundiendo mis dedos en su camisa manchada de sangre—. Le voy a escupir en la cara antes de que tú le cortes el cuello.
—Esa es mi chica —susurró él, y por primera vez, sus labios rozaron los míos. Fue un beso que sabía a hierro, a peligro y a una promesa de caos absoluto.
Me aparté, respirando con dificultad.
—No te confundas, Cillian. Esto sigue siendo un negocio.
—Por supuesto —sonrió él, limpiándose un rastro de sangre de la mejilla—. Pero quién dice que los negocios no pueden ser placenteros. Ahora, vete a dormir. Mañana tenemos que comprar un vestido que diga "estoy aquí para verlos morir".
—Que sea rojo —dije mientras subía las escaleras—. Como la sangre de Julian.
Cillian se quedó abajo, en la penumbra de su laberinto, mirándome con una expresión que no logré descifrar. Por primera vez en mi vida, no tenía miedo de lo que acechaba en la oscuridad. Porque ahora, la oscuridad era yo.