—¡Todavía tenemos el derecho de inspección! —gritó Julian, desesperado—. Elara, diles la verdad. Dile que este hombre mató a su primera esposa. ¡Dilo!
El silencio que siguió fue tan denso que podía oírse el crepitar de las brasas. Miré a Cillian. Su máscara ocultaba cualquier expresión, pero sus manos estaban cerradas en puños. Era el momento del gran giro. El momento de elegir bando.
Me acerqué a Cillian, le rodeé el cuello con los brazos y me pegué a él.
—¿Queréis saber la verdad? —pregunté, mirando a mi familia con un odio que llevaba años gestándose—. La verdad es que me habéis hecho un favor. Cillian no es un monstruo. O quizás lo sea, pero es *mi* monstruo. Me trata mejor de lo que vosotros jamás lo hicisteis. Él me da lo que Julian nunca pudo: respeto, poder y una satisfacción que vuestras mentes puritanas no podrían imaginar.
—¡Mientes! —Gritó Julian—. ¡Te tiene amenazada!
—¿Amenazada? —me reí, una risa oscura que me sorprendió incluso a mí—. Julian, anoche le pedí que me hiciera de todo. Y hoy, le he pedido que os eche a patadas. Notario, firme lo que tenga que firmar. Estoy legalmente casada, soy la Duquesa, y declaro a estos individuos *persona non grata* en mis tierras.
El Notario, asustado por el aura de Cillian, firmó los papeles a toda prisa.
—Todo en orden, Milord. La Duquesa parece... plenamente consciente de sus actos.
—¡Fuera! —Rugió Cillian—. ¡Antes de que use vuestras lenguas para decorar el puente de entrada!
Mi familia salió huyendo, con mi padre maldiciendo y Lysandra llorando. Julian se detuvo un segundo en la puerta, mirándome con una mezcla de odio y deseo.
—Te vas a arrepentir, Elara. Él te consumirá hasta que no quede nada.
Cuando la puerta se cerró, me solté de Cillian como si me hubiera quemado. Me alejé hacia la ventana, sintiendo que me temblaban las piernas.
—Lo hiciste bien, Duquesa —dijo él, acercándose por detrás—. Casi me lo creo yo también.
—No lo hice por ti —dije sin girarme—. Lo hice por mí. No voy a volver con ellos. Prefiero morir en este castillo que ser su esclava otra vez.
Cillian me puso una mano en el hombro y me obligó a girarme. Sus ojos brillaban con algo nuevo.
—¿Y qué hay de la otra carta? —susurró—. ¿La que intercepté anoche? La que decía que me envenenarías en la noche de bodas si tenías la oportunidad.
Me quedé helada. No era la carta de escape. Era la carta de asesinato que le había enviado a mi contacto en el mercado n***o.
—¿Cómo sabes de esa carta? —pregunté, mi mano yendo hacia el puñal en mi liga.
Cillian me agarró la muñeca antes de que pudiera moverme y me atrajo hacia él en un abrazo violento.
—Porque el contacto al que se la enviaste trabaja para mí, tonta.
Me quedé sin respiración. Estaba rodeada. Atrapada.
—¿Y ahora qué? —pregunté, desafiante—. ¿Me vas a matar ahora?
Él me miró profundamente, y por un segundo, se quitó la máscara por completo. Su rostro cicatrizado estaba a centímetros del mío.
—No. Voy a hacer algo mucho peor. Voy a hacer que esa carta sea verdad. Vas a intentar matarme, Elara. Pero vas a fallar cada vez, porque cada vez que lo intentes, te recordaré por qué prefieres estar en mi cama que en mi tumba.
Me besó con una furia que me hizo flaquear las rodillas. Era un beso de guerra, de posesión pura. Y mientras lo hacía, supe que la verdadera prueba no era contra mi familia, sino contra el hombre que me conocía mejor que yo misma.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —susurró él contra mis labios cuando nos separamos—. Que Julian tenía razón en algo. No solo hay hierro bajo este castillo. Hay algo más. Algo que tu padre olvidó mencionar.
—¿Qué? —pregunté, jadeando.
—La razón por la que maté a mi primera esposa —sonrió él, y el suspenso volvió a caer sobre mí como una losa—. Ella también intentó leer el diario de las catacumbas. Ese que tú vas a ayudarme a abrir esta noche.
Tragué saliva. El juego acababa de volverse mucho más letal.
—¿El diario de las catacumbas? —repetí, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con el clima—. ¿Me estás diciendo que mataste a una mujer por un puto libro de cuero viejo?
Cillian soltó una carcajada que resonó en las paredes de piedra, fría y desprovista de toda gracia. Me soltó la muñeca, pero no se alejó. Su presencia seguía asfixiándome, llenando cada rincón del salón.
—No es solo un libro, Elara. Es la razón por la cual tu padre estaba tan desesperado por meterte en mi cama. Él no quería salvarte de mí; quería que me robaras el secreto del linaje Blackwood. Quería el mapa de las venas de oro puro que corren bajo el hierro.
Me quedé de piedra. ¿Oro? Mi padre siempre fue un codicioso de mierda, pero esto era otro nivel de bajeza. Me había vendido a un "asesino" para que yo hiciera el trabajo sucio mientras él se llenaba los bolsillos.
—¿Y por qué me lo cuentas ahora? —le espeté, apretando los puños—. Podrías haberme matado en cuanto supiste lo de la carta del veneno.
—Porque anoche vi cómo mirabas a Lysandra. Vi el fuego y el asco. Eres como yo, Duquesa. Te gusta el poder, y te gusta ver arder a quienes te subestimaron.
Se dio la vuelta y sacó una llave de hierro oxidado de su chaleco. Me la tendió, sus ojos clavados en los míos con una intensidad que me hizo humedecer los labios otra vez.
—Tómala. Esta noche bajaremos. Si intentas clavarme el puñal en la oscuridad, asegúrate de no fallar, Elara. Porque si sigo vivo cuando lleguemos al fondo, te haré olvidar hasta tu propio nombre.
Agarré la llave. El metal estaba helado, pero mi sangre ardía. El juego de "cortesía" había terminado; ahora empezaba la verdadera cacería.