Capítulo 12: Un Gesto de Cortesía

1288 Words
—¡Suéltame, maldita sea! ¡Te he dicho que el vestido no cierra porque lo has cosido mal, no porque yo esté gorda! —grité, dándome la vuelta para encarar a la doncella, cuya cara de asco era más que evidente. Marta, una mujer de unos cuarenta años con ojos que destilaban veneno, soltó un bufido y dejó caer la tela pesada con desprecio. —Quizás si la "Duquesa" no pasara la noche retozando como una gata en celo, el cuerpo no se le hincharía tanto —escupió ella, cruzándose de brazos—. Total, todos sabemos que esto es un circo. Un título comprado con sangre y una zorra que sabe abrirse de piernas. Me quedé helada. La sangre me subió a las mejillas, no de vergüenza, sino de una furia ciega que me hizo buscar instintivamente el puñal en mi muslo. —¿Cómo me has llamado, pedazo de imbécil? —di un paso hacia ella, pero la puerta de la habitación se abrió con un estruendo que hizo vibrar las lámparas de cristal. Cillian estaba allí. Sin máscara, con la camisa entreabierta y esa cicatriz que le cruzaba la mejilla pareciendo más roja de lo habitual. Sus ojos, fríos como lápidas, pasaron de mí a la doncella en un segundo. —Repítelo —dijo él. Su voz no era un grito, era un susurro letal que cortaba el aire. Marta palideció, pero su arrogancia fue más fuerte. —Señor, solo decía que la señora es... difícil de vestir. No tiene los modales de una verdadera Ravenscroft y... —He dicho que repitas lo que dijiste antes —insistió Cillian, caminando hacia ella con una elegancia depredadora—. Lo de la zorra. Lo de abrirse de piernas. Adelante, quiero disfrutar de tu elocuencia una última vez. La doncella empezó a temblar. El aire en la habitación se volvió pesado, irrespirable. —Yo... yo no quise decir... —¡Cierra la puta boca! —rugió Cillian, golpeando la mesa de noche con el puño, rompiendo la madera—. ¿Crees que porque te pago un sueldo tienes derecho a escupir en la cara de la mujer que lleva mi nombre? ¿Crees que este castillo es una casa de vecindad donde puedes chismorrear como una puta barata? —¡Perdóneme, milord! ¡Por favor! —Marta se desplomó de rodillas, sollozando. Cillian se inclinó sobre ella, agarrándola del mentón con una fuerza que le hizo gemir. —No me pidas perdón a mí. Pídeselo a tu Duquesa. Y hazlo de rodillas, lamiendo el suelo que pisa, si es que quieres conservar la lengua. Me quedé muda, mirando la escena. Nunca nadie me había defendido así. En mi casa, mi padre se habría reído de los insultos de los criados si eso significaba humillarme. Pero Cillian... Cillian parecía dispuesto a quemar el mundo solo porque una empleada me había mirado mal. —Elara —me llamó él, sin quitarle la vista de encima a la mujer—. ¿Qué quieres que haga con ella? ¿La echamos a los perros o prefieres que le corte los dedos para que aprenda a coser en el infierno? Tragué saliva. El suspenso en la habitación era casi palpable. Marta me miraba con ojos de terror, suplicando. —Échala, Cillian —dije finalmente, recuperando la voz—. No quiero su sangre en mis alfombras. Solo quiero que desaparezca de mi vista antes de que le meta este puñal por el cuello. Cillian sonrió de una forma que me encogió el estómago. No era una sonrisa de alegría, sino de satisfacción oscura. Agarró a la doncella por el brazo y la arrastró hacia la puerta como si fuera una bolsa de basura. —Lárgate. Si vuelves a pisar estas tierras, te juro por los huesos de mis antepasados que lo último que verás será tu propio corazón fuera del pecho —la lanzó al pasillo y cerró la puerta de un golpe. Se hizo el silencio. Un silencio cargado de electricidad. Cillian se giró hacia mí, jadeando levemente. Se acercó despacio, y por primera vez, no retrocedí. Me quedé allí, con el vestido a medio abrochar, sintiéndome extrañamente protegida por el monstruo que todos temían. —¿Estás bien, Elara? —preguntó, su mano subiendo hacia mi rostro. Su tacto era cálido, sorprendentemente suave. —¿Por qué has hecho eso? —susurré—. Sabes que lo que dijo es lo que todos piensan. Sabes que lo nuestro es una farsa. —Nadie te falta al respeto bajo mi techo —gruñó, acortando la distancia entre nosotros hasta que sentí su aliento—. Nadie. Ni siquiera tú misma. Eres la Duquesa. Mi mujer. Y quien te insulte, me insulta a mí. —¿Es solo por tu orgullo, Cillian? ¿O hay algo más bajo esa armadura de odio? —le pregunté, clavando mis ojos en los suyos. Él se quedó callado un momento, y por un segundo, vi una chispa de algo humano, algo vulnerable, en su mirada. Me pregunté si detrás de ese rostro hermoso y letal había un hombre capaz de algo más que violencia. —Cállate y deja que te ayude con este maldito vestido —dijo, dándome la vuelta. Sus dedos rozaron mi espalda desnuda, enviando escalofríos por toda mi columna—. Tienes la piel de gallina. ¿Tienes miedo? —No es miedo —mentí, aunque mi corazón latía como un loco. Sus manos se detuvieron en la mitad de mi espalda. Suspiró profundamente. —Deberías tenerlo. Porque ahora que esa perra se ha ido, tengo que decirte algo que no te va a gustar. —¿Qué? —me giré rápidamente, quedando a escasos centímetros de su pecho. —Tu carta. La que Julian mostró en el baile —hizo una pausa, y su expresión se volvió de piedra—. Sabía que era una falsificación porque yo mismo intercepté la verdadera. La que escribiste anoche, Elara. El mundo dejó de girar. Mi mano fue directa a mi bolsillo. Estaba vacío. El papel que yo creía tener guardado... no estaba. —¿Cómo...? —balbuceé, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. Cillian sacó el trozo de papel arrugado de su propio bolsillo y lo encendió con una vela cercana, viéndolo arder con una calma aterradora. —Te lo dije, Duquesa. En este castillo, nada se mueve sin que yo lo sepa. Te defendí delante de todos porque eres mi propiedad, no porque confíe en ti. —Entonces, ¿por qué no me mataste ayer? —le espeté, recuperando mi fuego—. ¿Por qué seguir con este teatro si sabes que quería huir? Cillian me agarró por la nuca, obligándome a mirarlo. Su rostro estaba tan cerca que nuestras narices se rozaban. —Porque me diviertes. Porque eres la única persona en este puto mundo que se atreve a mirarme a los ojos sin temblar... al menos no demasiado. Y porque el plan ha cambiado. —¿Qué plan? —pregunté, con el corazón en la garganta. —Julian no ha venido solo por ti. Tu familia no te vendió solo por deudas. Hay algo en este castillo que ellos quieren, y tú vas a ayudarme a descubrir qué es —me soltó y caminó hacia la ventana, mirando la oscuridad del bosque—. Si me traicionas de nuevo, Elara, no habrá doncella a la que culpar. Te cortaré el cuello yo mismo después de follarme tu cadáver. Me quedé allí, temblando, pero no de terror. Era algo más. Una mezcla de odio, deseo y una curiosidad morbosa. —¿Y qué te hace pensar que voy a ayudarte, "monstruo"? —le grité.
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