Joe, ya vestido, se sentó en la cama, secándose las lágrimas. Levantó su teléfono y marcó el número de Sonny. Tenía que controlarse. Sonny era un tipo de la vieja escuela, que no se tomaría a bien los llantos y los lamentos. El teléfono sonó, y Joe sintió un nudo en la garganta. Un segundo timbre. Joe estaba ansioso, y tenía un nudo en el estómago tan grande como una bola de bolos. El tercer timbre, y Sonny contestó. —¿Sí? —preguntó Sonny, sonando rudo como siempre. —Hola, Sonny. Habla Joe. —Sé quién es. ¿Qué necesitas? —Tengo una situación aquí. —¿Sí? —Necesito tu ayuda. —¿Qué tienes? —preguntó Sonny. Joe tragó saliva. —Sé que no me debes nada, pero... —Escúpelo, chico —gruñó Sonny, sonando medio irritado, medio preocupado. —Necesitas un préstamo, ¿es eso? —No, no, nada de eso.

