—No esperaba menos —rió él, dándose la vuelta—. Pero antes de empezar... hay algo que debes saber. Lysandra no está llorando en casa por ti. Está en la cama de tu amante, celebrando que por fin te has ido.
El mundo pareció detenerse. ¿Mi amante? ¿Julian? Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué has dicho? —pregunté, la voz apenas un hilo.
—Julian —repitió él, con una frialdad absoluta—. Él también estaba en el trato. Le pagaron para que te convenciera de que este sacrificio era lo mejor.
La última pieza del velo cayó. No quedaba nada. Ni amor, ni familia, ni lealtad. Solo quedábamos este hombre misterioso, yo y una sed de venganza que iba a reducirlo todo a cenizas.
—Mañana —dije, apretando la copa hasta que mis nudillos blanquearon—, mañana empezaremos a matarlos a todos.
Él asintió, y en la oscuridad de la habitación, supe que mi vida de doncella había terminado. Había nacido la Reina del Desastre, y no iba a tener piedad de nadie.
—Julian me amaba —mi voz se quebró, pero me obligué a sostenerle la mirada—. Él iba a pedir mi mano. Me prometió que huiríamos si este matrimonio se concretaba.
El Duque soltó un suspiro de fastidio, como si estuviera explicándole algo obvio a una niña pequeña.
—¿Y dónde está ahora, Elara? ¿Vino a rescatarte? ¿Está fuera de estos muros con un caballo y una espada? No. Está en la mansión de los Ravenscroft, brindando con el dinero de tu dote.
—¡Mientes! —insistí, aunque el corazón me pesaba como un bloque de plomo.
—¿Quieres pruebas? —Él caminó hacia el escritorio y sacó un sobre lacrado con el sello de tu familia. Lo lanzó sobre la cama—. Léelo. Es la carta de agradecimiento de Julian a tu madre. Agradece el "bono por servicios prestados" al haber mantenido tus esperanzas altas hasta el día de la boda.
Mis dedos temblaron cuando rompí el sobre. La caligrafía era inconfundible. La curva de la "J", el aroma a tabaco que siempre desprendía su papel... era él. "Elara ha aceptado el destino sin sospechar nada. El Duque ha sido un espantapájaros útil. Espero mi pago en la dirección de siempre".
Sentí un vacío helado en el pecho. Me senté en el borde de la cama, rodeada de seda y encaje que ahora me parecían ortigas.
—¿Por qué me dices esto? —susurré—. Podrías haberme dejado vivir en el engaño. Habría sido una esposa más dócil.
—No necesito una esposa dócil —respondió él, acercándose y obligándome a levantar la barbilla con un dedo—. Necesito un arma. Y las armas no funcionan bien si creen que tienen algo que proteger en el bando enemigo. Ahora estás sola. No tienes a Julian, no tienes a Lysandra, no tienes a tu madre. Me tienes a mí.
—Tenerte a ti es como estar abrazada a una tumba —espeté, apartando su mano de un golpe.
—Exactamente. Y desde la tumba es desde donde mejor se planea un funeral.
Me puse en pie, ignorando las lágrimas que amenazaban con volver. El odio es un combustible mucho más eficiente que el amor.
—¿Cuál es el primer paso? —pregunté, mi voz ahora fría como el acero.
Blackwood sonrió. Esa sonrisa era una herida abierta en su rostro perfecto.
—Tu padre tiene un libro de contabilidad. No el oficial que enseña a la Corona, sino el que guarda en la caja fuerte tras el retrato de tu abuelo. Ahí están los registros de la trata de esclavos y el contrabando de opio. Necesito que me digas la combinación.
—Mi padre cambia la clave cada mes —respondí, pensando rápido—. Usa fechas de nacimientos de personas que odia para no olvidarlas. Pero no me la sé de memoria.
—Entonces tendremos que ir a buscarla.
—¿A la mansión? ¿Ahora? Me acabo de casar contigo. Si me ven allí, pensarán que he escapado de la "bestia".
—No irás como Elara —dijo él, yendo hacia un armario oculto en la pared—. Irás como lo que ellos creen que soy yo. Una sombra.
Sacó un traje de cuero n***o, ajustado y práctico, y una máscara que cubría solo la parte superior del rostro.
—Póntelo. Salimos en diez minutos por el pasadizo de la servidumbre.
—Espera —lo detuve cuando iba a salir—. Todavía no sé cómo llamarte. "Duque de Blackwood" es demasiado largo para alguien que va a ayudarme a quemar mi pasado.
Él se detuvo en el umbral. La luz de la luna entraba por el ventanal, dándole un aspecto espectral.
—Cillian —dijo simplemente—. Pero solo cuando estemos matando a alguien. En público, sigo siendo tu monstruo.
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El trayecto por los túneles fue un borrón de humedad y silencio. Salimos a los jardines de mi antigua casa. Todo parecía igual: los rosales, el olor a jazmín... pero para mí, era territorio enemigo.
—Entra por la ventana de la biblioteca —susurró Cillian, pegado a mi espalda—. Yo me encargaré de los guardias del pasillo. Tienes cinco minutos.
—¿Cinco? Mi padre es un paranoico, tardaré más.
—Cuatro minutos, entonces. No me hagas perder el tiempo, Duquesa.
Trepar por la hiedra con el traje de cuero fue más fácil de lo que esperaba. Entré en la biblioteca. El olor a tabaco de mi padre me revolvió el estómago. Fui directa al retrato del abuelo. Moví el marco. La caja fuerte estaba ahí, fría y plateada.
Probé con la fecha de muerte de mi madre biológica. Nada. Probé con la fecha en que mi madrastra, Seraphina, se casó con él. Nada.
—Piensa, Elara, piensa —murmuré—. ¿A quién odia más que a nadie?
De repente, lo recordé. Su hermano mayor, el que debía heredar y al que él "accidentalmente" empujó por un balcón hace veinte años. Marqué la fecha. *Clic.*
La puerta se abrió. Cogí el libro de cuero rojo y lo escondí bajo mi traje. Pero cuando me giré para salir, la puerta de la biblioteca se abrió de par en par.
—¿Quién anda ahí? —La voz era joven, familiar. Julian.
Me quedé helada en las sombras. Él entró con una vela, luciendo la misma camisa de seda que yo le había regalado por su cumpleaños. Detrás de él, apareció mi hermana Lysandra, con el camisón desabrochado y una risita triunfal.
—Seguro ha sido el viento, mi amor —dijo ella, rodeándole el cuello con los brazos—. Deja el libro. Mi padre no vendrá hasta mañana. Ahora que la tonta de mi hermana está encerrada con ese engendro, la casa es nuestra.
—Pobre Elara —rio Julian, besándole el cuello—. Siempre fue tan fácil de manipular. Creía que yo era su caballero de armadura brillante. Si supiera que cada beso me daba asco...
Sentí que la sangre me hervía. Estuve a punto de saltar sobre ellos, de usar mis uñas para arrancarles la traición de la cara. Pero una mano fuerte me agarró del hombro desde las sombras. Cillian.
—Todavía no —me susurró al oído. Su aliento era una advertencia—. Si los matas ahora, solo serán dos cadáveres. Si esperamos, serán dos mendigos suplicando por una muerte rápida.
—Me duele el pecho, Cillian —susurré, apretando los dientes para no gritar.
—Ese es el poder naciendo, Elara. Úsalo.